Apenas entró, dejó su bolso sobre una silla.
—Estoy agotada.
Armando apareció desde la cocina con una sonrisa.
—Entonces tengo algo preparado para ti.
Tania lo miró con curiosidad.
—¿Qué hiciste?
—Una pequeña cena para celebrar tu logro.
En la mesa había varios platos que Tania disfrutaba y unas pequeñas velas que hacían que el comedor se viera diferente.
—Armando...
—Hoy es tu día.
Tania sonrió.
—No tenías que hacer todo esto.
—Quería hacerlo.
Se sentaron juntos y comenzaron a cenar.
—Estoy muy orgullosa de lo que lograste —dijo Armando.
—¿Tú estás orgulloso? Yo también estoy orgullosa de ti.
—¿De mí?
—Sí. Has aprendido a compartir conmigo cosas que antes guardabas para ti.
Armando sonrió.
—Supongo que los dos hemos cambiado.
Después de cenar, salieron al jardín.
La noche estaba tranquila y las luces de la casa iluminaban el camino.
—¿Sabes qué pienso? —dijo Tania.
—¿Qué?
—Que todo comenzó con una propuesta absurda.
Armando soltó una pequeña risa.
—Y terminó con una esposa que ahora tiene su propio proyecto.
—Exactamente.
Ambos se quedaron en silencio unos segundos.
—No cambiaría nada de lo que pasó —dijo Armando.
Tania sonrió.
—Yo tampoco.
Después regresaron a la casa y pasaron el resto de la noche conversando.
Para ambos, aquella celebración no solo representaba el éxito de Tania.
También era una muestra de cuánto habían crecido juntos desde aquel primer encuentro en la biblioteca.
Continuará...