Antes de irse, encontró a Tania preparando el desayuno.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió ella con una sonrisa—. ¿Dormiste bien?
—Sí. Hoy será un día largo, pero regresaré en cuanto termine.
—Te estaré esperando.
Armando tomó una taza de café y, antes de salir, le dio un beso en la frente.
—Gracias por estar siempre a mi lado.
—Siempre.
Cuando Armando se marchó, Tania decidió aprovechar el día para visitar la biblioteca donde se habían conocido.
Mientras caminaba entre los estantes, recordó aquel momento en que un desconocido se acercó y, sin siquiera conocer su nombre, le pidió matrimonio.
Sonrió para sí misma.
—Quién diría que todo comenzó aquí...
Escogió un par de libros y, al salir, pasó por una cafetería cercana.
Por la tarde regresó a casa.
Unas horas después, Armando llegó.
Se veía cansado, pero al entrar sonrió al verla.
—Ya estoy en casa.
—Bienvenido.
Tania le sirvió una taza de té.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Fue complicado, pero todo salió bien.
—Me alegra.
Se sentaron en la sala para conversar.
—Estuve pensando en algo —dijo Tania.
—¿Qué sucede?
—Quiero seguir construyendo nuestra vida poco a poco. No importa lo difícil que sea el camino.
Armando tomó su mano.
—Eso mismo quiero yo.
—Entonces hagamos una promesa.
—Te escucho.
—Nunca dejaremos que los problemas nos impidan hablar con sinceridad.
Armando sonrió.
—Acepto esa promesa.
Los dos unieron sus manos y sellaron aquel acuerdo con una sonrisa.
Sin darse cuenta, el matrimonio que había comenzado por una propuesta inesperada en una biblioteca se había convertido en una relación basada en la confianza, el respeto y el apoyo mutuo.
Sin embargo, el destino todavía tenía preparadas nuevas pruebas para ambos.
Continuará...