La decisión de Armando de reducir sus responsabilidades comenzó a cambiar su rutina.
Ahora tenía más tiempo para acompañar a Tania y disfrutar de las cosas sencillas que antes no podía hacer.
Una mañana, ambos desayunaban tranquilamente.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó Armando.
Tania pensó unos segundos.
—Quiero visitar a mi mamá.
—Entonces vamos juntos.
Después del desayuno, fueron a casa de Clara.
Ella los recibió con una sonrisa.
—Qué gusto verlos.
—Hola, mamá —dijo Tania.
Durante la visita, conversaron sobre el proyecto de Tania y sobre los nuevos planes de Armando.
Clara escuchó con atención.
—Me alegra que los dos estén pensando en su futuro.
Tania sonrió.
—Queremos seguir creciendo juntos.
Después de unas horas, regresaron a casa.
Por la tarde, Tania y Armando se sentaron en el jardín.
—¿Hay algo que todavía quieras hacer? —preguntó Armando.
—Muchas cosas.
—Dime una.
Tania pensó un momento.
—Quiero viajar contigo. Conocer lugares nuevos y llenar nuestra casa de recuerdos.
Armando sonrió.
—Entonces lo haremos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Tania tomó su mano.
—Y yo quiero seguir apoyándote en todo lo que decidas.
Armando la miró.
—Creo que por fin estamos construyendo la vida que siempre quisimos.
El resto de la tarde transcurrió tranquilamente.
No necesitaban grandes planes para sentirse felices.
Habían aprendido que una vida juntos se construía con pequeños momentos: desayunos, conversaciones, paseos y la confianza de saber que podían contar el uno con el otro.
Y mientras el sol comenzaba a esconderse, ambos comprendieron que su historia estaba entrando en su última etapa.
Continuará...