La mañana comenzó tranquila en la casa Carrillo.
Tania preparaba el desayuno mientras Armando terminaba una llamada en su oficina.
Cuando él llegó a la cocina, ella notó que algo era diferente.
—¿Todo bien?
Armando dejó el teléfono sobre la mesa.
—Sí, solo surgió un problema que debo resolver.
Tania lo observó con atención.
—¿Es algo relacionado con la empresa?
Armando dudó unos segundos.
—Es un asunto de mis responsabilidades.
Ella recordó la conversación que habían tenido semanas atrás y entendió que se refería a la otra parte de su vida.
—¿Necesitas que me preocupe?
Armando se acercó a ella.
—No. Pero quiero que sepas que siempre seré cuidadoso.
Tania asintió.
—Solo prométeme que no intentarás cargar con todo tú solo.
Él sonrió.
—Te lo prometo.
Más tarde, Armando tuvo que salir a una reunión importante.
Mientras él estaba fuera, Tania recibió una visita inesperada.
Era Gabriel.
—Hola, Tania.
—Gabriel, ¿ocurrió algo?
—No, tranquila. Solo vine a hablar contigo.
Ambos se sentaron en la sala.
—Quiero decirte algo sobre Armando —comentó Gabriel.
Tania lo escuchó con atención.
—Él siempre ha sido una persona que protege a los demás antes que a sí mismo. A veces olvida que también necesita apoyo.
Tania sonrió.
—Eso ya lo he notado.
—Desde que llegaste, ha cambiado mucho.
Después de la conversación, Gabriel se despidió.
Horas más tarde, Armando regresó a casa.
Tania se acercó a él.
—¿Todo salió bien?
—Sí.
Ella sonrió.
—Me alegra.
Esa noche, mientras cenaban, Armando agradeció que Tania estuviera a su lado.
Sabía que su vida no era sencilla, pero ahora tenía a alguien que no solo aceptaba su parte buena, sino también la difícil.
Sin embargo, ambos sabían que los problemas apenas comenzaban.
Continuará...