Cásate conmigo en esta vida

Capitulo 4: La navaja en su garganta

El amanecer llegó como un intruso no
deseado, gris y plomizo, reflejando el estado del alma de Elianne.
No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el fantasma del tacto de Caelum en su mejilla, quemando la piel de Mireya como una marca de hierro al rojo vivo. Se levantó del jergón con el cuerpo entumecido, pero con la mente afilada como una daga. La noche anterior había cambiado las reglas del juego. Ya no era invisible. Ahora era algo mucho más peligroso: era una obsesión.

La cocina estaba en su apogeo habitual de caos matutino. El olor a pan quemado y grasa de tocino llenaba el aire. Cuando Elianne entró, el murmullo de las conversaciones se detuvo abruptamente.

Sintió las miradas clavadas en su espalda. Miradas de envidia, de sospecha, de curiosidad maliciosa.

—Dicen que estuviste en el estudio más de media hora —susurró una de las lavanderas al pasar a su lado, golpeándola "accidentalmente" con un cesto de ropa sucia—. ¿Qué tuviste que hacer para que no te echara a patadas? ¿Abrir las piernas o limpiar sus botas con la lengua?

Elianne se detuvo. Giró la cabeza lentamente. No había miedo en sus ojos color miel, solo una frialdad aristocrática que descolocó a la mujer.

—Hice lo que se me ordenó —dijo Elianne, con voz calmada—. Si tienes tanta curiosidad por saber qué pasa tras esa puerta, te sugiero que vayas tú misma la próxima vez. Aunque dudo que tengas el estómago para soportar lo que hay ahí dentro.

La lavandera retrocedió, murmurando una maldición, pero no volvió a molestarla.

Lira se acercó a ella mientras cortaban verduras, con los ojos llenos de preocupación.

—Mireya, ten cuidado —susurró, mirando de reojo a la señora Grette, que vigilaba desde el otro extremo—. El Duque... no es el mismo. Los guardias dicen que esta mañana destrozó tres espadas de entrenamiento. Está buscando pelea con su propia sombra.

—Que la busque —respondió Elianne, clavando el cuchillo con fuerza en una zanahoria. El sonido seco contra la tabla de madera fue satisfactorio—. Quizás su sombra decida devolverle el golpe.

***

A media mañana, la orden llegó. No fue una petición educada. Fue un mandato ladrado por un guardia de la guardia personal.

—El Duque requiere agua y toallas en el patio de entrenamiento. Específicamente, pidió a la chica de anoche.

Elianne se secó las manos en el delantal. Sintió una mezcla de náuseas y adrenalina. *La chica de anoche*. Así que ya tenía un título.

Caminó hacia el patio de armas bajo un cielo que amenazaba lluvia. El aire era frío, pero en el centro del patio, el calor era palpable.

Caelum estaba allí.

Había descartado su camisa. Su torso desnudo brillaba con una capa de sudor y lluvia fina. Los músculos de su espalda se contraían y relajaban con una violencia hipnótica mientras blandía una espada bastarda contra un poste de madera dura.

*Zas. Zas. Crack.*

Cada golpe era letal. Cada movimiento era una descarga de furia contenida. Elianne se detuvo en el borde del patio, observándolo. Recordaba ese cuerpo. Conocía cada cicatriz. La línea blanca en su costilla izquierda (una caída de caballo). La marca de quemadura en su hombro (una flecha incendiaria en la frontera). Pero había cicatrices nuevas. Arañazos recientes, moratones oscuros que parecían autoinfligidos por la imprudencia.

Caelum detuvo el golpe a milímetros de la madera astillada. Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando rítmicamente. Sin girarse, habló.

—Llegas tarde.

—No me dieron una hora, mi señor —respondió Elianne, acercándose con la jofaina de agua y las toallas.

Caelum se giró. El sudor le caía por la frente, pegando mechones de cabello negro a su piel. Sus ojos grises la barrieron de arriba abajo con una intensidad depredadora, sin disimulo alguno. No había cortesía en su mirada, solo un hambre cruda y oscura.

—Acércate —ordenó.

Elianne obedeció. Se detuvo a un paso de él. El olor a hombre, a esfuerzo físico y a lluvia la golpeó. Era embriagador y repulsivo a la vez.

Caelum soltó la espada, que cayó al barro con un ruido sordo. Tomó la toalla que ella le ofrecía, pero en lugar de secarse, agarró la muñeca de Elianne con la mano libre. Sus dedos estaban manchados de grasa de armas y tierra.

—¿Dormiste bien, Mireya? —preguntó, su voz baja, ronca por el esfuerzo. Tiró de ella hasta que las puntas de sus botas chocaron.

—Mejor que usted, por lo que veo —respondió ella, mirando las ojeras profundas bajo sus ojos.

Caelum soltó una risa corta, carente de humor.

—Tienes una boca insolente. Debería mandarte azotar.

—Podría hacerlo —dijo Elianne, sosteniendo su mirada sin pestañear—. Pero entonces tendría que buscar a otra persona que le sostenga la mirada sin temblar. Y creo que se le están acabando los voluntarios.

La mano de Caelum apretó más su muñeca, casi hasta el punto de dolor.

—¿Crees que eres especial? —susurró, inclinándose sobre ella. El calor de su cuerpo desnudo irradiaba contra el vestido fino de ella—. ¿Crees que porque te dejé beber mi vino eres intocable?

—Creo que está aburrido, mi señor. Y que el dolor es lo único que le hace sentir algo real estos días.

Los ojos de Caelum se oscurecieron. Soltó su muñeca bruscamente y tomó la jofaina de agua. Se echó el agua helada por la cabeza y el torso, gruñendo ante el impacto térmico. Se sacudió el pelo como un perro mojado, enviando gotas de agua hacia ella.

—Límpiame —ordenó, extendiendo los brazos en cruz.

Elianne se quedó inmóvil un segundo. Era una tarea para un escudero, no para una criada de cocina. Era un acto de intimidad forzada. Una prueba de poder.

Tomó la toalla seca. Con manos que se obligó a mantener firmes, comenzó a secar su pecho. La piel de él estaba caliente bajo la tela áspera. Podía sentir el latido fuerte y rápido de su corazón contra sus palmas.

Caelum la observaba desde arriba, con la mandíbula tensa.




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