(Noa)
El sonido de la cafetera fue lo primero que escuché.
Siempre igual.
Siempre a la misma hora.
Me até el pelo sin pensar, como todos los días, dejando que la rutina avanzara sola. Preparar algo rápido, moverme en automático, revisar el celular más por costumbre que por otra cosa.
Aunque esta vez no era solo costumbre.
La pantalla seguía vacía.
La dejé sobre la mesada, pero no tardé en volver a agarrarla.
Como si en esos segundos algo pudiera cambiar.
Nada.
Exhalé lento, apoyando la espalda contra la cocina.
No sabía bien qué estaba esperando.
Un mensaje.
Una señal.
Algo que me sacara la duda de si lo de ayer había sido tan real como lo sentí.
No debería haber sido tan difícil dejarlo ir.
Y sin embargo, lo fue.
Desde que cerré la puerta del edificio la noche anterior, no pude dejar de pensar en ese momento.
En la pausa.
En la forma en que me miró.
En lo cerca que estuvimos de… algo.
Pero no pasó.
Y no sabía si eso me aliviaba o me frustraba.
Clara no tardó en notarlo.
—Ok, basta —dijo, dejándose caer en mi cama—. ¿Qué pasó?
—Nada.
—Noa.
Suspiré.
—No pasó nada… pero podría haber pasado.
Clara se incorporó apenas.
—Eso es peor.
Bajé la mirada.
—Hubo un momento.
—¿Y?
—Si alguno hacía algo… cambiaba todo.
Clara me sostuvo la mirada, más seria ahora.
—¿Y por qué no pasó?
—Porque ninguno quiso ser el primero.
Clara ladeó la cabeza.
—O porque sí querían… pero no se animaron.
No respondí.
—¿Te gusta? —preguntó.
—No sé.
—Noa.
Exhalé.
—Me gusta estar con él.
Clara no suavizó la expresión.
—No te gusta. Te importa. Y eso es peor.
Eso me quedó dando vueltas más de lo que quería admitir.
-----
(Bruno)
La cámara me pesa más de lo normal.
No porque sea pesada, sino porque no estoy encontrando nada.
Camino sin apuro, frenando cada tanto, como si en algún momento fuera a aparecer eso que estoy buscando. La luz justa, el encuadre, algo que valga la pena.
Disparo un par de fotos.
No me convencen.
Bajo la cámara y me quedo ahí un segundo, mirando sin mirar.
Antes era más fácil.
Encontrar algo. Capturarlo. Seguir.
Ahora me quedo más tiempo del necesario en cada lugar.
Como si no tuviera apuro por ir a ningún lado.
Como si, en realidad, estuviera evitando otra cosa.
Saco el celular casi por inercia.
La pantalla se enciende.
Y su nombre aparece demasiado rápido en mi cabeza.
Noa.
Podría no escribirle.
Seguir caminando.
Hacer como si no importara tanto.
Pero no sería verdad.
Nunca lo fue.
Paso el pulgar por la pantalla.
Dudo un segundo.
Y escribo.
-----
(Noa)
El celular vibró.
Lo miré más rápido de lo que me gustaría admitir.
Bruno.
Sentí algo en el pecho, leve pero inmediato.
Clara ya estaba mirándome.
—Respondé.
Abrí el mensaje.
Bruno:
No sabía si escribirte o no.
Tragué saliva.
Noa:
¿Y qué decidiste?
La respuesta llegó rápido.
Bruno:
Que no me iba a quedar con la duda.
Algo en esa frase me desarmó.
Clara me apretó el brazo.
—Listo. Ya está.
La ignoré.
O lo intenté.
Noa:
¿Duda de qué?
Esta vez tardó un poco más.
Bruno:
De si lo de ayer fue tan real como pareció.
El aire se me quedó un segundo.
Noa:
¿Y?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Bruno:
Quiero verte.
Directo.
Sin vueltas.
Clara hizo un ruido ahogado.
—Decile que sí.
Noa:
Nos vimos ayer.
Bruno:
No fue suficiente.
Sentí una sonrisa que no quise frenar.
Noa:
¿Eso es una invitación?
Bruno:
Eso es un intento de que digas que sí.
Me mordí el labio.
Noa:
¿A qué exactamente?
Bruno:
Salir. Caminar. Pero sin fingir que es solo un café.
Y eso… cambió todo.
Noa:
Bueno.
Clara muy emocionada se dejó caer sobre la cama.
—Era obvio.
---
Nos encontramos en una plaza tranquila.
El atardecer caía lento, tiñendo todo de naranja.
Él ya estaba ahí.
Cuando me vio, sonrió.
Y algo en mí se acomodó.
—Otra vez temprano.
—Estoy mejorando.
—Se nota.
Caminamos un poco antes de meternos más adentro de la plaza.
No había mucha gente.
El ruido de la ciudad quedaba lejos.
—Pará —dijo de repente.
Se agachó y sacó una manta de la mochila.
Lo miré, arqueando una ceja.
—¿Viniste preparado?
—Me pareció buena idea.
No pude evitar sonreír.
—Sos raro.
—Lo tomo como cumplido.
Nos sentamos.
El pasto estaba fresco bajo las manos.
El aire, tranquilo.
—Esto es distinto —dije.
—¿Te molesta?
Negué.
—No.
El silencio se acomodó entre los dos, sin exigir nada.
—No soy muy buena quedándome —admití.
—¿Quedándote?
—En el momento. Siempre estoy pensando en lo que sigue.
Bruno asintió, con una media sonrisa.
—Yo también era así.
—¿Eras?