El viento frío de la tarde lo golpeó en la cara al salir al exterior, pero el detective no se detuvo. Sabía que cada segundo contaba. Alfredo estaba muerto, pero su hijo seguía con vida, el único testigo que podría ponerle fin al misterio de su padre.
Alexis corrió por las calles vacías del pueblo. A lo lejos, la torre de la iglesia se alzaba como una figura sombría, marcando su destino.
Cuando llegó a las puertas del templo, se detuvo por un segundo para recuperar el aliento. Alexis empujó las puertas pesadas y entró.
El ambiente en el interior era opresivo. El lugar estaba vacío. Solo las velas titilaban en el altar, pero no había rastro del sacerdote ni del monaguillo.
Caminó hacia el altar y de repente escuchó un crujido a su espalda. Giró de golpe, pero solo vio sombras. Estaba solo.
Esta iglesia no era el lugar sagrado que aparentaba ser.
Tenía que mantenerse sereno, tenía que calmar su respiración y controlar el temblor involuntario que recorría su cuerpo. La sangre en el crucifijo, la fotografía del niño, el armario destrozado... todo lo había llevado de regreso a este lugar.
Sus ojos escaneando el interior en busca de algo, cualquier cosa que pudiera darle una pista. Pero lo que más le inquietaba era a quién enfrentarse primero.
Mientras caminaba por el pasillo central, tratando de recuperar la compostura, vio a ambos. El monaguillo estaba a un lado, cerca de una pequeña puerta que llevaba a una sacristía, recogiendo algunos objetos religiosos con una concentración inusitada. El sacerdote, por otro lado, estaba en el altar, con la mirada baja, como si estuviera en profunda reflexión o, peor aún, en oración.
No podía enfrentarse a ambos a la vez. Tenía que elegir, y tenía que hacerlo ya. Tomó una respiración profunda, y su mirada se dirigió hacia el monaguillo.
Alexis caminó hacia él, manteniendo la calma mientras se acercaba.
—Oye —dijo Alexis con un tono bajo, tratando de no sobresaltar al niño—. Necesito hablar contigo.
El monaguillo alzó la vista lentamente, pero no dijo nada.
Por un momento, Alexis pensó que iba a responder. Pero justo en ese instante, el sacerdote se acercó, interrumpiendo el momento con su voz grave.
—Detective Córdova —dijo el sacerdote, con una sonrisa tensa—. ¿Puedo ayudarlo en algo?
El tono del sacerdote lo sacó de su concentración. Alexis se volvió hacia él, sintiendo que el ambiente se volvía aún más pesado.
—Estaba hablando con él —respondió Alexis, señalando al monaguillo sin apartar la vista del sacerdote.
—Oh, él no puede ayudarte —replicó el sacerdote, adelantándose—. Es solo un niño, detective; no sabe a lo que vino a hacer en el pueblo. Creo que sería mejor si hablamos en privado.
Alexis se detuvo, analizando sus opciones. El sacerdote estaba actuando de forma más insistente ahora, empujándolo hacia una conversación privada. Pero el monaguillo... ese niño... había algo en su mirada que lo perturbaba profundamente.
Alexis respiró hondo y, con el corazón acelerado, tomó su última decisión.
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Hablar con el sacerdote: 14.
Hablar con el niño: 15.
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Editado: 11.01.2026