(Noa)
Pasaron varios días desde la última vez que vi a Bruno.
No volvimos a escribirnos.
Ni un mensaje.
Ni un “hola”.
Nada.
Al principio pensé que era lo normal. Después de todo, no habíamos quedado en nada. Ni siquiera sabría decir exactamente qué había pasado esa noche frente a mi edificio. Habíamos hablado, sí. Habíamos caminado. Habíamos reído un poco.
Pero también había quedado esa sensación extraña, como si algo se hubiera abierto entre nosotros y ninguno de los dos hubiera sabido muy bien qué hacer con eso.
Intenté no pensar demasiado en el tema.
Intenté concentrarme en la facultad, en los trabajos, en el ballet.
No funcionó demasiado bien.
A veces, en medio de clase, me encontraba recordando la forma en que Bruno había sonreído cuando le dije que el café no quedaba realmente en mi camino. O la manera en que había dicho que llegaría a las 19:07, como si ese detalle fuera importante.
Ridículo.
Sacudí la cabeza y cerré el cuaderno.
—Estás en otro planeta.
Levanté la vista. Clara estaba apoyada contra la mesa mirándome con una media sonrisa.
—No —dije automáticamente.
—Sí.
Se sentó frente a mí y me observó unos segundos.
—¿Seguís pensando en él?
Sentí el calor subir por mi cuello.
—No estoy pensando en nadie.
Clara levantó una ceja.
—Ajá.
Guardé las cosas en la mochila.
—Hoy tengo que ver a mi mamá —dije, cambiando de tema.
La expresión de Clara cambió un poco.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Está todo bien?
Me encogí de hombros.
—Supongo.
Clara no pareció convencida.
—Cuando decís supongo nunca está todo bien.
No respondí.
Porque, en realidad, sabía por qué mi mamá quería verme.
Últimamente cada conversación con ella terminaba en el mismo lugar:
mi futuro.
Arquitectura.
Ballet.
Decisiones.
Clara suspiró.
—Bueno —dijo—. Si vuelve a sacar el tema de “tenés que elegir”, acordate de que todavía tenés tiempo.
—Para ella no.
Clara hizo una mueca.
—Las madres creen que todo es urgente.
—La mía especialmente.
Nos quedamos en silencio un segundo.
Después Clara apoyó el codo sobre la mesa.
—¿Le vas a contar lo de Bruno?
Solté una pequeña risa.
—Ni en pedo.
—Bien.
—Además —agregué— tampoco es que haya algo que contar.
Clara me miró con esa expresión que decía no te creo ni un poco.
—Claro —dijo.
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Mi mamá había elegido un café distinto esta vez.
No el de siempre.
No el que estaba cerca de su trabajo ni el que conocía de memoria.
Este estaba en una esquina más tranquila, con mesas pequeñas.
Cuando llegué, ella ya estaba sentada.
Revisaba algo en el teléfono.
—Hola —dije.
Levantó la vista y guardó el celular.
—Hola.
Nos saludamos rápido y me senté frente a ella.
—¿Te costó encontrarlo? —preguntó.
—Un poco.
—Quería cambiar un poco de lugar.
Asentí.
No dije que eso me ponía ligeramente incómoda.
Mi mamá pidió un café apenas llegó el mozo. Yo pedí lo mismo.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Ella me observó con atención.
No era una mirada curiosa.
Era más bien una mirada evaluadora.
—Estás distraída.
Negué con la cabeza demasiado rápido.
—No.
—Noa.
Suspiré.
—Solo estoy cansada.
Ella asintió lentamente, pero su expresión decía que no estaba convencida.
Cuando llegó el café, revolvió el azúcar con calma antes de hablar otra vez.
—¿Cómo va la facultad?
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
Se quedó mirándome.
—Podrías elaborar un poco más.
—Estamos con las correcciones finales del proyecto.
—¿Y el ballet?
La forma en que lo dijo fue casi casual, pero igual me tensé un poco.
—También bien.
—¿Cuántas veces por semana estás yendo ahora?
—Tres.
Mi mamá levantó apenas las cejas.
—Es bastante.
—Es lo normal.
Dio un sorbo a su café.
—Noa, el ballet está bien como hobby, pero no podés dedicarle tanto tiempo si querés que la carrera avance.
—No es un hobby.
Lo dije antes de poder pensarlo demasiado.
Ella dejó la taza en el plato con un pequeño ruido seco.
—Entonces decime cómo pensás vivir de eso.
No respondí enseguida.
Porque no tenía una respuesta simple.
—Me gusta —dije finalmente.
Mi mamá suspiró, como si ya hubiera escuchado esa frase demasiadas veces.
—A todos nos gusta algo. Eso no significa que podamos vivir de eso.
Miré la mesa.
—Además —continuó—, ya estás en tercer año de arquitectura. No es poca cosa.
Hubo un silencio breve.
Después añadió:
—El otro día hablé con Laura.
Levanté la vista.
—¿Laura?
—Sí. ¿Te acordás de su hija?
Algo en mi estómago se tensó.
—Más o menos.
—Bueno, terminó la carrera antes de tiempo. Y ya está trabajando en un estudio bastante importante.
Asentí, aunque no sabía exactamente qué esperaba que dijera.
—Tiene tu edad —agregó mi mamá.
Ahí estaba.
La comparación.
—Qué bien por ella.
—A lo que voy —dijo mi mamá— es que el tiempo pasa rápido. Y llega un momento en que hay que decidir.
Sentí la presión en el pecho antes de que terminara la frase.
—No podés hacer todo al mismo tiempo, Noa.
Jugué con la cucharita sobre la mesa.
—Tal vez sí.
Ella negó con la cabeza con una pequeña sonrisa cansada.
—No quiero que te equivoques.
La miré.
—¿Equivocarme?
—Sí.
Su mirada se suavizó apenas.
—Yo sé de lo que hablo.
Hizo una pausa.
—No quiero que te pase lo mismo que a mí.
No dijo más.
Pero no hizo falta.
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