Cásate conmigo en esta vida

Capitulo 2: El fantasma en la servidumbre

El infierno no olía a azufre ni a fuego eterno. Olía a lejía barata, a paja húmeda y a sudor rancio.

Elianne tomó una bocanada de aire, un grito ahogado que se atoró en su garganta y salió como un gemido ronco y animal. Se incorporó de golpe en el catre, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado que busca desesperadamente la libertad. Sus manos volaron instintivamente hacia su cuello, buscando la herida, la sangre caliente, la separación brutal de la carne y el hueso. Esperaba sentir el corte, la humedad pegajosa de la muerte.

Pero no había nada.

La piel estaba intacta. Caliente. Viva.

—¿Qué…? —su propia voz le sonó extraña, ajena. No era el tono melodioso, educado y ligeramente altivo que había perfeccionado durante años en la corte de Valcour. Era una voz más áspera, más fina, carente de la profundidad que ella recordaba.

El pánico, frío y viscoso, comenzó a trepar por su espalda. Miró a su alrededor con los ojos desorbitados. No estaba en las estancias celestiales de los dioses, ni en el abismo oscuro que los sacerdotes prometían a los traidores. Tampoco estaba en su celda de la torre, aquella prisión de piedra donde había pasado sus últimas noches llorando y maldiciendo.

Estaba en un cuartucho miserable. Las paredes eran de piedra desnuda y rezumaban humedad. Una pequeña ventana alta, apenas una rendija, dejaba entrar la luz grisácea y enfermiza de un amanecer nublado. Había otras tres camas en la habitación, vacías y deshechas, como si sus ocupantes hubieran huido o ya hubieran comenzado su jornada.

Elianne intentó levantarse, pero el mundo giró violentamente. Sus piernas le fallaron, sintiéndolas extrañamente ligeras y débiles, y cayó de rodillas sobre el suelo de madera astillada. El dolor en sus rodillas fue agudo, real. Demasiado real para ser una pesadilla.

Bajó la mirada hacia sus manos, apoyadas en el suelo sucio, y el terror la paralizó por completo.

Esas no eran sus manos.

Las manos de Lady Elianne D’Valcour eran pálidas como la leche, de dedos largos y elegantes, acostumbradas a tocar el arpa, a bordar con hilo de oro y a sostener copas de cristal fino. Nunca habían conocido el trabajo duro. Pero las manos que tenía delante eran toscas, de piel curtida por el sol y el jabón. Los nudillos estaban enrojecidos e hinchados, y las palmas, cuando las giró con un temblor incontrolable, estaban cubiertas de callosidades duras y amarillentas. Había suciedad incrustada bajo las uñas cortas y mal cortadas, y una pequeña cicatriz de quemadura, reciente y fea, cruzaba su dedo índice derecho.

—No... —susurró, frotándose las manos contra el camisón de tela basta que llevaba puesto, como si pudiera quitarse esa piel extraña como si fuera un guante sucio—. Esto no es posible. Estoy muerta. Yo morí.

El recuerdo del hacha cayendo era nítido. El sonido. El silencio del pueblo. La mirada de Caelum. No había sido un sueño. El dolor había sido absoluto, aunque breve.

Había un cubo de agua en un rincón, con una superficie tranquila que reflejaba la escasa luz. Se arrastró hacia él, sintiendo la frialdad del suelo penetrar a través de la tela delgada de su ropa. Se inclinó sobre el agua, temiendo lo que iba a encontrar, pero necesitando saberlo con una urgencia que le quemaba las entrañas.

El rostro que la miraba desde el agua no era el suyo.

No había rastro de sus aristocráticos ojos negros, profundos y misteriosos, ni de su cabello de cuervo que solía caer en cascada sobre sus hombros. La mujer en el reflejo era una extraña. Una chica joven, quizás de dieciocho o diecinueve años, con ojos grandes de color miel, asustados y llorosos. Su cabello era castaño, opaco, revuelto en una maraña de nudos. Tenía la nariz un poco más ancha, los labios más finos y una constelación de pecas cruzando sus mejillas pálidas por el susto.

Era un rostro común. Olvidable. El tipo de rostro que uno ve mil veces en el mercado, sirviendo cerveza en una taberna o fregando los suelos de un pasillo, y olvida al instante siguiente. Era el rostro de nadie.

Elianne tocó su mejilla. El reflejo hizo lo mismo. Se pellizcó el brazo con fuerza, buscando despertar. Sintió el dolor, agudo y punzante, pero el escenario no cambió.

—¡Mireya! ¡Por todos los dioses, niña!

La puerta de madera se abrió de golpe, golpeando contra la pared con un estruendo que hizo saltar a Elianne. Una mujer corpulenta, vestida con el uniforme gris y almidonado de las amas de llaves superiores, entró como un torbellino de indignación. Tenía el rostro colorado y un manojo de llaves tintineando en su cintura como una advertencia constante.

Elianne se quedó helada, arrodillada junto al cubo, mirando a la intrusa con la boca entreabierta. Su instinto de noble reaccionó primero. Nadie entraba así en sus aposentos. Nadie le gritaba. Estuvo a punto de erguirse y exigir una disculpa, de ordenar que la azotaran por su insolencia.

Pero la mujer la agarró del brazo con una fuerza sorprendente y la puso de pie de un tirón.

—¿Todavía en camisón? —bramó la mujer, sacudiéndola—. ¡El sol ya ha salido hace una hora! ¿Crees que porque ayer hubo ejecución hoy es día de fiesta? ¡El palacio no se limpia solo, holgazana!

*Mireya*. Ese era el nombre. La mujer le hablaba a ella.

Elianne parpadeó, aturdida. Su mente, afilada y estratega, comenzó a trabajar a toda velocidad a pesar del shock. *Ejecución. Ayer.*

El tiempo no había pasado. Había despertado a la mañana siguiente de su propia muerte.

—Yo... —empezó a decir Elianne, pero su voz tembló. Tenía que tener cuidado. Si decía quién era, la llamarían loca. O peor, si le creían, la quemarían por bruja. Caelum se aseguraría de ello. Caelum... el nombre envió una oleada de odio puro a través de sus venas, tan caliente que por un momento olvidó el miedo—. Me... me quedé dormida. Lo siento.

La mujer, que debía ser la supervisora de las criadas, resopló con desdén y le lanzó un vestido gris de lana áspera que estaba a los pies de la cama.




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