(Noa)
En esta ciudad todo parece repetirse. Las veredas con grietas que ya nadie esquiva, el viento que levanta polvo a la tarde como si estuviera danzando, los colectivos que pasan cuando quieren.
Durante meses caminé por los mismos lugares con una sensación rara, leve, como una música de fondo que no se termina de escuchar. No era que estuviera esperando a alguien. Era más bien la idea de que algo no estaba coincidiendo del todo.
Los jueves a las 19:07 voy al mismo café. No sé exactamente cuándo empezó la costumbre, pero después del ensayo necesito un lugar donde el cuerpo pueda dejar de obedecer sin que nadie lo note. El estudio está lleno de espejos, de correcciones, de respiraciones contadas. El café, en cambio, tiene una luz indecisa que no exige nada y siempre me siento junto a la ventana. No porque la vista sea especial (la calle es igual a todas: autos, gente que camina mirando el celular y luces que se encienden antes de que oscurezca del todo) sino porque desde ahí puedo fingir que estoy distraída. Si alguien me mira, puede pensar que en realidad estaba mirando afuera y yo también puedo pensarlo.
Después de bailar, el cuerpo tarda en entender que ya no tiene que sostener nada. La espalda sigue recta incluso cuando me hundo en la silla y los hombros se acomodan solos. A veces creo que aprendí a ocupar el espacio justo, el necesario. Ni un centímetro más. Es algo que se entrena, aunque nadie lo diga así.
Me saco el abrigo despacio. Tengo los dedos marcados por la cinta y un dolor mínimo en el tobillo izquierdo que no quiero reconocer.
Pido lo de siempre. Admito que hay algo tranquilizador en repetir un pedido, como si al menos una cosa en la semana fuera exacta.
Durante meses fue así. Yo, la ventana, las 19:07. La luz entrando de costado y la sensación de que estaba llegando un segundo tarde a algo que no sabía nombrar. A veces, mientras esperaba el café, me daba vuelta con la impresión absurda de que alguien iba a estar ahí, en la mesa de atrás, respirando al mismo ritmo.
Nunca había nadie.
O tal vez sí, pero no conmigo.
Después de bailar una se acostumbra a los casi. Casi sostengo el equilibrio. Casi entro en el tiempo justo. Casi perfecto. El casi se vuelve parte del cuerpo y aprendés a no frustrarte, a decir “está bien” aunque no lo esté.
Creo que trasladé eso a todo.
A veces me pregunto si en algún lugar de esta ciudad alguien repite sus días igual que yo. Si camina por las mismas calles. Si entra a los mismos lugares. Si alguna vez estuvimos a pocos metros sin saberlo. Es un pensamiento tonto, lo sé. Pero vuelve. Siempre vuelve.
Ese jueves llegué exactamente a esa hora. Ni antes ni después. El ensayo había sido más pesado de lo normal y tenía el pelo pegado a la frente. Me até lo que quedaba, aunque lo tengo corto y el gesto ya no tiene sentido. Es una costumbre.
Me senté en la mesa de siempre y la luz estaba más baja que otras veces. Pedí lo de siempre.
Y por primera vez sentí que el casi estaba a punto de romperse.
No fue algo evidente. No hubo ruido ni señal. Fue una incomodidad mínima en la piel, como cuando alguien se queda mirándote un segundo más de lo habitual.
Levanté la vista.
Él estaba al otro lado del salón, sentado en una mesa que nunca había registrado. No parecía estar haciendo nada especial. Una taza a medio terminar y una cámara apoyada sobre la mesa, como si fuera parte de su cuerpo. El pelo recogido hacia atrás, desordenado de una forma que no parecía pensada.
No apartó la mirada cuando me encontró.
No fue una mirada insistente. Fue algo peor: tranquila. Como si yo hubiera llegado exactamente a tiempo y sentí el impulso ridículo de mirar hacia atrás, hacia la calle, para asegurarme de que no estaba observando otra cosa. Pero no, era yo. Lo supe por la forma en que el silencio se volvió más denso entre nosotros.
No sonreí, no hice nada, solamente sostuve la mirada apenas un segundo más de lo necesario y después bajé los ojos hacia la mesa, como si el café fuera de repente importantísimo.
El corazón me latía más rápido de lo que debería por algo tan pequeño.
Cuando volví a levantar la vista, él seguía ahí.
Y por primera vez en meses, la sensación no era de llegar tarde.
Era de haber coincidido.
No sabía su nombre, no sabía nada de él. Solo que en esa ciudad donde todo parecía repetirse sin tocarse, algo había dejado de ser casi.