Tania y Armando ya se habían acostumbrado a compartir la misma casa. Cada uno respetaba el espacio del otro y, poco a poco, su matrimonio se volvía más natural.
Aquella mañana, Tania preparó el desayuno mientras Armando revisaba algunos documentos antes de ir a la empresa.
—¿Hoy regresarás temprano? —preguntó ella mientras servía el café.
Armando levantó la vista.
—Haré lo posible. Tengo varias reuniones.
—Entonces te esperaré para cenar.
Él sonrió.
—Me gusta llegar y saber que alguien me espera.
Tania le devolvió la sonrisa.
Después del desayuno, Armando salió rumbo a la empresa.
Tania aprovechó el día para visitar la biblioteca donde se habían conocido. Caminó entre los estantes con tranquilidad y escogió dos novelas.
—Hace tiempo que no venías —comentó la bibliotecaria.
—Sí. Últimamente he estado ocupada.
Al regresar a casa por la tarde, comenzó a leer en la sala.
Unas horas después escuchó el sonido de un automóvil entrando a la propiedad.
—Llegaste.
—Como lo prometí.
Armando dejó su portafolio sobre una mesa.
—¿Qué tal estuvo tu día?
—Fui a la biblioteca y encontré unos libros muy buenos.
—Tendrás que recomendármelos.
Mientras conversaban, el teléfono de Armando comenzó a sonar.
Miró la pantalla por un instante.
—Disculpa, debo responder.
Se alejó unos pasos y contestó con un tono serio.
—Sí... entiendo. Mañana lo revisaremos.
La llamada duró apenas un minuto.
Cuando regresó, volvió a sonreír.
—¿Todo bien? —preguntó Tania.
—Sí, solo era un asunto del trabajo.
Ella no preguntó más.
Después cenaron juntos y pasaron el resto de la noche viendo una película en la sala.
Para Tania, todo parecía marchar bien.
Sin embargo, sin que ella lo supiera, aquella breve llamada era el primer indicio de que Armando ocultaba una parte muy importante de su vida.
Continuará...