Aunque había logrado resolver parte del problema, sabía que todavía quedaban algunas cosas por aclarar.
Antes de regresar a casa, decidió llamar a Tania.
—Hola.
—Hola, ¿ya terminaste? —preguntó ella.
—Sí. Voy de regreso.
—Me alegra. Te estaba esperando.
—En unos minutos estaré ahí.
Cuando Armando llegó a casa, encontró a Tania en la sala leyendo.
Ella levantó la mirada y sonrió.
—Bienvenido.
—Gracias.
Armando se sentó a su lado.
—¿Todo salió bien? —preguntó Tania.
—Sí. Fue una reunión complicada, pero pudimos llegar a un acuerdo.
Tania respiró tranquila.
—Me preocupé un poco.
—Lo siento. No quería que pasaras el día así.
—Sé que tienes responsabilidades, pero quiero que recuerdes que puedes hablar conmigo.
Armando la miró.
—Lo sé.
Hubo unos segundos de silencio.
—Hay algo más que quiero decirte —continuó él.
Tania dejó el libro sobre la mesa.
—¿Qué sucede?
—Quiero empezar a ser más cuidadoso con la manera en que manejo mis responsabilidades. No quiero que mi trabajo termine afectando nuestra vida.
Tania sonrió.
—Eso es todo lo que quería escuchar.
Armando tomó su mano.
—Desde que apareciste, muchas cosas cambiaron para mí.
—Para mí también.
Después prepararon juntos la cena y pasaron la noche hablando de cosas sencillas.
Aquel día terminó de una manera tranquila.
Sin embargo, ambos sabían que todavía tendrían que aprender a equilibrar sus responsabilidades con la vida que habían decidido construir juntos.
Y esta vez, ninguno quería hacerlo por separado.
Continuará...