(Noa)
No sé cuánto tiempo nos quedamos ahí.
Apoyada contra él.
Respirando.
Existiendo.
El mundo seguía afuera, supongo. La gente seguía caminando. Los autos seguían pasando. La ciudad seguía haciendo ruido.
Pero ahí no.
Ahí era como si todo hubiera quedado suspendido.
Cuando finalmente me separo un poco, me siento ridícula.
Tengo la cara hecha un desastre.
Los ojos me arden.
Y acabo de llorar encima de Bruno.
Genial.
—Perdón —murmuro.
Él suspira.
—Otra vez.
Bajo la mirada.
—Es que...
—Noa.
Levanto la cabeza.
—No hiciste nada.
La forma en que lo dice me desarma más que cualquier otra cosa.
Porque no me está tranquilizando.
No me está corrigiendo.
Simplemente parece decir la verdad.
Como si fuera obvia.
Como si yo no tuviera que ganarme el derecho a estar mal.
Eso me deja sin palabras.
Nos quedamos en silencio un rato más.
Hasta que Bruno se incorpora apenas.
—¿Comiste?
Parpadeo.
—¿Qué?
—¿Comiste?
—No tengo hambre.
—No fue lo que pregunté.
Lo miro.
Y por alguna razón, se me escapa una risa mínima.
Patética.
Pero risa al fin.
—No mucho.
—Ya veo.
Se pone de pie.
—Esperame acá.
—¿Qué?
—Dos minutos.
—Bruno...
—Dos minutos.
Y se va.
Lo veo desaparecer hacia el café.
Por primera vez desde que llegué, me quedo sola.
Pero no se siente igual.
Porque sé que va a volver.
Y eso es raro.
Extrañamente raro.
Apoyo la cabeza contra la pared.
Respiro.
Mis manos ya no tiemblan tanto.
Todavía me duele el pecho.
Todavía me siento vacía.
Pero ya no siento que me estoy cayendo.
Bruno vuelve unos minutos después con dos vasos de café y unas medialunas.
Me alcanza las cosas.
—Tomá.
Lo recibo con las dos manos.
Está caliente.
—Gracias.
—De nada.
Se sienta a mi lado.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Y me doy cuenta de que eso también lo hace siempre.
Como si supiera exactamente cuánto espacio necesito.
Tomamos en silencio.
Y por primera vez en todo el día, el silencio no me pesa.
Miro el vaso.
Después la calle.
Después a él.
Y me odio un poco por pensar esto justo ahora.
Pero igual lo pienso.
Me alegra que sea Bruno.
Entre todas las personas que podrían haberme encontrado hoy...
Me alegra que haya sido él.
La idea aparece sola.
Sin permiso.
Sin lógica.
Y por eso mismo me asusta.
Porque significa algo.
No sé qué.
Pero algo.
Bruno gira el vaso entre las manos.
Mirando hacia la calle.
Como si no estuviera esperando nada de mí.
Como si no necesitara que le explique.
Y tal vez por eso termino hablando.
—Mi mamá me escribió ayer.
Él no se gira enseguida.
Solo escucha.
—Quería que almorzáramos los tres.
Asiente.
—Y fui.
—Ya veo.
Muerdo el borde del vaso.
—Fue una mala idea.
Bruno se queda callado.
No intentando arreglarlo.
No intentando sacar conclusiones.
Solo presente.
Y eso hace que sea más fácil seguir.
—A veces siento que nunca hago nada bien.
La frase sale sola.
Tan bajito que casi me arrepiento de haberla dicho.
Pero él la escucha.
Claro que la escucha.
Bruno baja la vista un segundo.
Después me mira.
Y niega despacio.
—No creo que ese sea el problema.
Lo miro.
—¿Entonces cuál es?
Durante unos segundos parece pensarlo.
De verdad pensarlo.
—Que te hicieron creer que tenés que hacer todo bien para merecer que te quieran.
El aire se queda atrapado en mis pulmones.
No respondo.
No puedo.
Porque duele demasiado.
Porque pega demasiado cerca.
Porque una parte de mí sabe que tiene razón.
Y otra parte no quiere admitirlo.
Bruno tampoco agrega nada más.
No hace falta.
Nos quedamos ahí.
Con los vasos calientes entre las manos y las medialunas.
Con el ruido lejano de la ciudad.
Con todo lo que ninguno de los dos está diciendo.
Y por primera vez en mucho tiempo...
No tengo ganas de escapar.
---------------------------------------------------------------------
Miro la hora en el teléfono.
Ya está oscureciendo.
No sé cuánto tiempo pasó.
Una hora.
Dos.
Diez minutos.
Podrían haber sido cualquiera de las tres.
Después de todo lo que pasó, el tiempo se siente raro.
Como si hubiera perdido la forma.
Aprieto el vaso vacío entre las manos.
—Debería irme.
Bruno asiente.
—Sí.
Pero ninguno se mueve.
Y cuando los dos nos damos cuenta al mismo tiempo, se nos escapa una risa.
Pequeña.
Torpe.
Humana.
La primera risa de verdad que tengo en todo el día.
Me pongo de pie despacio.
Todavía me siento agotada.
Como si me hubieran vaciado por dentro.
—Gracias por quedarte.
Bruno se encoge apenas de hombros.
—No tenías muchas opciones.
Suelto una risa por la nariz.
—Qué idiota.
—Lo sé.
Empezamos a caminar.
No le pregunto si me va a acompañar.
Simplemente pasa.
Como si fuera lo más natural del mundo.
La ciudad está distinta a esta hora.
Más tranquila.
Más lenta.
O capaz soy yo la que está más lenta.
Durante unas cuadras ninguno habla.
Y, sorprendentemente, no me incomoda.
Con otras personas sentiría la necesidad de llenar cada silencio.
De explicar algo.
De justificarme.
Con Bruno no.
—¿Te sentís mejor? —pregunta de repente.
Pienso la respuesta.