Seis meses después…
La vida de Elizabeth y William había cambiado nuevamente.
Y esta vez no había sido por una investigación, una conspiración, un matrimonio secreto ni una amenaza anónima.
Había sido por una prueba de embarazo.
Dos pruebas de embarazo.
Para ser exactos.
Elizabeth estaba sentada en el sofá con una mano sobre su vientre mientras William caminaba de un lado a otro frente a ella.
—Deja de caminar.
William se detuvo.
—No puedo.
—Me estás mareando.
—Estoy nervioso.
Elizabeth sonrió.
—Eres el CEO de una de las empresas más importantes de Nueva York.
—Eso no me prepara para esto.
—¿Para ser papá?
William se quedó completamente quieto.
—Voy a ser papá.
Elizabeth sonrió.
—Sí.
William se arrodilló frente a ella y colocó suavemente ambas manos sobre su vientre.
—Hola.
Elizabeth soltó una carcajada.
—Todavía no puede escucharte bien.
—No importa.
—¿Qué le vas a decir?
William acercó el rostro.
—Hola, pequeña persona que acaba de convertir mi vida en un caos.
Elizabeth abrió los ojos.
—¿Pequeña?
William levantó la mirada.
—Bueno… podría ser niño.
—¿Y si es niña?
—Entonces será una niña.
—¿Y si son gemelos?
William palideció.
—No digas esas cosas.
Elizabeth comenzó a reír.
—¿Tienes miedo?
—Muchísimo.
—Yo también.
William se levantó y la abrazó.
—Pero estoy feliz.
—Yo también.
Entonces sonó el teléfono.
Elizabeth miró la pantalla.
—Es Michell.
Contestó.
—Hola.
La voz de Michell llegó acompañada de una enorme carcajada.
—¡Elizabeth!
—¿Qué pasa?
—¡Estoy embarazada!
Elizabeth abrió los ojos.
—¡¿Qué?!
William se acercó inmediatamente.
—¿Qué sucede?
Elizabeth puso el teléfono en altavoz.
—Michell está embarazada.
William sonrió.
—¡Felicidades!
Al otro lado se escuchó a Jack.
—¡Y yo voy a ser papá!
William levantó las cejas.
—Felicidades, amigo.
Jack respondió:
—Gracias.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Jack preguntó:
—¿Ustedes también?
Elizabeth miró a William.
—Sí.
Silencio absoluto.
Michell fue la primera en reaccionar.
—¡No puede ser!
—Sí —dijo Elizabeth.
Jack soltó un grito.
—¡William!
—¿Qué?
—¡Vamos a ser padres al mismo tiempo!
William comenzó a reír.
—Parece que sí.
Jack guardó silencio unos segundos.
—Entonces tenemos un problema.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Qué problema?
Jack respondió con absoluta seriedad:
—¿Quién va a nacer primero?
Elizabeth soltó una carcajada.
—¡Jack!
Michell suspiró.
—Ni siquiera hemos terminado de asimilar que vamos a tener un bebé y tú ya estás pensando en competir.
—No estoy compitiendo.
William levantó una ceja.
—Claro que no.
—Solo quiero saber quién llegará primero.
—¿Y para qué?
Jack sonrió.
—Para demostrar que mi hijo será más puntual.
—¿Y si es niña?
—Entonces será mi hija más puntual.
William comenzó a reír.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido.
Elizabeth negó con la cabeza.
—Están locos.
Pero aquella conversación sería apenas el comienzo.
Las primeras semanas fueron completamente diferentes para las dos futuras madres.
Elizabeth comenzó a tener náuseas por las mañanas.
Michell, en cambio, tenía un hambre impresionante.
Una mañana, William despertó y encontró a Elizabeth sentada en la cocina, mirando fijamente una taza de café.
—¿No vas a tomarlo?
Elizabeth hizo una mueca.
—Ya no puedo soportar el olor.
William retiró inmediatamente la taza.
—Está bien.
—Y tampoco quiero huevos.
—Bien.
—Ni pan.
—Bien.
—Ni queso.
William se quedó mirándola.
—¿Hay algo que sí quieras?
Elizabeth pensó unos segundos.
—Fresas.
William tomó las llaves.
—Voy por fresas.
—Y helado.
William se detuvo.
—¿A esta hora?
Elizabeth levantó una ceja.
—¿Quieres que nuestra hija recuerde que su padre le negó helado durante el embarazo?
William la miró seriamente.
—Voy por el helado.
Desde el sofá se escuchó una carcajada.
Jack estaba de visita.
—Ya empezó.
William lo miró.
—¿Qué?
—Te estás convirtiendo en padre.
Jack señaló las llaves.
—Antes eras capaz de cancelar reuniones por una junta directiva. Ahora sales a las siete de la mañana por fresas y helado.
William sonrió.
—No te burles.
—No me burlo. Estoy tomando notas.
Elizabeth lo miró.
—¿Y tú qué has hecho por Michell?
Jack se quedó callado.
—Bueno…
William sonrió.
—Eso pensé.
Michell tampoco tenía un embarazo tranquilo.
A diferencia de Elizabeth, ella parecía tener hambre todo el tiempo.
Una tarde, Jack llegó a casa y encontró a Michell comiendo directamente de un recipiente enorme de pasta.
—¿Eso es para cuatro personas?
Michell levantó la mirada.
—Es para mí.
Jack se quedó inmóvil.
—¿Todo?
—Todo.
—¿Estás segura?
—Jack.
—Sí.
—Si quieres seguir siendo el padre de este bebé, no vuelvas a cuestionar mi comida.
Jack levantó ambas manos.
—Entendido.
Michell continuó comiendo.
—Además, tengo hambre otra vez.
Jack miró el recipiente.
—Hace veinte minutos terminaste de comer.
—Lo sé.
—¿Quieres algo más?
Michell pensó.
—Pastel de chocolate.
Jack sonrió.
—Voy por él.
Michell lo miró sorprendida.
—¿No vas a protestar?
—Aprendí de William.
—¿Qué aprendiste?
Editado: 06.10.2026