Casi Siempre

Capitulo 5- Encuentro

(Noa)

Volví el jueves siguiente a las 19:07.
Y el otro.
Y el otro.

Me senté en la mesa de siempre. Pedí lo de siempre. Miré hacia la calle como si nada hubiera cambiado.

No estaba.

Al principio lo noté. Después dejé de hacerlo.

La ciudad es grande. Las coincidencias no son promesas, y lo supe apenas salí del café aquella noche: fue un cruce mínimo, una mirada sostenida más de lo habitual. Nada más. Una persona más.

No tenía sentido convertir eso en algo distinto.

Seguí yendo los jueves. Seguí bailando. Seguí contando respiraciones, corrigiendo la postura, ajustando el equilibrio hasta que el cuerpo dejara de temblar.

Hice mi vida durante dos semanas y entendí que, si alguna vez coincidíamos, sería eso: coincidencia.

Y si no, tampoco cambia nada.

Me acostumbré otra vez al casi.

Hasta que dejó de ser suficiente.

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Un viernes, salimos de la facultad cuando el cielo ya empezaba a oscurecer. Clara hablaba sin pausa sobre el taller mientras yo calculaba mentalmente cuánto me faltaba para terminar la maqueta.

—No entiendo cómo pueden pedirnos otra corrección —dijo, moviendo las manos como si todavía estuviera discutiendo con el profesor—. Es la tercera.

—Es arquitectura —respondí—. Siempre hay algo que ajustar.

—Siempre hay algo que ajustar —repitió, imitándome—. Sos insoportable cuando te ponés así.

Sonreí apenas.

—Entrego la semana que viene. Si no adelanto hoy, mañana voy a estar peor.

Clara se frenó de golpe frente al café.

—Mirá.

En el vidrio habían pegado una cartelera nueva: Viernes — Música en vivo.

—Hoy —dijo, mirándome con entusiasmo.

Seguí caminando un paso más antes de detenerme.

—Clara…

—Noa, necesitás distraerte un poco.

—No lo necesito.

—Sí, lo necesitás. Estás acumulando demasiadas cosas.

No respondí enseguida. Tenía razón y me molestaba que la tuviera.

—Solo una hora —insistió—. Entramos, escuchamos dos canciones y nos vamos. Después podés volver a tus planos, a tus columnas, a tus líneas perfectamente medidas.

La miré.

—No son perfectamente medidas.

—Peor todavía.

Suspiré.

—Una hora.

Clara sonrió como si hubiera ganado algo importante y empujó la puerta.

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Adentro era otro lugar.

Las mesas estaban corridas, las luces más bajas, la gente agrupándose frente a un pequeño escenario improvisado al fondo. El murmullo tenía otra densidad, otra energía.

Avanzamos entre las personas hasta quedar cerca de la barra.

No estaba buscando nada.

Pero él estaba ahí.

Del otro lado del salón, cámara en mano, moviéndose con naturalidad entre los grupos. No parecía alguien que mirara por costumbre. Parecía alguien que elegía dónde mirar.

No fue él quien me vio primero.

Fue el lente.

Lo levantó para encuadrar a la gente acumulándose frente al escenario. Ajustó enfoque. Se movió apenas hacia la izquierda.

Y me encontró.

Lo sentí antes de confirmarlo. Levanté la vista casi por reflejo.

Clara me soltó el brazo cuando alguien la llamó desde la barra.

—Voy a buscar algo antes de que no podamos movernos —gritó.
Asentí, distraída.

La música empezó y la gente levantó los vasos casi al mismo tiempo.
No lo vi venir.

Sentí el golpe en el antebrazo y después la humedad fría filtrándose por el borde de la carpeta que llevaba apretada contra el pecho.
Miré hacia abajo.
Una mancha oscura comenzaba a expandirse sobre los planos y sobre mi remera blanca.
Durante un segundo no pensé. Solo cómo el líquido avanzaba por las líneas que me habían llevado semanas trazar.

Instintivamente ajusté la carpeta contra el pecho, cubriendo la tela manchada, como si eso pudiera borrar lo que ya estaba hecho.

—Perdón, perdón —dijo alguien desde atrás, sin detenerse demasiado.

No respondí.
Sostuve la carpeta más firme, como si eso bastara para recuperar algo de control.

—Dame.

La voz fue calma. Cerca.
Levanté la vista.
Era él.
Tomó la carpeta con cuidado, inclinándola apenas para que el líquido no siguiera avanzando hacia el centro del dibujo.

—Todavía no llegó a lo importante —dijo, evaluando el papel como si fuera un encuadre.

Sacó un pañuelo del bolsillo y lo apoyó con precisión sobre el borde húmedo, sin arrastrar.

Sus ojos bajaron un segundo, lo suficiente para notar la mancha de mi remera y no dijo nada.

Yo solo lo miré.
No estaba dramatizando. No parecía apurado.
Estaba resolviendo.

La música seguía sonando detrás de nosotros, pero el espacio se había reducido a ese gesto mínimo y concentrado.

—Gracias —dije.
Asintió.

La gente terminó de acomodarse. La música subió un poco más. Se quedó un segundo, sin urgencia.

—Se llenó más de lo que esperaba —dijo, mientras me devolvia la carpeta con cuidado.

—Sí, los viernes no suelo venir.

—Eso explica varias cosas —dijo, bajando la vista hacia los planos.

—¿Y vos? —pregunté—. ¿Siempre trabajás los viernes?

Levantó la cámara en respuesta.

—Solo cuando hay algo que vale la pena mirar.

La música subió y desde el escenario alguien lo llamó.

Antes de irse, agregó:

—Pensé que ya no venías.

Lo miré directo.

—Vos tampoco.

No fue reproche. Fue constatación.

Sostuvimos la mirada un segundo más de lo necesario.

Después volvió a mezclarse entre la gente.

Clara apareció a mi lado con una sonrisa evidente.

—Era el chico de los jueves, ¿no?

Tomé aire con calma.

—Sí.

La música vibraba en el piso. La gente se movía. El café parecía distinto a cualquier otro día.

Creo que ya no es coincidencia.

O tal vez nunca lo fue.




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