La mañana siguiente comenzó con una discusión.
No entre Elizabeth y William.
Entre Jack y una máquina de café.
—Te lo estoy pidiendo por última vez —dijo Jack, mirando el aparato—. Dame un café.
La máquina permaneció en silencio.
Jack presionó otro botón.
Nada.
—Esta relación no está funcionando.
Michell apareció detrás de él con los brazos cruzados.
—¿Estás hablando con una cafetera?
—Estoy intentando establecer una relación profesional.
—Creo que ella quiere terminar contigo.
Jack la miró.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que William me paga suficiente para comprarme una cafetera nueva y, sin embargo, sigo aquí peleándome con esta.
Michell soltó una carcajada.
—Porque eres demasiado tacaño.
—No soy tacaño.
—La semana pasada discutiste diez minutos por una cuenta de restaurante.
—Era una cuenta incorrecta.
—Eran tres dólares.
—Tres dólares que alguien estaba intentando robarme.
Michell negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Jack sonrió.
—Y aun así sigues viniendo a verme.
Michell se quedó callada.
Jack también.
Durante unos segundos se miraron.
—Porque Elizabeth es mi amiga —dijo finalmente ella.
—Claro.
—Claro.
Los dos apartaron la mirada al mismo tiempo.
Desde la puerta, Elizabeth los observaba.
—¿Interrumpo algo?
Jack respondió inmediatamente:
—No.
Michell dijo al mismo tiempo:
—Sí.
Jack la miró.
—¿Sí?
—No.
Elizabeth sonrió.
—Definitivamente interrumpí algo.
Michell tomó su bolso.
—Tenemos cosas más importantes que hacer.
Jack señaló la cafetera.
—Yo también.
—Déjala.
—Ella empezó.
Elizabeth soltó una risa.
William apareció detrás de ella.
—¿Qué sucede?
—Nada —respondieron los tres al mismo tiempo.
William los observó.
—No quiero saber.
Jack levantó un dedo.
—Buena decisión.
Una hora después, los cuatro estaban frente al antiguo edificio donde había funcionado el negocio del padre de Elizabeth.
El lugar había cambiado.
La fachada estaba deteriorada y varios locales permanecían vacíos.
Elizabeth se quedó mirando el edificio.
—No había vuelto desde que murió mi padre.
William se acercó.
—¿Quieres hacerlo?
Ella respiró profundamente.
—Sí.
William tomó su mano.
—Entonces no estás sola.
Elizabeth lo miró.
—Lo sé.
Jack observó la escena.
—Muy bonito.
Michell le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Cállate.
—¿Qué hice?
—Nada.
—Entonces ¿por qué me golpeas?
—Para prevenir.
Jack se sobó el brazo.
—Eso fue violencia preventiva.
William abrió la puerta.
—¿Van a venir?
—Sí —respondió Jack.
Michell negó con la cabeza.
—No sé por qué sigo haciendo esto.
Jack sonrió.
—Porque me necesitas.
—¿Para qué?
—Para mantenerte entretenida.
—Eso sí lo haces.
La antigua oficina estaba casi vacía.
Elizabeth avanzó lentamente.
Cada rincón despertaba un recuerdo.
El escritorio de su padre.
Una pequeña biblioteca.
El viejo reloj de pared.
Incluso una fotografía familiar que todavía permanecía en un estante.
Elizabeth se acercó.
La tomó.
—Era feliz aquí.
William se colocó a su lado.
—Se nota.
Ella sonrió tristemente.
—Siempre decía que el negocio era más que dinero.
William la miró.
—¿Qué decía?
—Que si algún día el negocio dejaba de servir a la familia, entonces no valía la pena conservarlo.
Elizabeth bajó la fotografía.
—Nunca entendí lo importante que era para él hasta ahora.
William le acarició la mano.
—Tal vez estaba intentando protegerlos.
Elizabeth lo miró.
—Y quizá no pudo.
William no respondió.
No hacía falta.
Jack interrumpió desde el fondo.
—Encontré algo.
Los tres se acercaron.
Jack estaba junto a una pared.
—Aquí hay una puerta.
Michell frunció el ceño.
—Eso parece una pared.
—Gracias por tu observación.
Jack golpeó ligeramente.
Sonó hueco.
Elizabeth se acercó.
—Mi padre tenía una habitación privada.
—¿Aquí?
—Sí.
William observó la pared.
—Probablemente la entrada está oculta.
Jack comenzó a revisar los estantes.
Michell hizo lo mismo.
Elizabeth se acercó al escritorio.
Recordó algo.
—Esperen.
Abrió uno de los cajones.
Estaba vacío.
Luego abrió el siguiente.
También vacío.
El tercero tenía una pequeña pieza metálica.
Elizabeth la tomó.
—Esto estaba en el escritorio de mi padre.
William se acercó.
Era una pequeña llave.
Jack la miró.
—Tenemos dos llaves.
Elizabeth sacó la que habían recibido la noche anterior.
—Esta es diferente.
William examinó ambas.
—Una puede abrir la puerta.
Jack miró la pared.
—Entonces tenemos que encontrar la cerradura.
Después de varios minutos, Michell encontró una pequeña abertura detrás de un cuadro.
—Aquí.
Jack se acercó.
—¿Cómo lo viste?
—Porque soy observadora.
Jack sonrió.
—Me impresionas.
—No te acostumbres.
La llave entró.
Giró.
Se escuchó un clic.
Una sección de la pared se abrió lentamente.
Elizabeth contuvo la respiración.
Detrás había una pequeña habitación.
Oscura.
William encendió la luz.
Había un escritorio, varias cajas y una caja fuerte.
Elizabeth dio un paso.
—La caja fuerte.
William la miró.
—¿Reconoces ese lugar?
—Sí.
Se acercó.
—Mi padre nunca permitía que nadie entrara aquí.
Jack miró la cerradura.
—¿Tenemos combinación?
Editado: 06.10.2026