Cascabel

Cascabel parte 2

Se reclina en el respaldo de la silla y suspira, demasiado cansada como para poder concentrarse en lo que está haciendo. Sus ojos se pierden entre los papeles que cubren su escritorio, mirándolos sin interés.

Hace varios días que se siente extraña. El presentimiento de que algo va a pasar viene acompañado por terribles pensamientos que invaden su cabeza cada momento del día. La sensación de vacío que siente en el pecho tampoco la ayuda a sentirse más tranquila.

Sus ojos recorren el oscuro salón, apenas iluminado por los rayos de sol que se cuelan entre las rendijas de las persianas, provocando una iluminación tenue que le resulta asfixiante. El sonido de las risas de los niños jugando en un parque cercano no consigue mejorar esa sensación, sino que la incrementa, recordándole su soledad y volviendo el ambiente pesado.

Vuelve a suspirar y se levanta de la silla, estirándose y haciendo sonar sus articulaciones, que reclaman aliviadas por el cambio de postura. Pero la sensación de ahogo no desaparece, como tampoco su malestar.

Decide abrir una de las ventanas, pensando que un poco de aire fresco podría ayudar. Al notar que no es suficiente, sube la persiana y asoma la cabeza para observar mejor el paisaje.

Hay personas paseando por la tranquila calle y niños jugando a la pelota. Todos parecen disfrutar del buen clima primaveral que los acompaña desde hace unos días. Ninguno de ellos parece tener preocupaciones ni inquietudes.

Sin poder evitarlo, siente envidia.

Ella no puede sentir el calor del sol bañando su piel, ni el dulce aroma de los rosales bajo su ventana, ni siquiera la sensación de la brisa fresca que mece las hojas nuevas de las ramas de los árboles.

Ya no siente nada. Nada agradable al menos.

Cierra la ventana de un fuerte golpe desde el que intenta expulsar toda su rabia y frustración, pero es en vano, los sentimientos negativos siguen revolviendo su interior como un huracán.

Un repentino e iluso pensamiento le dice que tal vez todo su malestar se deba al hambre. Últimamente no ha tenido apetito, por lo que no se ha estado alimentando de la manera adecuada.

Decidida, se dirige hacia la cocina, pero al atravesar el pasillo no puede evitar detenerse en medio de este y observarlo. Al igual que el salón, también está levemente iluminado, aunque eso no evita que se estremezca.

La puerta del baño, al fondo del pasillo, está abierta y puede ver su interior casi por completo. Rápidamente, sus ojos buscan su reflejo en el espejo, al que observa con detenimiento.

Sin tener el control de su cuerpo, sus pies avanzan por el pasillo a pequeños pasos, sin apartar en ningún momento la mirada de su reflejo, hasta llegar al umbral de la puerta del baño, donde se detiene.

Lo que ve ya no le sorprende, aunque sí que le sigue perturbando, porque la persona que le devuelve la mirada a través del espejo es una desconocida. Es el mismo rostro de siempre, los mismos ojos castaños, los mismos labios finos, los mismos tres lunares adornando su mejilla derecha, pero no se reconoce. Y le resulta terriblemente desconcertante.

El reflejo tiene un semblante tranquilo, demasiado sereno para el torbellino incontrolable que siente en su interior.

Está impasible.

Muerto.

Tan muerto como los ojos de aquella cosa que se apareció ante ella días atrás.

El sonido de un cascabel retumba en su cabeza cuando ese recuerdo vuelve a su mente. Un escalofrío le recorre la columna y la deja paralizada en el sitio, mientras nota la atmosfera cambiar a su alrededor.

Tras un parpadeo, todo a su alrededor se queda a oscuras, todo excepto el espejo, que emana una extraña y desconcertante luminiscencia.

Un cascabel suena tras ella, esta vez de verdad, haciendo que se dé cuenta de que ha vuelto a aquel sitio, ese que conoce, pero que no se le hace familiar.

El frío le cala hasta los huesos cuando un aterrador sonido se acerca a ella por la espalda. A través del espejo ve algo que se arrastra hacia ella de manera irregular, con gemidos agónicos que son acompañados por el cascabel, como si esa persona estuviese sufriendo de una manera indescriptible.

Su sangre se congela. De nuevo, siente el aliento frío de alguien sobre su nuca y en el espejo, siendo una copia de su propio reflejo, el espectro vuelve a presentarse ante ella.

Aterrada, comprueba con consternación que ahora son más parecidas que en su anterior encuentro. Ambas tienen los mismos ojos, muertos y vacíos. La piel grisácea y putrefacta del espectro ha desaparecido, volviéndose tan pálida como la de un cadáver, mientras que la suya ha perdido color, viéndose exactamente igual a la de ella.

Ve al espectro sonreír a través del espejo. Una escalofriante sonrisa macabra que hace que se le erice la piel. El sudor frío le recorre la frente y un grito parece querer escapar de su garganta, pero parece que su voz la ha abandonado.

La pálida mano del espectro se alza, haciendo sonar el cascabel otra vez. Se acerca a su pecho y la posa en el lado izquierdo. Su tacto sigue siendo frío, pero ya no es áspero.

La mano vuelve a cerrarse en torno a su corazón, clavándole las uñas en la piel, solo que esta vez no siente dolor. La sangre se derrama de nuevo por su pecho. Una sangre oscura, casi negra. Una sangre poco humana.




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