La noche había caído sobre Nueva York cuando William cerró la carpeta que tenía frente a él.
Había pasado las últimas horas revisando documentos, nombres y fechas. Cada respuesta parecía conducir a otra pregunta.
Elizabeth estaba sentada frente a él, con una taza de café entre las manos. Jack permanecía de pie junto a la ventana, revisando la información que había conseguido.
—Entonces, ¿qué tenemos? —preguntó Elizabeth.
William levantó la mirada.
—Tenemos una conexión que no podemos ignorar.
Jack dejó una carpeta sobre la mesa.
—Northbridge Consulting fue contratado a través de Vélez Financial Services.
Elizabeth sintió un escalofrío.
—Arturo Vélez.
—Sí —respondió Jack—. La empresa quedó prácticamente inactiva después de su muerte, pero alguien la utilizó como intermediaria para contratar la investigación.
William abrió uno de los documentos.
—¿Y cuándo comenzó?
Jack señaló una fecha.
—Pocos días después de que alguien consultara los archivos antiguos del negocio de tu familia.
Elizabeth frunció el ceño.
—Entonces alguien buscó primero los archivos y después empezó a investigar mi vida.
—Exactamente.
William pasó otra página.
—¿Y Marcus?
—Llegó después —respondió Jack—. Encontró la investigación y aprovechó la información para buscar una debilidad que pudiera utilizar contra ti.
Elizabeth permaneció en silencio.
—Entonces Marcus no inició esto.
—No parece —dijo Jack.
William cerró la carpeta.
—¿Y Daniel?
Jack negó con la cabeza.
—Todavía no sabemos dónde está.
Elizabeth miró la fotografía familiar que habían encontrado.
—Yo sí sé algo que puede ayudarnos.
William la miró.
—¿Qué?
—Daniel conocía muy bien a Arturo.
Jack dejó el teléfono sobre la mesa.
—Eso es importante.
Elizabeth asintió.
—Cuando éramos jóvenes, Daniel empezó a ayudar a mi madre con las cuentas del negocio. Arturo era nuestro contador. Con el tiempo, Daniel comenzó a trabajar directamente con él porque había encontrado movimientos que no coincidían.
—¿Qué clase de movimientos? —preguntó William.
—Préstamos que mi madre no reconocía y cuentas que no aparecían en los registros normales.
William se quedó pensativo.
—¿Arturo descubrió algo?
—Eso creo.
Elizabeth bajó la mirada.
—Daniel estaba convencido de que alguien había utilizado la empresa para mover dinero sin que mi familia lo supiera.
Jack intervino:
—¿Y los documentos?
Elizabeth negó.
—No lo sé. Pero después de que Arturo murió, Daniel cambió. Se volvió reservado y desapareció poco tiempo después.
William la observó.
—¿Nunca te explicó por qué?
—No.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
Jack levantó el teléfono.
—Creo que puedo ayudarnos.
William lo miró.
—¿Qué encontraste?
—Una dirección.
Elizabeth se incorporó.
—¿De Daniel?
—No exactamente. Es una dirección antigua vinculada a uno de los registros que Arturo utilizaba para el negocio familiar.
Jack deslizó el teléfono sobre la mesa.
—La dirección pertenece a un hombre llamado Samuel Ortega. Trabajó con Arturo durante varios años.
Elizabeth frunció el ceño.
—No conozco ese nombre.
—No me sorprende —dijo Jack—. No era empleado de tu familia. Era auxiliar contable en Vélez Financial Services.
William tomó la carpeta.
—¿Y por qué crees que puede ayudarnos?
—Porque su nombre aparece en varios documentos junto al de Arturo y, posteriormente, junto al de Daniel.
Elizabeth levantó la mirada.
—Entonces conoce a mi hermano.
—Al parecer, sí.
William se puso de pie.
—Vamos.
La dirección que Jack había encontrado estaba en una zona tranquila de la ciudad.
William estacionó frente a un edificio antiguo.
Elizabeth miró hacia las ventanas.
—¿Crees que Daniel estará aquí?
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí?
William la miró.
—Porque Jack encontró esta dirección en los registros vinculados a Arturo. Samuel Ortega trabajó con él y tuvo contacto con Daniel. Es nuestra mejor pista.
Elizabeth asintió.
Bajaron del automóvil.
Caminaron hacia la entrada.
Antes de que William pudiera tocar la puerta, esta se abrió.
Un hombre de unos cincuenta años estaba parado al otro lado.
Tenía el cabello entrecano y una expresión cansada.
Al ver a Elizabeth, se quedó inmóvil.
—Tú eres Elizabeth.
Ella frunció el ceño.
—¿Me conoces?
—No personalmente.
El hombre bajó la mirada.
—Pero conozco a tu familia.
William dio un paso adelante.
—¿Eres Samuel Ortega?
El hombre asintió.
—Sí.
Elizabeth sintió un pequeño alivio.
Por fin tenían un nombre.
—¿Conoces a Daniel?
Samuel tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Dónde está?
Samuel negó lentamente.
—No lo sé.
William endureció la mirada.
—Entonces, ¿por qué aceptaste vernos?
Samuel abrió más la puerta.
—Porque Daniel me pidió que, si alguna vez aparecías preguntando por él, te entregara algo.
Elizabeth entró.
William la siguió.
Samuel cerró la puerta.
Sacó una fotografía de un cajón.
Elizabeth la reconoció inmediatamente.
Era antigua.
Ella, Daniel, su madre y su padre aparecían frente al negocio familiar.
Pero al fondo había otra persona.
Elizabeth acercó la fotografía.
—Arturo.
Samuel asintió.
—Él la tomó.
William miró la imagen.
—¿Estabas allí?
—Sí.
—¿Por qué?
Samuel señaló a Arturo.
—Yo trabajaba con él. Era su auxiliar en Vélez Financial Services.
Elizabeth volvió a mirar la fotografía.
—¿Y Daniel?
—Empezó a ir a la oficina con Arturo cuando tenía dudas sobre las cuentas de tu familia.
Editado: 06.10.2026