Casados sin saberlo

Capitulo 30. El final de todas las mentiras

La mañana llegó demasiado rápido.

Elizabeth llevaba casi toda la noche despierta.

Había intentado dormir, pero cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen: su hermano desapareciendo años atrás, su madre llorando, su padre preocupado frente a los documentos del negocio y aquella fotografía que había permanecido escondida durante tanto tiempo.

Ahora Daniel estaba vivo.

Y estaba a pocos metros de ella.

Pero todavía faltaba descubrir quién había provocado todo aquello.

Elizabeth salió de la habitación.

Encontró a William en la cocina.

Estaba preparando café.

—¿Dormiste?

William negó.

—Cinco minutos.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

Elizabeth sonrió.

—Estás aprendiendo de Jack.

—Espero que no.

Desde la otra habitación se escuchó la voz de Jack.

—¡Te escuché!

William cerró los ojos.

—Por supuesto.

Jack apareció con una taza enorme.

—Buenos días.

Michell apareció detrás de él.

—No le hagas caso. Lleva una hora hablando de que necesita una taza de café del tamaño de una alberca.

Jack levantó la taza.

—La cafeína es una necesidad humana básica.

—No en esas cantidades.

—Eso dices porque no respetas la ciencia.

Elizabeth soltó una pequeña risa.

Por primera vez en muchos días, aquella risa no estuvo acompañada de miedo.

William la observó.

—¿Estás bien?

Elizabeth asintió.

—Sí.

—¿Segura?

—No.

William sonrió.

—Eso es más honesto.

Ella tomó su mano.

—Pero ya no estoy sola.

William besó su frente.

—Nunca lo estarás.

A las ocho de la mañana, los cinco se encontraban en una sala privada de Carter Holdings.

Daniel permanecía oculto en una habitación contigua.

Robert había decidido no entrar todavía.

—Tenemos que hacer esto con cuidado —dijo William.

Jack extendió varios documentos sobre la mesa.

—La memoria que entregó Daniel contiene transferencias, contratos y copias de correos.

Michell señaló una carpeta.

—Y aquí aparece Richard Coleman.

Elizabeth miró los documentos.

—¿Está vivo?

Daniel, desde la puerta, respondió:

—Sí.

Todos voltearon.

—¿Dónde está? —preguntó William.

Daniel entró.

—En Nueva York.

Jack abrió los ojos.

—¿Todavía?

—Sí.

—¿Y nadie lo encontró?

Daniel negó.

—Porque cambió varias veces de identidad comercial.

William observó los documentos.

—Entonces tenemos que hacer que venga.

Daniel asintió.

—Exactamente.

Elizabeth comprendió.

—La reunión.

William la miró.

—Sí.

A las nueve en punto, el consejo directivo comenzó a llegar.

Marcus Hale entró acompañado de dos abogados.

Cuando vio a William, sonrió.

—Buenos días.

William respondió con tranquilidad.

—Marcus.

Marcus observó a Elizabeth.

—Señora Carter.

Elizabeth sostuvo su mirada.

—Señor Hale.

Marcus parecía incómodo.

Tal vez porque esperaba encontrar a una mujer asustada.

No la encontró.

—Me alegra verla aquí —dijo.

—A mí también.

Marcus levantó una ceja.

—¿Sí?

Elizabeth sonrió.

—Muchísimo.

Jack tuvo que ocultar una sonrisa.

Michell le dio un codazo.

—Compórtate.

—Estoy intentando.

La reunión comenzó.

Durante varios minutos se discutieron asuntos financieros ordinarios.

Hasta que William cerró la carpeta que tenía delante.

—Antes de continuar, hay un asunto que debemos resolver.

Todos guardaron silencio.

—Durante años, Carter Holdings y algunas empresas relacionadas fueron utilizadas para operaciones financieras no autorizadas.

Marcus permaneció inmóvil.

El vicepresidente financiero, Edward Grant, levantó la mirada.

—¿Qué está insinuando?

William abrió una carpeta.

—No insinúo nada.

Sacó un documento.

—Afirmo.

Grant se puso pálido.

—Esos documentos podrían ser falsos.

—No lo son.

William colocó otro sobre la mesa.

—Tenemos los originales.

Edward miró a Marcus.

Marcus no dijo nada.

William continuó.

—Y tenemos testimonios.

La puerta se abrió.

Daniel entró.

Elizabeth vio cómo varios miembros del consejo reaccionaban.

Edward se quedó completamente inmóvil.

Daniel lo miró.

—Hola, Edward.

El vicepresidente financiero palideció.

—Tú…

Daniel sonrió.

—Sí.

Edward retrocedió ligeramente.

—Esto es imposible.

William se levantó.

—No.

Señaló los documentos.

—Lo imposible era pensar que nadie encontraría la verdad.

La reunión se convirtió en un caos.

Edward intentó negar todo.

—Nunca autoricé esas operaciones.

Jack levantó una carpeta.

—Qué extraño.

Edward lo miró.

—¿Qué?

—Porque aquí aparece su firma.

—Es falsa.

Jack sacó otro documento.

—Y aquí aparece su firma.

—También falsa.

Jack sacó otro.

—Aquí también.

Edward comenzó a sudar.

Michell murmuró:

—Este hombre tiene más firmas falsas que firmas verdaderas.

Jack asintió.

—Eso sí es talento.

William lo miró.

—Jack.

—Perdón.

Daniel intervino.

—No falsificaba todas las firmas.

Todos guardaron silencio.

—Algunas eran auténticas.

Edward levantó la mirada.

—No sabes de qué estás hablando.

Daniel sacó un documento.

—Sí sé.

Señaló una fecha.

—Ese día usted autorizó una transferencia.

Después señaló otra.

—Tres días después, la misma cantidad regresó a una sociedad controlada por Coleman.

Edward no respondió.

William preguntó:

—¿Por qué?

Silencio.

—¿Por qué lo hizo?

Edward apretó los labios.




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