El automóvil se detuvo frente a una residencia amplia y rodeada de jardines.
—¿Aquí vives? —preguntó Tania con sorpresa.
—Sí. Y desde hoy también es tu casa.
Tania bajó del automóvil y observó la fachada durante unos segundos.
—Es muy bonita.
Al entrar, varios empleados los recibieron con una sonrisa.
—Bienvenidos, señor Armando. Bienvenida, señora Tania.
Ella respondió con un saludo amable.
Armando comenzó a mostrarle cada parte de la casa.
—Aquí está la sala principal, el comedor, la cocina y, al fondo, el jardín.
Tania miraba todo con curiosidad.
—Es más grande de lo que imaginaba.
Después subieron al segundo piso.
Armando abrió una puerta.
—Esta será nuestra habitación.
Tania entró despacio. Era una habitación amplia, iluminada y con una gran ventana que daba al jardín.
—Me gusta mucho.
Armando dejó su equipaje a un lado.
—Quiero que te sientas cómoda aquí. Si hay algo que quieras cambiar o decorar a tu gusto, puedes hacerlo.
Tania sonrió.
—Gracias.
Más tarde, ambos bajaron a la cocina.
Aunque había personal encargado de preparar la comida, Tania propuso algo.
—¿Qué te parece si hoy cocinamos nosotros?
Armando la miró sorprendido.
—Debo confesarte que no soy muy bueno cocinando.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces hoy aprenderás.
Durante la siguiente hora prepararon la cena entre risas y pequeños errores.
Cuando terminaron, se sentaron a comer.
—No quedó tan mal —comentó Armando después del primer bocado.
—Te dije que podías aprender.
Los dos rieron.
Aquel fue su primer momento como esposos en la tranquilidad de su nuevo hogar, disfrutando de una noche sencilla y conociéndose un poco más.
Continuará...