—Tienes cinco minutos. Después me voy.
Armando asintió.
—Es suficiente.
Los dos se sentaron en una mesa de lectura, donde casi no había personas.
—Mi familia quiere que me case cuanto antes —comenzó Armando—. Si no lo hago, no dejarán de presionarme.
Tania frunció el ceño.
—¿Y por eso le propones matrimonio a una desconocida?
—Sí.
Ella soltó una risa incrédula.
—Definitivamente estás loco.
Armando no respondió. En cambio, sacó una tarjeta de presentación y la dejó sobre la mesa.
Tania la tomó.
—¿CEO del Grupo Carrillo?
Levantó la vista para comprobar si hablaba en serio.
—No estoy mintiendo.
Tania seguía sin entender.
—Hay miles de mujeres que aceptarían casarse contigo. ¿Por qué yo?
Armando guardó silencio unos segundos.
—Porque cuando entré a esta biblioteca todos me miraban por quién soy. Tú ni siquiera notaste que estaba aquí. Solo estabas buscando un libro.
Ella bajó la mirada al libro que tenía entre las manos.
Era cierto.
Ni siquiera se había dado cuenta de que él había entrado.
—Necesito una esposa que sea sincera y no esté interesada en mi dinero.
Tania negó con la cabeza.
—Aun así... no puedo aceptar casarme con alguien que acabo de conocer.
Armando asintió.
—Lo imaginaba.
Se levantó de la silla.
—Gracias por escucharme.
Cuando estaba a punto de irse, Tania habló.
—Espera.
Él se dio la vuelta.
—Si de verdad quieres que lo piense... primero tendremos que conocernos.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Armando.
—Me parece justo.
—No prometo nada.
—No te pediré una respuesta hoy.
Los dos intercambiaron sus números de teléfono.
Antes de salir de la biblioteca, Armando la miró una vez más.
—Nos volveremos a ver, Tania.
Ella observó cómo se alejaba.
Todavía no podía creer que un completo desconocido le hubiera pedido matrimonio... y mucho menos que hubiera aceptado volver a verlo.
Continuará...