El trayecto hasta el almacén fue mucho más silencioso de lo que Elizabeth esperaba.
William conducía.
Jack iba en el asiento del copiloto revisando constantemente la dirección.
Michell estaba detrás con Elizabeth.
Durante varios minutos nadie habló.
Finalmente, Jack rompió el silencio.
—Tengo una pregunta.
William suspiró.
—¿Cuál?
—¿Por qué todos los lugares relacionados con tu familia parecen estar a una hora de distancia?
Elizabeth sonrió.
—Porque Nueva York es enorme.
—No. Nueva York es una conspiración para obligarme a pasar demasiado tiempo en un automóvil.
Michell soltó una risa.
—Puedes bajarte cuando quieras.
Jack la miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si me bajo, ustedes probablemente encontrarán otra pista y me perderé la parte interesante.
William negó con la cabeza.
—¿Puedes estar serio cinco minutos?
Jack lo pensó.
—Puedo intentarlo.
Pasaron tres segundos.
—No puedo.
Elizabeth comenzó a reír.
William la miró brevemente.
—Al menos alguien se está divirtiendo.
—Lo necesito —respondió ella.
William tomó su mano durante unos segundos mientras esperaba el cambio de luz.
—Yo también.
Elizabeth sonrió.
La tensión desapareció momentáneamente.
Pero cuando llegaron a la zona industrial, el ambiente cambió.
El almacén estaba rodeado de edificios antiguos y estacionamientos prácticamente vacíos.
William estacionó a cierta distancia.
—Nadie baja hasta que revise el lugar.
Elizabeth frunció el ceño.
—William...
—Cinco minutos.
—No puedes seguir tratándome como si fuera de cristal.
Él la miró.
—No lo hago.
—Entonces deja de intentar protegerme de todo.
William suspiró.
—Estoy intentando proteger a la mujer que amo.
Elizabeth se quedó en silencio.
Jack miró a Michell.
—Creo que ahora es un mal momento para decir algo.
Michell asintió.
—Por primera vez tienes razón.
William bajó del automóvil.
Jack lo siguió.
—Yo voy contigo.
Michell también bajó.
—Nosotras esperamos aquí.
Elizabeth negó.
—No. Yo también voy.
William la miró.
—Elizabeth...
Ella levantó una ceja.
—No empieces.
William sonrió ligeramente.
—Está bien.
La puerta del almacén estaba cerrada.
Jack revisó la cerradura.
—No parece forzada.
William miró la fotografía.
—La dirección coincide.
Elizabeth se acercó.
—¿Y ahora?
Jack sacó una pequeña herramienta.
Michell lo miró.
—¿Desde cuándo sabes abrir cerraduras?
—Desde que soy amigo de William.
William lo miró.
—Eso no explica nada.
—No quería decirte que tengo talentos ocultos.
—Preferiría que siguieran ocultos.
Jack consiguió abrir la puerta.
—Listo.
Michell lo miró sorprendida.
—Estoy impresionada.
Jack sonrió.
—Puedes decírmelo otra vez.
—No abuses.
Entraron.
El lugar estaba oscuro.
William encendió una linterna.
Había estanterías cubiertas de polvo.
Cajas viejas.
Muebles abandonados.
Elizabeth miró alrededor.
—¿Qué buscamos?
Jack respondió:
—Cualquier cosa relacionada con Arturo.
William señaló unas cajas.
—Empecemos ahí.
Durante varios minutos revisaron documentos.
Nada.
Elizabeth abrió una caja.
Solo había facturas antiguas.
Michell encontró otra con libros contables.
Jack revisó uno.
—Aquí.
William se acercó.
—¿Qué encontraste?
—El nombre de Arturo.
Elizabeth tomó el libro.
—Es de hace quince años.
Jack pasó las páginas.
—Mira las anotaciones.
Había varias operaciones marcadas con tinta roja.
William las observó.
—Estas cantidades coinciden con las de la libreta de tu padre.
Elizabeth sintió un escalofrío.
—Entonces Arturo guardó una copia.
—Sí.
Jack continuó leyendo.
—Y aquí aparece otra empresa.
William miró el nombre.
—Morgan Holdings.
Elizabeth frunció el ceño.
—Ese era el nombre anterior de la empresa familiar.
Jack señaló otra anotación.
—Hay transferencias hacia Hale Capital.
Michell se acercó.
—Otra vez Marcus.
William negó.
—Pero mira las fechas.
Jack lo hizo.
—Son anteriores a la aparición pública de Marcus como socio.
Elizabeth se quedó pensativa.
—Entonces Marcus ya estaba relacionado con el dinero antes de convertirse en socio.
—Parece que sí.
William siguió revisando.
De pronto encontró una carpeta.
En la portada había una palabra:
ORIGINALES.
Elizabeth se acercó.
—Ábrela.
William lo hizo.
Dentro había contratos, autorizaciones bancarias y copias de transferencias.
Pero faltaba algo.
—No están completos.
Jack tomó uno de los documentos.
—Algunas páginas fueron retiradas.
Elizabeth sintió frustración.
—¿Por qué alguien dejaría la carpeta y quitaría solo ciertas páginas?
William respondió:
—Porque quería que encontráramos esto.
Todos lo miraron.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Michell.
William señaló la carpeta.
—Si alguien hubiera querido destruir la evidencia, habría eliminado todo.
Jack entendió.
—Entonces esto es una pista.
Elizabeth miró los documentos.
—Una pista para llevarnos a otro lugar.
Jack revisó la última página.
Había una dirección escrita.
—Y tenemos ese lugar.
La nueva dirección los llevó a una pequeña oficina jurídica.
Elizabeth miró el letrero.
Bennett & Asociados.
Se quedó inmóvil.
—El abogado.
William asintió.
—Sí.
Entraron.
Editado: 06.10.2026