El automóvil avanzaba por las calles de Nueva York mientras el silencio dentro del vehículo se volvía cada vez más pesado.
El hombre de la camioneta oscura seguía detrás de ellos.
William miró por el espejo retrovisor.
—Sigue ahí.
Jack, que iba conduciendo, miró rápidamente por el espejo lateral.
—Sí.
Michell se inclinó hacia adelante.
—¿Y si damos una vuelta?
—Ya dimos tres —respondió Jack.
Elizabeth giró la cabeza para mirar por la ventana trasera.
—No quiero sonar paranoica, pero…
—En este momento ya podemos dejar de fingir que somos paranoicos —dijo Jack—. Nos están siguiendo.
William tomó la mano de Elizabeth.
—No te preocupes.
Ella lo miró.
—Eso dices siempre justo antes de que ocurra algo preocupante.
Jack soltó una pequeña risa.
—Tiene razón.
—Gracias por tu apoyo —dijo William.
—Para eso están los amigos.
Michell cruzó los brazos.
—Yo tengo una pregunta más importante.
Todos la miraron.
—¿Por qué cada vez que descubrimos algo relacionado con esta familia terminamos perseguidos por un automóvil negro?
Jack suspiró.
—Porque aparentemente nuestra investigación necesita transporte privado.
Elizabeth no pudo evitar sonreír.
La tensión disminuyó apenas unos segundos.
William volvió a mirar hacia atrás.
—Tenemos que llegar a la casa de tu infancia.
Elizabeth sintió un nudo en el estómago.
Hacía años que no pensaba seriamente en regresar.
—No sé si quiero volver.
William apretó suavemente su mano.
—No tienes que hacerlo sola.
Elizabeth lo miró y sonrió.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque desde que te conozco, todo se ha convertido en una aventura.
Jack levantó una mano.
—Como amigo de William, debo aclarar que él ya era problemático antes de conocerte.
—Gracias, Jack.
—De nada.
Michell negó con la cabeza.
—Ustedes dos son imposibles.
Finalmente llegaron a una zona más tranquila de la ciudad.
La casa donde Elizabeth había crecido estaba en una calle antigua, rodeada de árboles y edificios bajos.
Elizabeth bajó del automóvil lentamente.
Observó la fachada.
Durante unos segundos no dijo nada.
William se acercó.
—¿Estás bien?
—Sí.
Pero no lo estaba del todo.
La casa le recordó demasiadas cosas.
Su padre llegando del trabajo.
Su madre preparando la cena.
Daniel entrando tarde y discutiendo con su padre por cuestiones del negocio.
Las tardes en las que ella hacía tareas mientras escuchaba a los adultos hablar de dinero.
Y después…
El silencio.
El día en que Daniel se fue.
El día en que su padre murió.
El día en que su familia dejó de ser la misma.
Elizabeth respiró profundamente.
—Nunca pensé que volvería aquí por esto.
William la abrazó.
—Tal vez ya era hora.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—¿Y si encontramos algo que cambie todo?
—Entonces lo enfrentaremos.
—¿Y si cambia lo que pienso de mi familia?
—Lo enfrentaremos también.
Elizabeth levantó la mirada.
—¿Y si cambia lo que piensas de mí?
William frunció el ceño.
—Eso no va a pasar.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo.
Ella sonrió ligeramente.
—Eres demasiado seguro.
—Y tú dudas demasiado.
—Somos una combinación peligrosa.
—Pero funciona.
Jack carraspeó detrás de ellos.
—Perdón por interrumpir este momento romántico, pero la casa no se va a investigar sola.
Michell le dio un golpe en el brazo.
—Déjalos.
—Solo intento mantener el ritmo de la investigación.
—Tú solo quieres entrar antes que nosotros.
—Eso también.
La puerta principal todavía tenía la misma cerradura.
Elizabeth sacó la llave que había encontrado entre los documentos familiares.
La introdujo.
Giró.
La puerta se abrió.
Un olor a madera vieja y polvo llenó el aire.
Elizabeth permaneció inmóvil.
William tomó su mano.
—Estoy aquí.
Ella entró.
La sala estaba casi vacía.
Algunos muebles permanecían cubiertos con sábanas.
En una pared todavía estaba el espacio donde había estado una fotografía familiar.
Elizabeth caminó lentamente.
—Aquí estaba el piano.
—¿Tocabas? —preguntó William.
—No.
—Entonces, ¿por qué tenían un piano?
—Mi padre pensaba que algún día aprendería.
Jack miró a William.
—¿Tú sabes tocar piano?
—No.
—Perfecto. Somos un grupo musicalmente inútil.
Michell lo ignoró.
Elizabeth continuó caminando.
En el pasillo encontró una pequeña marca en la pared.
—Esta era mi habitación.
Abrió la puerta.
El cuarto estaba casi vacío.
Solo quedaba una pequeña estantería.
Elizabeth se acercó.
Tocó la madera.
—Daniel dormía en la habitación de al lado.
William observó su expresión.
—¿Quieres que salgamos?
—No.
Elizabeth respiró.
—Quiero terminar esto.
Entonces Jack apareció desde el pasillo.
—Encontré algo.
Todos se acercaron.
—¿Qué?
Jack señaló una puerta pequeña debajo de las escaleras.
—Esto estaba cerrada.
Michell levantó una ceja.
—¿Y cómo la abriste?
Jack sonrió.
—Con talento.
—¿Qué talento?
—El de encontrar puertas que no deberían estar cerradas.
William abrió la puerta.
Había un pequeño espacio de almacenamiento.
Cajas viejas.
Carpetas.
Documentos.
Elizabeth entró.
—Mi padre guardaba aquí algunas cosas del negocio.
Jack comenzó a revisar las cajas.
—Facturas.
Michell tomó otra carpeta.
—Contratos.
William encontró un archivador metálico.
—Aquí hay algo.
Editado: 06.10.2026