(Noa)
A la semana siguiente, llegué a las 19:07.
No miré la hora a propósito, pero la miré.
El ensayo había sido más liviano, o tal vez era yo.
Me dolía menos el tobillo y más la cabeza, no había dejado de pensar en la mirada del jueves anterior.
No fue larga, no fue intensa, pero fue suficiente.
Entré al café con una seguridad que no reconocí como mía y busqué la mesa del fondo antes de sentarme.
Vacía.
No sentí decepción inmediata, sentí algo más torpe. Como cuando das un paso esperando que haya escalón y no lo hay. Me senté igual, junto a la ventana y pedí lo de siempre. Miré hacia la calle y ya no era lo mismo, ahora sabía que alguien podía estar mirándome y que yo podía mirar de vuelta.
Eso cambia todo.
Intenté convencerme de que era absurdo, no sabía su nombre, no sabía si venía todos los jueves o si solo había sido casualidad. No sabía nada y sin embargo, la silla vacía parecía demasiado evidente.
El café llegó, sostuve la taza un segundo antes de probarla y pensé en no volver a mirar hacia el fondo del salón. Pensé en lo ridículo que era esperar algo de alguien que ni siquiera me había hablado.
Miré igual.
Y seguía como antes.
Tal vez nunca estuvo esperando coincidir.
Tal vez solo era yo proyectando.
La ciudad siguió como siempre. Autos. Luces. Gente caminando rápido y nadie parecía haber notado que algo faltaba.
Yo sí, y me molestó más de lo que debería.
No era él exactamente lo que faltaba, era la posibilidad.
Terminé el café más rápido que otras veces y no tenía sentido quedarme. No había nada que sostener con la mirada.
Al levantarme, por primera vez en meses, sentí que estaba llegando tarde.