Cascarones vacíos

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Hace mucho tiempo me contaron que el lugar donde vivía alguna vez había sido mar. Aunque desde la razón me costaba creer que aquel manto de agua hubiera llegado hasta aquí y ahora estuviera tan lejos, no me parecía una idea del todo absurda: el aire arenoso y fresco que el mar emana aún podía respirarse incluso en esta zona boscosa; podía vislumbrar el cielo del océano como cuando te acercas a la orilla y observas el horizonte.

Eso me daba cierta nostalgia y dolor. Entonces, derramé una lágrima confusa; era como si supiera por qué lloraba, pero a su vez no podía verlo con claridad. Quizá cuando lo vi —cuando pasé por aquel edificio viejo con miles de libros en su interior y después observé los estragos de la guerra— me pregunté: ¿Valió la pena? Incluso cuando la humanidad ha perdido tanto, me replanteo el término "humano". La gente sigue siendo banal y, sin otra alternativa, vuelvo a tener razón sobre aquello que quería y no: sobre la comodidad que ignora el dolor de otros. Sin importar cuánto lo intenten, aquellos que crecieron en los mantos de la calidez y facilidad de la vida jamás entenderán cuánto dolor y sufrimiento puede almacenar un corazón.

Solo buscarán excusas para entenderlo ante la escasa muestra de disposición; solo lo harán porque es un deber, un deber que en sí mismo es obligado por la cultura de la empatía, por la modernidad pasivo-agresiva que nos rodea y devora ávidamente, que nos hace recordar estar en llamas y, aun así, ignorar el sufrimiento ajeno.

Mientras murmuran palabras llanas y pesadas, miles de vidas son sacrificadas por propósitos igual de simples que los juguetes de un niño, que las cuerdas desgastadas de un violín que tocan amargura y zozobra falsa, sin saber que las verdaderas llamaradas se ciernen sobre aquellos quienes se entregan a la muerte por ellos; por esos quienes cometen ultrajes sin remordimiento, quienes solo viven vidas cómodas a costa del nacimiento y resiliencia de otros.

Pero quiénes son ellos para ser culpables y quiénes somos nosotros para culparlos; no eligieron nacer así y no elegimos nacer así. Tal cosa solo nos demuestra la verdadera naturaleza humana: nada es bueno ni nada es malo, es el molde que edifica a cada sujeto el que lo hace determinarse como tal. Y es que la bondad natural es rara. Incluso un niño, si no se le menciona que golpear es incorrecto, nunca lo entenderá y crecerá haciéndolo; cualquier pizca o rastro de empatía será eliminada, porque para él dicha empatía será el permitirte pisar su mismo suelo.

Ante los horrores de la raza humana, sigue sobreponiéndose la esperanza, pero… verdaderamente, ¿hay fe humana?, ¿hay esperanza humana? O solo es la incipiente necesidad de sentir que realizan el bien, que merecen el cielo y la tierra; que su camino a seguir es solo la comodidad de su egoísmo encarnado. Vacíos como cascarones viejos, son incapaces de comprender la vida y el dolor, incapaces de pensar y reflexionar… incapaces de ver la oscuridad y atreverse a luchar en ella.



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En el texto hay: sociedad, sociedad doble moral, crudeza

Editado: 04.01.2026

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