(Noa)
El despertador sonó a las 7:12.
No era temprano, pero igual me quedé mirando el techo como si necesitara confirmar algo antes de levantarme.
Era jueves.
Nada especial.
Nada distinto.
Me repetí eso mientras me vestía, mientras me ataba el pelo, mientras guardaba la carpeta en la mochila con más cuidado del necesario.
En la cocina, Clara ya estaba hablando.
—Te juro que si el profesor vuelve a decir que “falta intención” en la maqueta, voy a perder la cabeza.
Me serví café.
—No podés decirle eso.
—¿Y qué querés que haga? ¿Que le ponga un cartel que diga INTENCIÓN en mayúsculas?
Sonreí apenas.
—Podría funcionar.
Salimos juntas. El aire estaba frío, pero no tanto como para molestar.
Clara habló durante varias cuadras. Sobre la facultad. Sobre el ensayo. Sobre un chico del taller que “no entiende indirectas”.
Yo respondía en automático.
—¿Me estás escuchando? —preguntó de repente.
—Sí.
—¿Qué dije recién?
Silencio.
—Que el profesor exagera.
Clara me miró de costado.
—Mentira.
Suspiré.
—Estoy escuchando.
—Noa.
—¿Qué?
—Estás rara.
Negué rápido.
—No.
—Es jueves.
La miré mal.
—¿Y?
Sonrió apenas.
—Nada.
No dijo más.
----------------------
En la facultad intenté concentrarme.
Correcciones. Planos. Una discusión absurda sobre proporciones.
Dibujé líneas que no sentía. Asentí cuando el profesor hablaba. Tomé apuntes que después no iba a releer.
A las seis guardé todo y me fui directo a mi academia de ballet.
El estudio olía a madera y transpiración vieja. La música empezó y, por una hora, dejé de pensar.
El cuerpo siempre entiende cosas que la cabeza complica.
Cuando terminó la clase, me até el buzo a la cintura y salí.
Miré la hora.
18:59.
Podía llegar tranquila.
Como siempre.
Caminé dos cuadras directo al café.
Después desaceleré.
No quería parecer apurada. No quería parecer que estaba contando los minutos.
Di una vuelta innecesaria alrededor de la manzana. Pasé por la misma vidriera dos veces. Miré el celular sin necesidad.
19:07.
Perfecto.
Aun así, tardé unos segundos más antes de doblar la esquina.
Cuando el café apareció al fondo de la calle, sentí un pequeño ajuste en el pecho.
Entré primero.
Su mesa estaba ocupada.
Algo mínimo se movió en mi estómago. Lo ignoré.
Me senté en la mía. Pedí lo de siempre. Saqué la carpeta.
No estaba nerviosa.
Hasta que escuché:
—Hola.
Levanté la vista.
Era él. Más despeinado que la última vez. La cámara colgándole del hombro como si fuera parte de su cuerpo.
Señaló la silla frente a mí.
—¿Te molesta si me siento? Mi mesa está ocupada y no quiero compartir con desconocidos hoy.
Lo miré un segundo.
—Técnicamente yo también soy una desconocida.
Sonrió.
—Sos una desconocida recurrente. Es distinto.
Suspiré leve.
—Sentate.
Dejó la cámara sobre la mesa.
—Siempre venís los jueves —dijo.
—Sí.
—¿Por?
—Después de ballet me gusta venir. Me ordena la cabeza.
—Arquitectura y ballet.
Miró la carpeta.
—Eso explica varias cosas.
—¿Como cuáles?
—Que mires todo como si tuviera proporciones.
—¿Y eso es malo?
—No. Es interesante.
—Soy Bruno, por cierto.
—Noa.
Nos dimos la mano y nos reímos al instante.
—Muy formal para dos personas que se cruzan hace semanas —dijo.
—Un poco.
Se hizo un silencio corto.
Bruno tomó la cámara.
—Estoy teniendo un problema con el enfoque —murmuró—. La luz de acá cambia todo el tiempo.
Apuntó hacia el fondo del café.
Click.
Ajustó el anillo del lente.
Lo miré.
—Muy informal para alguien que saca fotos sin avisar.
Alzó una ceja.
—¿Sin avisar?
El lente se movió apenas.
Hacia mí.
—¿No me estarás fotografiando a mí?
Bajó la cámara enseguida.
—No.
—Bruno.
—Te juro que estaba probando el lente.
Lo observé unos segundos más.
—Ajá.
Sonrió.
—Si te saco una foto, te aviso.
No estaba segura de si eso me tranquilizaba o no.
Seguimos hablando.
Sobre la fotografía. Sobre que no le gustan las fotos perfectamente posadas. Sobre que prefiere capturar el segundo antes de que alguien sonría.
Yo le conté cosas mínimas. Sobre la facultad. Sobre que arquitectura a veces es dibujar líneas sin saber si realmente querés construir eso.
En algún momento me reí. En algún momento él también.
Cuando bajé la vista hacia el celular, la pantalla marcaba 20:08.
Fruncí el ceño.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Es tardísimo.
—No me di cuenta.
—Yo tampoco.
El estómago me cayó apenas.
—Tengo que irme.
—¿Muy lejos?
—Unas cuadras.
Se levantó casi al mismo tiempo.
—Te acompaño.
Dudé.
—¿Seguro? No te quiero molestar.
—Estoy seguro.
Lo dijo sin dudar.
—Además, todavía no terminé de entenderte.
Suspiré.
—Eso nunca va a pasar.
—Me gustan los desafíos.
Lo miré un segundo más.
Después asentí.
—Bueno.
Salimos.
La noche estaba más fría que antes.
Caminamos en silencio unos metros.
—Así que… ¿Vivís con tus papás? —preguntó.
—No. Vivo con Clara, mi mejor amiga.
—Ah. Eso explica que tengas cara de que alguien te habla todo el tiempo.
Solté una risa.
—Es exactamente eso.
—¿Y siempre salís de danza tan concentrada?
—No es danza.
—¿No?
—Es ballet.
—¿Hay diferencia?
—Bastante.
—Iluminame.
Suspiré.
—La danza puede ser cualquier cosa. Movimiento libre, contemporáneo, lo que sea. El ballet es estructura. Técnica. En ballet no podés dudar. Si dudás, te caés. Repetís hasta que el cuerpo entiende sin pensar.