Tania pasó algunas horas leyendo en la sala mientras esperaba a Armando, tal como él le había prometido.
Al caer la noche, escuchó el sonido de un automóvil entrando a la propiedad.
Se levantó de inmediato y fue a recibirlo.
—Bienvenido.
Armando sonrió al verla.
—Gracias. Llegué un poco antes de lo que esperaba.
—Me alegra. La cena ya está lista.
Ambos se sentaron a la mesa y comenzaron a conversar.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Tania.
—Muy ocupado, pero terminó bien.
—Me gustó conocer tu oficina.
—Cuando quieras puedes volver.
Después de cenar, decidieron salir al jardín.
La noche era tranquila y el aire fresco hacía agradable el momento.
Mientras caminaban, Tania observó que Armando parecía pensativo.
—¿En qué piensas?
Él la miró.
—En que todo cambió muy rápido.
—¿Te arrepientes de haberme pedido matrimonio?
Armando negó con la cabeza.
—No. Si volviera a ese día en la biblioteca, volvería a hacer exactamente lo mismo.
Tania sonrió con timidez.
—Yo tampoco me arrepiento de haber aceptado.
Los dos siguieron caminando unos minutos más.
De pronto, el teléfono de Armando vibró.
Él lo sacó del bolsillo, leyó el mensaje y guardó el celular sin responder.
—¿No vas a contestar? —preguntó Tania.
—Puede esperar. Ahora quiero pasar este momento contigo.
Ella sonrió.
—Me alegra escuchar eso.
Regresaron al interior de la casa y pasaron el resto de la noche viendo una película y riendo de las escenas más divertidas.
Antes de ir a dormir, Armando revisó discretamente su teléfono una vez más. Había varios mensajes pendientes, pero decidió dejarlos para la mañana siguiente.
Sin darse cuenta, Tania comenzaba a notar que, aunque Armando siempre estaba atento con ella, había ocasiones en las que parecía cargar con responsabilidades que nunca mencionaba.
Continuará...