Casi Siempre

Capítulo 9- Lo que no dijimos

Noa:

El jueves llegó con una sensación extraña.

No era un día particularmente distinto a los demás, pero desde que me desperté tenía la impresión de que algo iba a pasar. Intenté ignorarlo durante toda la mañana. En la facultad, por ejemplo, traté de concentrarme en la clase como cualquier otro día.

El profesor hablaba sobre estructuras, dibujaba líneas en el pizarrón, explicaba cosas que normalmente me interesaban bastante.

Pero mi cabeza estaba en otra parte.

Tenía el celular sobre la mesa y cada tanto lo miraba, aunque sabía perfectamente que no había ninguna notificación nueva.

Clara tardó exactamente diez minutos en notarlo.

—Te juro que si volvés a mirar ese celular una vez más voy a asumir que estás esperando un mensaje de alguien interesante —murmuró, inclinándose un poco hacia mí.

—No estoy esperando nada.

—Noa.

Le devolví la mirada.

Clara tenía esa expresión tranquila que siempre aparecía cuando estaba segura de que estaba a punto de descubrir algo.

—Estás distraída desde que empezó la clase —continuó—. No escribiste ni una sola palabra en el cuaderno.

Miré la hoja frente a mí. Tenía razón.

Había dibujado tres líneas torcidas y nada más.

—Estoy cansada —dije.

Clara soltó una pequeña risa.

—Cuando estás cansada apoyás la cabeza en la mesa, no mirás el celular cada veinte segundos.

—No lo miro cada veinte segundos.

—Cada quince, entonces.

Suspiré.

—No es para tanto.

Clara apoyó el mentón en la mano.

—¿Tiene nombre?

—¿Qué cosa?

—La razón por la que estás así.

No respondí.

Clara entrecerró los ojos.

—Ah, tiene nombre.

—No dije eso.

—No hace falta que lo digas.

Bajé la voz.

—Tal vez voy a verlo hoy.

Clara se enderezó inmediatamente en la silla.

—¿Bruno?

—Sí.

La sonrisa que apareció en su cara fue casi automática.

—Sabía que algo estaba pasando.

—No está pasando nada.

—Claro que sí.

—Clara.

—¿Qué?

—No es una cita.

—Nadie dijo que lo fuera.

—Tu cara lo dijo.

Clara se encogió de hombros.

—Solo me parece interesante que dos personas que claramente tienen algo de química decidan encontrarse otra vez.

—No sabemos si tenemos química.

—Noa.

—¿Qué?

—Lo sabe hasta el mozo del café.

No pude evitar reírme.

—Solo vamos a hablar un rato.

—Eso empieza siempre así.

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Cuando salí de la facultad fui directo al estudio de ballet.

Los jueves siempre eran así.

Durante años había sido mi pequeña rutina: facultad por la tarde, ballet al atardecer. Era uno de los pocos espacios donde sentía que todo se acomodaba un poco en mi cabeza.

Cuando entré al estudio el olor a madera y resina me resultó familiar.

Durante la clase no pensé demasiado en nada más. La música llenaba el salón, los movimientos, las correcciones de la profesora.

Por un rato todo era simple.

Pero cuando la clase terminó y salí a la calle, la sensación volvió.

Miré el reloj.

Todavía tenía tiempo de pasar por casa antes de ir al café.

Cuando entré a mi cuarto abrí el placard con la idea de cambiarme rápido.

No fue tan rápido.

Saqué una remera.

La dejé sobre la cama.

Después otra.

Después otra más.

A los diez minutos había cambiado de ropa tres veces.

Me quedé frente al espejo.

—Es un café —murmuré.

Nada más que eso.

No una cita.

Solo un café.

Intenté convencerme de que era verdad.

Me até el pelo.

Después lo solté.

Después lo até otra vez.

Suspiré.

Tomé el bolso y salí antes de seguir discutiendo conmigo misma.

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Bruno:

Llegué al café un poco antes de las siete.

No demasiado antes, pero lo suficiente como para darme cuenta de que estaba mirando la puerta más seguido de lo que debería.

Me senté en la mesa junto a la ventana.

Habíamos quedado a las 19:07.

Miré el reloj.

19:03.

Durante un momento pensé que tal vez no vendría.

Entonces la puerta se abrió.

Levanté la vista.

Y ahí estaba.

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Noa:

Lo vi apenas entré.

Estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia la puerta como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió.

Sentí una pequeña presión en el pecho.

Caminé hacia la mesa.

—Llegaste temprano.

Bruno miró su reloj con calma.

—Un poco.

—¿Un poco cuánto?

—Lo suficiente como para pensar que tal vez no vendrías.

—Eso es bastante dramático.

—Prefiero decir realista.

Me senté frente a él.

—No soy tan impredecible.

—No lo sé todavía.

—Nos conocemos hace… ¿cuánto?

—Lo suficiente como para saber que te gusta el café de acá.

—Y vos también venís bastante seguido.

—Últimamente más.

—Qué coincidencia.

Bruno sonrió apenas.

—Las coincidencias a veces son útiles.

La camarera se acercó y pedimos café.

Cuando se fue, el silencio entre nosotros duró apenas unos segundos.

—Clara ya sabe que estoy acá —dije, revolviendo el café.

Bruno levantó la vista.

—¿Y qué opina?

—Que esto es una cita.

Bruno apoyó la espalda en la silla, divertido.

—¿Y vos qué opinás?

—Que es un café.

—Interesante diferencia.

—¿Vos qué dirías?

Bruno apoyó el codo en la mesa.

—Diría que somos dos personas que decidieron volver a verse.

—Eso no responde la pregunta.

—Responde lo suficiente.

Lo miré unos segundos.

—Sos bastante diplomático.

—Depende de la situación.

—¿Y esta situación requiere diplomacia?

—Tal vez.

—¿Por qué?




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