Casi Siempre

Capitulo 11- Encontrarte sin buscarte.

(Noa)

Viernes- Noche:

Sentí la cabeza pesada toda la noche.
No era tristeza, exactamente.
Era esa mezcla rara entre ansiedad, vacío y expectativa.
Como si algo se hubiese abierto dentro mío después de estar con Bruno, y ahora no supiera qué hacer con eso.

No hablé con Clara porque estaba con su familia.
Así que estuve sola.
Demasiado sola.

Caminé por el departamento como si no encontrara dónde poner el cuerpo.
No quería música, no quería tele.
Solo existía esa sensación punzante de estar en mi propia cabeza.

Y Bruno.
Siempre su nombre cruzándome el pensamiento sin pedir permiso.

------------------

El sábado, dormí mal otra vez.
Me levanté tarde, desayuné sin hambre.
Traté de estudiar pero no pude.
Traté de dibujar pero tampoco pude.

La casa estaba demasiado silenciosa.
Me dolía un poco que nadie me esperaba en ningún lado.

En un momento, me acosté en el sillón y pensé:
¿Por qué siempre termino sola los fines de semana?

Y justo ahí, el teléfono vibró.

Era mi mamá:

Mamá:

Mañana queremos almorzar los tres. Podés venir, ¿no?

Ni un “¿cómo estás?”.
Ni un “te extraño”.
Solo eso.
Sentí una presión en el pecho, pero igual respondí que sí.
Porque siempre digo que sí.
El resto del día
Fue simplemente gris.

------------------

Domingo:

Me levante y no pude desayunar.

Sentí que mi estomago ya estaba alimentado de pensamientos y la mayoría eran negativos.

Me cambie y me fui.

Cuando llego a la casa, lo primero que siento es esa sensación falsa de normalidad que mis papás siempre intentan montar.

La mesa está puesta demasiado perfecta: los vasos alineados, la ensalada servida en un bowl de vidrio que solo usan “cuando hay algo especial”, pan calentito, el mantel sin una arruga.

Mi mamá va y viene de la cocina con una sonrisa que no le llega a los ojos.

Mi papá está sentado derecho, leyendo algo en el celular, con la remera prolija, como si este fuese un almuerzo de catálogo familiar.

Hay algo en esa imagen que me aprieta el pecho.

Parece una escena de esas familias ideales que muestran en las publicidades.

Todo simétrico, ordenado, “correcto”.

Todo tan… perfectamente controlado.

Y yo sé, sé, que esa perfección es justamente lo que más me incomoda.

Porque cada vez que todo está así, tan impecable, es porque abajo hay algo tensándose, esperando estallar.

Mi mamá me saluda con la voz dulce, demasiado dulce.

Mi papá ni levanta la mirada al principio, como si mantuviera el guion de “papá tranquilo y seguro”.

Y por un momento, casi me engaño.

Casi pienso: quizás hoy no pasa nada.

Pero cuando me siento, siento ese silencio denso, tirante, que se mete entre los platos como una sombra.

La perfección es solo la antesala.

La antesala de todo lo que viene después.

—Bueno… —rompe el hielo mi mamá, con esa sonrisa tensa que ya me pone un nudo en la garganta—. ¿Y cómo va la facultad?

Yo me acomodo en la silla.

—Bien… lo de siempre. Entregas, maquetas, cosas así.

Mi papá deja el vaso en la mesa, fuerte, como si la palabra “maquetas” lo ofendiera.

—¿Y el avance? —pregunta sin mirarme del todo—. Porque vos ya tendrías que estar más encaminada. No podés tomarte todo con tanta calma.

Yo respiro hondo.

—No me lo tomo con calma, solo hago lo que puedo.

Él se ríe por la nariz. Una risa que duele.

—“Lo que puedo”. Vos siempre con esa frase. ¿Y el ballet? ¿Seguís perdiendo tiempo con eso?

Mi mamá le apoya una mano en el brazo, como queriéndolo calmar, pero con miedo. Ese miedo tan conocido que yo ya aprendí de chica.

—No es perder tiempo, es su hobby… —dice ella, como si eso fuera una defensa suficiente.

—¡Justamente! —sube el tono él—. Un hobby. Algo que no sirve para nada. Con tu carga académica, deberías enfocarte. No sé en qué momento se te desvió la cabeza.

Me aprieta el pecho. Trago saliva.

—No se me desvió nada. A mí me hace bien bailar.

—¿Hacerte bien? —se inclina hacia adelante, mirándome fijo—. Lo que te tiene que “hacer bien” es recibirte. Tener un título. No andar dando vueltas como… como una nena.

Mi mamá respira hondo, incómoda.

—Bueno, tampoco la trates así… —murmura, sin convicción.

Él la ignora.

—Vos ya tenés veinte años, Noa. No podés seguir viviendo como si estuvieras en la secundaria. Y encima te veo más flaca. ¿Dormís bien? ¿Comés bien? ¿O estás colgando de fantasías?

Me quedo helada.

—Estoy bien —miento.

—No parece —dispara él—. La última vez que hablaste con tu tío le dijiste que estabas atrasada en materias. ¿Y ahora qué? ¿Seguís igual?

Mi mamá intenta intervenir:

—Rodrigo, por favor…

—No. —Él levanta la mano—. Alguien tiene que decirle las cosas. Mírala: siempre agotada, siempre nerviosa, siempre con excusas. Algo estás haciendo mal, Noa. Muy mal.

Me quiebro un poco por dentro.

—No estoy haciendo nada mal —susurro.

—Claro que sí —responde él, cortante—. Tenés un carácter cada vez peor. Respondés. Te encerrás. Desaparecés. No sé quién te creés que sos.

Mi mamá baja la mirada. Parece chiquita. Como si estuviera escuchando un eco de su propia juventud.

Yo siento el temblor en las manos.

—Solo estoy… cansada. Eso es todo.

—Estás descontrolada, eso es lo que estás —dice él, dejando el tenedor con fuerza—. Y tu madre te deja pasar todo. Pero conmigo no.

Mi mamá se sobresalta, como acostumbrada a ese tono.

—Noa… —me dice ella, suave, como intentando amortiguar—. Nosotros solo queremos que estés bien. Pero a veces parecés desbordada.

Y esa palabra me destruye.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.