Cascabel

Cascabel parte 3

Las sombras oscuras debajo de sus ojos son el indicio de que lleva varios días sin dormir. En concreto, desde la última visita de esa cosa. Cada vez que lo intenta, su espeluznante sonrisa se aparece ante ella, haciéndola temblar de miedo.

La presión de su pecho también se ha vuelto más intensa desde ese día. Respirar es una tarea que requiere de toda su atención, pues sus pulmones no parecen querer llenarse de aire y se ahoga ante el más mínimo esfuerzo.

Siente que todo lo que era, todo lo que sentía, se ha desvanecido desde la llegada a su vida de ese espectro que la atormenta. Ya no come, pues la comida ha perdido su sabor y todo le sabe insípido. Además, su estómago rechaza todo tipo de alimento, como si su cuerpo ya no lo tolerase.

Pero sin ninguna duda, lo peor de la situación es su incapacidad para abandonar el cuarto de baño. Está pendiente de manera constante del espejo, mirándolo fijamente con temor, pero incapaz de apartar su mirada de él.

En la mano agarra con firmeza el colgante del cascabel, no sabe si en un intento de impedir que suene, o con la esperanza de apretarlo lo bastante fuerte como para aplastarlo y recuperar su vida normal.

Por primera vez en días, aparta los ojos del espejo y los dirige hacia su mano. Ese simple movimiento hace que le escuezan, pues se le han quedado secos después de tanto tiempo mirando a un punto fijo. Mover los agarrotados dedos para abrir la mano también se le hace una tarea imposible, pero no deja en su intento hasta conseguirlo.

El cascabel brilla cuando la luz de la lámpara le da directamente. Ella lo observa con odio, ¿cómo puede una cosa tan pequeña e insignificante ser el culpable de todo su sufrimiento? Todo empezó cuando oyó por primera vez el sonido del cascabel. Ese lugar que se le hace conocido pero no sabe por qué, la aparición del espectro, la sensación de vacío en su pecho, el cambio en su piel, que se ha vuelto más pálida y áspera…

Un espeluznante risa resuena en la estancia. Dando un brinco, sus ojos vuelven a posarse en el espejo, desde donde ella la está observando. Intenta retroceder del susto, pero lo único que consigue darse un buen golpe en la cabeza contra la pared. El espectro continúa riéndose de ella.

Eso solo consigue transformar su miedo en furia. Se levanta de un salto y avanza rápido hasta alcanzar el espejo, pero antes de que pueda fulminarla con la mirada, se detiene, perturbada por lo que ve.

El espectro tiene más aspecto humano que las otras veces. Y se parece aterradoramente a ella, casi como si fuesen gemelas. Cierra los ojos y se los frota con fuerza, creyendo que la falta de sueño le está provocando visiones.

“Solo es tu reflejo. Solo es tu reflejo” piensa antes de volver a mirar y comprobar que, desgraciadamente, no es un reflejo. El espectro sigue ahí, mirándola con burla, con un aspecto igual al suyo.

Se gira, dándole la espalda al espejo, para comprobar que no hay nadie más en el baño. Y es así, esta sola, por lo que vuelve a girarse para enfrentarse a ella, pero ha desaparecido.

Un escalofrío sube por su espalda y le eriza la piel de la nuca. En el espejo no hay nada. Está vacío, como si no hubiese nadie parado justo en frente de él. Como si ella fuese invisible. Como si ya no tuviese reflejo.

Harta de que juegue con ella de esa manera, a su cabeza acude la idea de tirar el cascabel al suelo y pisarlo hasta que quede destrozado, y así impedir que su sonido vuelva a molestarla.

Levanta el brazo cuya mano aprieta con fuerza el cascabel. Lleva tanto tiempo sujetándolo en la mano que ya ni nota su débil latido, ni su frío tacto. Reúne todas las fuerzas que le quedan en el cuerpo, decidida a deshacerse de él.

Unos pasos a su espalda la ponen en alerta, interrumpiéndola. Alguien se acerca por el pasillo a un ritmo sosegado y solemne.

Las luces del baño se apagan durante un segundo y antes de que vuelvan a encenderse, presiente que ha vuelto a ser llevada a ese lugar. Pero algo es diferente esta vez, aunque no sabe el qué.

El ambiente es incluso más helado que las últimas veces. La extraña luminiscencia que emana del espejo no es reconfortante. Y lo más extraño de todo, el espectro no está con ella, atormentándola como lo ha hecho desde su primer encuentro.

Mira a través del espejo y no puede evitar soltar un grito ahogado. Ve su casa, completamente iluminada, cálida y acogedora. Unas insoportables ganas de volver allí la inundan e intenta desesperada comprobar si puede cruzar el espejo, pero su brazo se detiene antes incluso de tocar el cristal.

Se mira la mano, horrorizada. Es gris, áspera y tiene aspecto putrefacto.

Está a punto de ponerse a gritar cuando ve a alguien entrando al baño, sorprendiéndose al ver que es ella misma, pero, al mismo tiempo, no lo es.

La mujer que se está haciendo pasar por ella mira fijamente al espejo y dibuja una macabra sonrisa en su rostro. Abre el grifo y deja que el agua caliente salga hasta que cubre todo el cristal de vaho.

Es entonces cuando escribe tres palabras:

“¿Lo recuerdas ahora?”

Se miran a los ojos a través del espejo. A su memoria acuden recuerdos ya olvidados de hace mucho tiempo: un trato sellado con sangre; una maldición que la persigue desde hace mucho tiempo; una cuenta que saldar.




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