Casate Conmigo

Capítulo 50: Cásate conmigo

La mañana comenzó tranquila.

Tania despertó temprano y bajó a la cocina. Encontró a Armando preparando el desayuno, algo que se había convertido en una de sus pequeñas costumbres.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió él.

Tania se sentó y sonrió.

—¿En qué piensas?

Armando dejó la taza sobre la mesa.

—En todo lo que hemos vivido.

Tania miró hacia la sala, donde estaban las fotografías que habían reunido durante los últimos meses.

—Parece increíble que todo comenzara en una biblioteca.

—Y con una propuesta bastante extraña.

—Muy extraña —dijo Tania entre risas.

Después del desayuno, Armando le pidió que lo acompañara.

Caminaron juntos hasta la biblioteca donde se habían conocido.

Al entrar, Tania sintió una pequeña nostalgia.

—Volvimos al principio.

—Sí.

Caminaron hasta el mismo lugar donde Armando la había visto por primera vez.

Él tomó su mano.

—Tania, aquel día te dije "cásate conmigo" sin saber prácticamente nada de ti.

Ella sonrió.

—Y yo pensé que estabas completamente loco.

Ambos rieron.

—Pero con el tiempo aprendí quién eras —continuó Armando—. Conocí tus sueños, tus preocupaciones, tus alegrías y todo lo que te hace ser tú.

Tania lo miró atentamente.

—Y descubrí que no quería que nuestra historia terminara con aquella primera propuesta.

Ella apretó su mano.

—¿Entonces?

—Entonces quiero seguir eligiéndote todos los días.

Tania sonrió.

—Yo también te elijo.

Permanecieron unos minutos en silencio, recordando todo lo que habían vivido.

Después salieron de la biblioteca tomados de la mano.

Su historia había comenzado de una manera inesperada.

Armando había buscado una solución a la presión de su familia y había encontrado mucho más de lo que esperaba.

Tania había conocido a un hombre que parecía imposible de entender al principio, pero que terminó convirtiéndose en su compañero de vida.

Habían aprendido a confiar, a escucharse, a respetar sus sueños y a construir un futuro juntos.

Y, sobre todo, habían descubierto que un matrimonio no se construye con una sola promesa.

Se construye con miles de pequeñas decisiones tomadas cada día.

Tania miró a Armando.

—¿Volvemos a casa?

Él sonrió.

—Sí, esposa.

Ella tomó su mano.

—Vamos.

Y así, juntos, dejaron atrás la biblioteca.

No como el final de su historia, sino como el comienzo de todo lo que todavía les quedaba por vivir.

FIN




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