Elizabeth descubrió que estar casada con William era mucho más complicado de lo que había imaginado.
Sobre todo porque todavía tenía que llamarlo señor Carter frente a los demás.
Y ahora, cuando estaban solos, no sabía cómo llamarlo.
—William.
—¿Sí?
—Esto es raro.
Él sonrió.
—¿Qué cosa?
—Todo.
William soltó una pequeña risa.
—Eso es bastante específico.
Elizabeth lo miró.
—Hasta ayer eras mi jefe.
—Y hoy soy tu esposo.
—Exactamente.
—¿Eso significa que hoy tengo permiso para invitarte a cenar?
Elizabeth sonrió.
—Supongo.
—Entonces quiero hacerlo bien.
—¿Hacer qué?
—Nuestra primera cita.
Elizabeth se quedó sorprendida.
—¿Nuestra primera cita?
—Sí.
—William, estamos casados.
—Precisamente.
Ella soltó una risa.
—Normalmente las personas tienen citas antes de casarse.
—Nosotros nunca fuimos normales.
—Eso es cierto.
William tomó su abrigo.
—Entonces esta noche.
—¿A dónde?
—Es sorpresa.
Elizabeth levantó una ceja.
—Eso me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque tú tienes mucho dinero.
—¿Y?
—Las personas con mucho dinero tienen una idea muy diferente de lo que significa una cena normal.
William sonrió.
—Prometo que será algo sencillo.
—¿Sencillo para ti o sencillo para mí?
William pensó unos segundos.
—Buena pregunta.
A las ocho de la noche, Elizabeth salió del edificio.
William la esperaba junto al automóvil.
Pero esta vez no vestía como el CEO de Carter Holdings.
Llevaba un pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta sencilla.
Elizabeth lo observó.
—Te ves diferente.
—¿Eso es bueno?
—Sí.
William sonrió.
—Tú también.
Elizabeth había elegido un vestido sencillo.
—No sabía qué ponerme.
—Te ves perfecta.
Ella bajó la mirada.
—Gracias.
William abrió la puerta del automóvil.
—¿Lista?
—Sí.
Durante el trayecto, Elizabeth intentó adivinar el lugar.
—¿Es un restaurante elegante?
—No.
—¿Un hotel?
—No.
—¿Un lugar exclusivo?
—Tampoco.
Elizabeth lo miró sospechosamente.
—¿Entonces qué es?
William sonrió.
—Ya lo verás.
Finalmente llegaron a un pequeño restaurante italiano.
Elizabeth miró el lugar sorprendida.
Era acogedor, sencillo y estaba lleno de personas conversando.
—¿Aquí?
—Aquí.
—Pensé que llevarías a un lugar enorme.
—Yo también necesitaba algo normal.
Elizabeth sonrió.
—Me gusta.
Se sentaron junto a una ventana.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas simples.
Comida.
Trabajo.
La ciudad.
Pero poco a poco la conversación cambió.
—¿Qué querías hacer cuando eras niña? —preguntó William.
Elizabeth sonrió.
—Muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Ser escritora.
William se sorprendió.
—No lo sabía.
—Porque nunca me preguntaste.
—Tienes razón.
Elizabeth tomó un poco de agua.
—Después pensé en estudiar algo relacionado con administración. Pero mi familia necesitaba ayuda y tuve que empezar a trabajar.
—¿Tu familia?
Elizabeth asintió.
—Mi mamá y mi hermano.
William la escuchó con atención.
—¿Los ayudas económicamente?
—Sí.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
William quiso decirle que podía ayudarla.
Pero se detuvo.
Sabía que no quería que su dinero resolviera cada problema.
—Eres muy responsable.
Elizabeth sonrió.
—A veces demasiado.
—Eso no es malo.
—Pregúntale a mi mamá.
William rió.
—¿Es estricta?
—Muchísimo.
—Entonces algún día tendré que conocerla.
Elizabeth dejó de sonreír.
—¿De verdad quieres?
William la miró.
—Sí.
—¿Aunque sepas que somos un matrimonio que comenzó como un acuerdo?
—Precisamente por eso.
Elizabeth sintió algo cálido en el pecho.
—William...
—Quiero conocer tu mundo.
Ella bajó la mirada.
—Yo también quiero conocer el tuyo.
—Entonces estamos empezando bien.
Al terminar la cena caminaron por las calles.
William tomó la mano de Elizabeth.
Ella lo miró.
—¿Qué haces?
—Caminar.
—Con mi mano.
—Sí.
—La gente puede vernos.
—Somos esposos.
Elizabeth sonrió.
—Todavía me cuesta decirlo.
—A mí no.
Ella levantó una ceja.
—¿No?
—No.
William entrelazó sus dedos con los de ella.
—Me gusta.
Continuaron caminando.
Por primera vez desde que se conocían, ninguno tenía que fingir que aquello era una relación profesional.
No había oficina.
No había empleados.
No había documentos sobre el escritorio.
Solo ellos.
Cuando llegaron a una pequeña plaza, William se detuvo.
—Elizabeth.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Estás feliz?
Ella lo miró sorprendida.
—¿Ahora?
—Sí.
Elizabeth pensó.
—Sí.
William sonrió.
—Yo también.
Ella dio un pequeño paso hacia él.
—Entonces quizá esto sí pueda funcionar.
William la miró a los ojos.
—Quiero que funcione.
La distancia entre ambos se redujo.
Esta vez no había una terraza.
No había una cena de negocios.
No había nadie observándolos.
William levantó lentamente una mano y acarició su mejilla.
Elizabeth no se apartó.
Él se inclinó.
Y esta vez ninguno retrocedió.
Sus labios se encontraron en un beso suave.
Breve.
Pero suficiente para que ambos comprendieran que aquel matrimonio ya no tenía nada de falso.
Cuando se separaron, Elizabeth sonrió nerviosa.
—Bueno...
William sonrió.
—¿Qué?
—Ahora sí estamos metidos en problemas.
Editado: 06.10.2026