A la mañana siguiente, Elizabeth despertó antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo.
La conversación con Samuel volvía una y otra vez a su cabeza.
El nombre del abogado.
La advertencia.
El automóvil oscuro.
Y, sobre todo, el mensaje de Daniel.
No confíes en nadie.
Elizabeth tomó el teléfono de la mesa de noche.
No había nuevos mensajes.
Se sintió decepcionada y, al mismo tiempo, aliviada.
Se levantó y bajó a la cocina.
William ya estaba allí.
Tenía una taza de café en una mano y varios documentos sobre la mesa.
—Buenos días —dijo él.
Elizabeth lo miró.
—¿Dormiste?
William sonrió ligeramente.
—No demasiado.
—Yo tampoco.
Elizabeth se sentó frente a él.
—¿Encontraste algo?
—Jack estuvo trabajando toda la noche.
Le deslizó una carpeta.
—Encontró el nombre completo del abogado de tu padre.
Elizabeth abrió la carpeta.
En la primera página había una fotografía.
Un hombre de unos sesenta años, traje oscuro, expresión seria.
Debajo aparecía un nombre:
Thomas Bennett.
Elizabeth lo observó durante unos segundos.
—Lo recuerdo.
William levantó la mirada.
—¿Lo conociste?
—Muy poco. Era el abogado de mi padre cuando yo era niña.
—¿Recuerdas algo más?
Elizabeth cerró los ojos.
—Siempre estaba en la oficina de mi padre. A veces hablaba con él durante horas.
—¿Y después?
—Después de que murió mi padre, desapareció de nuestras vidas.
William tomó otro documento.
—Eso es lo extraño.
—¿Qué?
—No desapareció inmediatamente.
Elizabeth lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Jack encontró registros que muestran que Thomas Bennett siguió teniendo contacto con Arturo durante varios años después de la muerte de tu padre.
Elizabeth sintió un escalofrío.
—Entonces Arturo conocía a Bennett.
—Sí.
—¿Y Daniel también?
—Probablemente.
Elizabeth se levantó.
—Tenemos que encontrarlo.
William asintió.
—Ya lo estamos buscando.
En ese momento entró Jack.
Llevaba el abrigo puesto y una expresión de cansancio.
—Espero que el café sea bueno.
William le sirvió una taza.
—Habla.
Jack dejó una carpeta sobre la mesa.
—Encontré su última dirección conocida.
Elizabeth se acercó.
—¿Dónde?
—Manhattan.
—¿Sigue viviendo allí?
—No lo sé. La dirección corresponde a una oficina que cerró hace cuatro años.
William frunció el ceño.
—¿Y su residencia?
—La dirección oficial también está antigua.
Elizabeth respiró profundamente.
—Entonces volvemos a estar en cero.
Jack negó.
—No exactamente.
Sacó una hoja.
—Encontré algo más.
La colocó frente a ellos.
Era una fotografía de un documento antiguo.
Elizabeth lo miró.
—¿Qué es?
—Una autorización bancaria.
William se inclinó.
—¿Firmada por el padre de Elizabeth?
—Sí.
Elizabeth observó el documento.
La firma era de su padre.
Pero debajo aparecía otro nombre.
Thomas Bennett.
—¿Qué significa?
Jack respondió:
—Que Bennett tenía autorización para gestionar determinadas operaciones financieras de la empresa.
Elizabeth se quedó en silencio.
—Entonces pudo haber tenido acceso a las cuentas.
—Sí.
William preguntó:
—¿Y qué relación tiene eso con los préstamos que Daniel descubrió?
Jack señaló otra hoja.
—Eso todavía no lo sabemos.
Elizabeth sintió que las piezas comenzaban a unirse.
—Pero Arturo desconfiaba de él.
—Según Samuel, sí.
William la miró.
—No significa que sea culpable.
Elizabeth asintió.
—Lo sé.
Jack guardó silencio unos segundos.
—Hay otra cosa.
William suspiró.
—¿Qué?
—La dirección de una antigua oficina de Bennett aparece en uno de los registros de Arturo.
Elizabeth abrió los ojos.
—¿La misma oficina?
—No.
Jack señaló una dirección diferente.
—Esta.
William tomó las llaves.
—Vamos.
La antigua oficina de Thomas Bennett estaba en un edificio de oficinas viejo, cerca del centro de Manhattan.
La recepción estaba prácticamente vacía.
Un hombre mayor estaba sentado detrás del mostrador.
William se acercó.
—Buscamos a Thomas Bennett.
El hombre levantó la mirada.
—Hace años que no trabaja aquí.
Elizabeth dio un paso adelante.
—¿Sabe dónde podemos encontrarlo?
El hombre la observó.
—¿Quién eres?
Elizabeth dudó.
—Elizabeth Morgan.
El hombre cambió inmediatamente de expresión.
—Morgan...
William lo notó.
—¿Conocía a mi esposa?
—No personalmente.
El hombre se levantó lentamente.
—Pero conozco ese apellido.
Elizabeth sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué?
El hombre miró hacia el pasillo.
—Porque hace años vino alguien preguntando exactamente lo mismo.
William preguntó:
—¿Quién?
—Un hombre.
—¿Cómo se llamaba?
El recepcionista negó.
—No lo dijo.
Elizabeth sintió que ya sabía la respuesta.
—¿Daniel?
El hombre la miró.
—Sí.
Elizabeth cerró los ojos.
Por fin tenían una confirmación.
Daniel había estado allí.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente seis años.
William se sorprendió.
—¿Seis años?
—Sí.
Elizabeth abrió los ojos.
—¿Qué buscaba?
El hombre dudó.
—Al señor Bennett.
—¿Lo encontró?
—No.
—¿Por qué?
—Porque Bennett ya se había marchado.
William frunció el ceño.
—¿Adónde?
—No lo sé.
Elizabeth respiró profundamente.
—¿Daniel dejó algo?
Editado: 06.10.2026