El cuerpo de Mireya era una jaula deDespertó mucho antes de que el sol se atreviera a tocar las torres del castillo. La oscuridad en el cuarto de las criadas era absoluta, densa como el alquitrán. Elianne se quedó inmóvil en el jergón de paja, sintiendo cómo el frío de la piedra se filtraba a través de la manta raída, calándole hasta la médula. En su vida anterior, despertar significaba el roce de sábanas de seda importada, el olor a lavanda fresca y la luz dorada entrando por ventanales inmensos. Ahora, despertar significaba olor a humedad, a cuerpos hacinados y a la desesperanza gris de la servidumbre.
Levantó una mano en la penumbra, observando la silueta de sus propios dedos contra la escasa luz que se colaba por la rendija de la puerta. Flexionó los dedos. Eran fuertes, sí, pero toscos. Ayer, mientras fregaba los calderos de cobre en la cocina, se había cortado con un borde afilado. La sangre había brotado roja y espesa, igual que la suya, igual que la de una duquesa. Pero la piel que la rodeaba era áspera, callosa, marcada por pequeñas cicatrices blancas: quemaduras de aceite, cortes de cuchillo, pinchazos de aguja.
Este cuerpo era un mapa de sufrimiento silencioso. Mireya había vivido diecinueve años de una vida que Elianne ni siquiera sabía que existía dentro de sus propios muros.
Se levantó, ignorando el crujido de su espalda. Se acercó al pequeño cubo de agua para lavarse la cara. El agua estaba helada, un choque brutal que la despertó por completo. Al secarse con un trapo áspero, sus ojos se posaron en el pequeño espejo de metal pulido que colgaba torcido en la pared.
Se miró. Realmente se miró.
No buscaba a Elianne. Sabía que Elianne estaba pudriéndose en una tumba sin nombre o, peor aún, expuesta en alguna pica si Caelum había decidido ser especialmente cruel. Buscaba a la mujer que iba a usar como arma.
Mireya tenía una belleza salvaje, una que la suciedad y el cansancio solían ocultar. Sus ojos color miel tenían motas doradas cuando les daba la luz, y sus labios, aunque agrietados por el frío, eran carnosos. Había una vulnerabilidad en su rostro, una suavidad en la curva de su mandíbula que contrastaba con la dureza de sus manos.
—Eres perfecta —susurró Elianne a su reflejo. Su voz sonó ronca—. Nadie sospecha del cordero hasta que el lobo ya tiene la garganta abierta.
El día transcurrió en una neblina de trabajo brutal. Elianne aprendió que la invisibilidad era un superpoder. Mientras barría los pasillos del ala norte, escuchaba. Los guardias hablaban de movimientos de tropas en la frontera. Las doncellas susurraban sobre la frialdad del Duque, sobre cómo las luces de su estudio no se apagaban en toda la noche.
—Dicen que habla solo —murmuró una lavandera mientras escurría sábanas en el patio—. Que grita nombres a la chimenea.
—La culpa —respondió otra, escupiendo al suelo—. O el vino. Desde que la mató, se ha bebido la mitad de la bodega real.
Elianne apretó el mango de la escoba hasta que los nudillos de Mireya se pusieron blancos. *Bien*, pensó. *Sufre, Caelum. Ahógate en ello.*
La noche cayó pesada sobre el castillo de Valcour. Una tormenta se gestaba en el exterior; el viento aullaba contra los muros de piedra como un animal enjaulado, y los truenos retumbaban en la distancia, prometiendo violencia.
La cocina era un caos controlado de vapores y gritos. La cena se había servido, pero el trabajo nunca terminaba. Elianne estaba fregando platos en una pila de agua grasienta cuando la puerta se abrió de golpe.
La señora Grette, la ama de llaves, entró con el rostro desencajado. Su mirada barrió la habitación como un faro buscando un naufragio y se detuvo en Elianne.
—Tú. Mireya. Deja eso.
Elianne se secó las manos en el delantal sucio. —¿Señora?
—El mayordomo ha caído enfermo. Fiebres —dijo Grette con impaciencia, chasqueando la lengua—. Y el ayuda de cámara está ocupado con los invitados del ala este. Necesito que subas esto al estudio del Duque.
Señaló una bandeja de plata pesada sobre la mesa central. Contenía una jarra de cristal tallado llena de vino oscuro, una sola copa y un plato con carne fría que parecía intacta.
El corazón de Elianne dio un vuelco violento contra sus costillas. El estudio. El santuario de Caelum. El lugar donde, en otra vida, ella solía sentarse en la alfombra frente al fuego mientras él le leía despachos de guerra, acariciándole el cabello. El lugar donde la había hecho suya mil veces, jurándole amor eterno entre gemidos y susurros que resultaron ser mentiras.
—Yo... no sé cómo servir a un señor, señora —dijo Elianne, bajando la cabeza, fingiendo terror. No era terror lo que sentía. Era una mezcla tóxica de odio puro y una curiosidad morbosa que le quemaba las entrañas.
—No tienes que saber recitar poesía, niña estúpida. Solo tienes que dejar la bandeja, servir el vino si él lo pide, y largarte sin hacer ruido. Él está... —Grette dudó, bajando la voz—... está de un humor negro. No lo mires a los ojos. No hables a menos que te pregunte. Y por el amor de los dioses, no derrames nada.
Elianne asintió, tomando la bandeja. Pesaba. El cristal tintineó suavemente, un sonido elegante y peligroso.
El ascenso por las escaleras de servicio fue un viaje a través de sus propios recuerdos. Cada escalón de piedra desgastada la acercaba más al hombre que la había asesinado. Sus piernas temblaban, no por el esfuerzo, sino por la adrenalina. Su cuerpo, el cuerpo de Mireya, reaccionaba con un miedo instintivo a la figura de autoridad, pero la mente de Elianne empujaba hacia adelante, hambrienta de confrontación.
Llegó al pasillo principal. Estaba desierto. Las antorchas parpadeaban en las paredes, proyectando sombras largas que parecían manos esqueléticas tratando de agarrarla.
Se detuvo frente a la puerta de roble macizo del estudio. No llamó. Los sirvientes eran sombras; no anunciaban su presencia. Empujó la puerta con el hombro y entró.