Casi Siempre

Capitulo 2- La mesa del fondo

(Bruno)

No creo en el destino.
Creo en los hábitos.

Las personas repiten trayectorias más de lo que imaginan.
Caminan por las mismas calles, entran a los mismos lugares, se sientan siempre en la misma mesa. Es fácil observar patrones cuando uno se queda quieto.

Yo me quedo quieto.

Empecé a ir a ese café hace meses porque la luz de la tarde cae de costado y dibuja sombras interesantes. Incluso, puedo decir que trabajo mejor cuando nadie me habla, cuando puedo mirar sin que parezca que estoy mirando.

La primera vez que la vi no fue especial.

Entró rápido, como si todavía estuviera contando pasos. Llevaba el pelo un poco atado y el cuerpo recto, demasiado recto para alguien que solo va a tomar café. Se sentó junto a la ventana y miró hacia afuera como si estuviera esperando algo.

Pensé que era una más.
Pero volvió el jueves siguiente.
Y el otro.
19:07.
Siempre.

La puntualidad es una forma de disciplina y la disciplina deja marcas en el cuerpo. En la manera de sentarse. En cómo sostiene la taza. En cómo se permite relajarse (apenas) cuando cree que nadie la observa.

Ella siempre mira hacia la calle, pero no ve la calle. Ve algo más lejos.

Tardé varias semanas en darme cuenta de que en realidad no mira, se esconde y eso me hizo querer observarla más.

No de una forma obsesiva, no como esas historias que exageran y que son cliche. Fue algo más técnico al principio. La forma en que la luz se queda en su clavícula, la tensión mínima en su tobillo izquierdo y el gesto automático de acomodarse el pelo aunque no lo tenga largo.

Pequeños detalles.

Nunca saqué la cámara, no quise convertirla en imagen todavia.
Me acostumbré a que estuviera ahí. A medir el tiempo entre su llegada y el primer sorbo de café. A la manera en que su respiración cambia cuando finalmente deja de sostener la espalda.

Era un hábito más.
Hasta ese jueves.
Llegó exactamente a esa hora. Pero algo era distinto.

Estaba más cansada o más vulnerable. Y se perfectamente, que hay días en que el cuerpo no logra ocultarlo. Pero, no sé qué me hizo sostener la mirada cuando levantó la vista. Tal vez estaba cansado de que fuera unilateral, tal vez quería comprobar si yo también era parte de su patrón.
Cuando nuestros ojos se cruzaron, no hubo sorpresa.

Eso fue lo que me descolocó. Fue reconocimiento.
Como si ella hubiera estado esperando que alguien finalmente la mirara de verdad.
No aparté la mirada.
Esperé.
Ella la sostuvo apenas un segundo más de lo prudente y después bajó los ojos. Pero no fue indiferencia, fue impacto y sentí algo incómodo en el pecho. Una interrupción.

Los hábitos son seguros porque no exigen nada.
Las coincidencias sí.
Tomé la taza aunque ya estaba fría y fingí normalidad. Pero el espacio entre nosotros se había vuelto demasiado evidente.

Y entendí algo que no me gustó.
Ya no podía seguir viniendo solo por la luz.




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