Casados sin saberlo

Capitulo 20. La notificación

lizabeth volvió a leer el correo por cuarta vez.

No había cambiado.

Seguía allí.

Solicitud de documentación adicional relacionada con su situación migratoria.

Debajo aparecía un número de expediente, una fecha límite y una lista de documentos que debía presentar.

Elizabeth sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—No puede ser...

Había hecho todo correctamente.

Había trabajado.

Había presentado sus documentos.

Había cumplido con las condiciones de su estancia.

Y, sobre todo, ahora estaba legalmente casada.

Pero precisamente ese matrimonio parecía haberse convertido en el centro del problema.

Tomó el teléfono y llamó a Michell.

—Necesito verte.

—¿Qué pasó?

—Recibí una notificación.

El tono de Michell cambió inmediatamente.

—¿De inmigración?

—Sí.

—Voy para allá.

Una hora después, Michell estaba sentada frente a Elizabeth.

La notificación estaba extendida sobre la mesa.

—Esto no significa automáticamente que vayas a perder tu estatus —dijo Michell.

Elizabeth la miró.

—¿Entonces por qué siento que mi vida acaba de desmoronarse?

—Porque estás asustada.

—Sí.

—Y porque alguien probablemente está intentando complicarte las cosas.

Elizabeth levantó la mirada.

—Marcus.

Michell no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Elizabeth volvió a mirar el documento.

—Piden información sobre mi matrimonio.

—¿Qué información?

—Pruebas de que el matrimonio es auténtico. Historial de convivencia. Fotografías. Comunicaciones. Información financiera...

Michell guardó silencio.

Elizabeth soltó una risa nerviosa.

—¿Cómo voy a demostrar una relación que ni siquiera sabía que tenía?

—Ahora sí la tienes.

—Eso no cambia que durante meses William y yo ni siquiera sabíamos quién era el otro.

Michell la miró con seriedad.

—Elizabeth, escucha. No tienes que inventar nada.

—¿Y qué voy a decir?

—La verdad.

Elizabeth negó con la cabeza.

—¿La verdad? ¿Que me casé con un hombre al que no conocía? ¿Que después descubrí que era mi jefe? ¿Que nos enamoramos después?

Michell se encogió de hombros.

—Suena absurdo.

—¡Porque lo es!

Las dos se quedaron calladas.

Después Michell tomó su mano.

—Pero es verdad.

Elizabeth bajó la mirada.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—No quiero perder mi trabajo.

—No lo vas a perder.

—No quiero tener que irme de Nueva York.

Michell apretó su mano.

—Tampoco.

Elizabeth respiró profundamente.

—Y no quiero que William piense que me casé con él solamente para arreglar mis papeles.

Michell la miró fijamente.

—Él sabe por qué te casaste.

—Sí.

—Y también sabe por qué sigues con él.

Elizabeth levantó la mirada.

—¿Por qué?

Michell sonrió.

—Porque estás enamorada.

Elizabeth se quedó callada.

No pudo negarlo.

Esa misma tarde, William recibió una copia de la notificación.

La leyó en silencio.

Su expresión cambió.

—¿Quién solicitó esta revisión?

Su abogado negó con la cabeza.

—No tenemos esa información.

—¿Y qué significa?

—Que la autoridad migratoria quiere verificar determinados aspectos de su situación.

William dejó el documento sobre la mesa.

—¿Puede afectar su permanencia?

—Puede complicarla. Pero esta notificación por sí sola no significa que tenga que abandonar el país.

William respiró lentamente.

—¿Qué necesitamos?

—Documentación. Evidencia de que el matrimonio existe y es genuino. Registros, fotografías, comunicaciones, cuentas compartidas si existen, correspondencia, cualquier elemento que demuestre una vida matrimonial real.

William guardó silencio.

El abogado lo observó.

—¿Hay un problema?

William soltó una pequeña risa amarga.

—Nos casamos por poder.

El abogado levantó una ceja.

—Eso explica algunas cosas.

—Y durante meses ninguno sabía quién era el otro.

—Eso puede hacer que la revisión sea más delicada.

William se puso serio.

—Pero ahora sí sabemos quiénes somos.

—Entonces documenten eso.

William lo miró.

—¿Qué quiere decir?

—No intenten fabricar una historia que no existió. Construyan evidencia de la historia que sí está ocurriendo ahora.

Aquella frase se quedó con William.

Cuando Elizabeth llegó a casa esa noche, encontró a William esperándola.

—Tenemos que hablar.

Ella dejó el bolso.

—Ya sé.

William levantó la carpeta.

—Mi abogado revisó la notificación.

Elizabeth se tensó.

—¿Qué dijo?

—Que debemos responder.

—¿Y si no aceptan la respuesta?

William se acercó.

—Entonces apelaremos lo que corresponda.

—¿Y si no funciona?

—Buscaremos otra vía legal.

Elizabeth lo miró.

—No puedes arreglarlo todo con dinero.

William sonrió ligeramente.

—Lo sé.

—Porque esto es mi vida.

—También lo sé.

William dejó la carpeta sobre la mesa.

—Por eso quiero que decidamos juntos qué vamos a hacer.

Elizabeth se quedó sorprendida.

—¿Juntos?

—Sí.

—¿No vas a simplemente contratar diez abogados y decirme qué hacer?

—Lo pensé.

Elizabeth levantó una ceja.

—William.

—Pero decidí no hacerlo.

Ella sonrió.

—Gracias.

William tomó asiento.

—Hay algo importante.

—¿Qué?

—Tenemos que demostrar que nuestro matrimonio es real.

Elizabeth soltó una pequeña risa.

—Eso es irónico.

—Mucho.

—Durante meses fue falso.

William negó.

—El acuerdo era falso.

Ella lo miró.

—¿Y ahora?

William tomó su mano.

—Ahora no.

Elizabeth sintió un nudo en la garganta.

—Entonces tendremos que demostrarlo.




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