Caso 5 |libro Interactivo|

15

—Insisto en hablar con él.

El padre Hilario, con una sonrisa comprensiva, le dio su espacio volviendo al altar.

Se sentaron en una banqueta alejada de la entrada principal, fuera de la vista de cualquiera que pudiera escuchar. El detective estaba nervioso, pero se esforzaba por mantener la calma.

—¿Conoces a Alfredo? —preguntó Alexis, empezando por lo básico.

El monaguillo asintió con la cabeza.

—¿Era tu padre? —preguntó Alexis, con una sensación de incomodidad creciente.

El niño volvió a asentir, con sus pequeñas manos temblando.

Alexis respiró hondo antes de hacer la siguiente pregunta. Era crucial saberlo.

—¿El sacerdote Hilario lo mató? —susurró, inclinándose un poco hacia adelante.

El monaguillo negó con la cabeza rápidamente, su rostro reflejando confusión o miedo, Alexis no podía estar seguro de cuál.

El detective frunció el ceño, claramente desconcertado.

—¿Entonces quién fue? —insistió, esperando alguna respuesta reveladora.

El monaguillo simplemente se encogió de hombros. No sabía, o al menos no podía decirle.

—¿Por qué no hablas? —preguntó Alexis.

El monaguillo, con una mirada aterrada implorando ayuda, abrió la boca. El detective contuvo el aliento al ver la lengua cortada, cicatrizada grotescamente.

El horror de lo que le habían hecho a ese niño se reflejaba en cada línea de su cara. Alexis sintió una oleada de ira mezclada con repulsión.

Sin embargo, esto no podía ser un limitante, no cuando está a punto de resolver el misterio y sabía que el niño estaba en peligro.

Rápidamente sacó de su bolsillo un pequeño bloc de notas arrugado y se lo dio, comenzó a escribir con rapidez. Cuando terminó, le mostró la hoja a Alexis.

"Él no es el sacerdote Hilario"

El corazón de Alexis se detuvo. Su mirada saltó entre el papel y los ojos del niño. Esa revelación lo golpeó como un martillo.

La persona con la que había estado hablando, con la que casi compartió una copa de vino... no era quien decía ser. Todo este tiempo, el verdadero sacerdote estaba fuera de su alcance, y quien se hacía pasar por él jugaba un juego mortal.

—Tenemos que salir de aquí —susurró Alexis, sintiendo la urgencia en su voz.

Sin perder tiempo, tomó al niño del brazo y lo condujo hacia la salida, con cada músculo de su cuerpo preparado para lo peor.

Pero apenas habían recorrido unos metros cuando una figura emergió de la oscuridad tapando la salida. El supuesto "sacerdote" estaba ahí, esperándolos con una daga en la mano. Su sonrisa era tan afilada como el arma que sostenía.

—¿A dónde creen que van? —preguntó con voz grave, mientras la daga brillaba bajo las luces tenues de la iglesia.

Alexis no esperó respuesta. Sin pensarlo dos veces, sacó su arma y apuntó directamente al impostor, apretó el gatillo, pero el disparo erró su objetivo por poco.

—¡Corre! —gritó Alexis al monaguillo, empujándolo hacia la puerta mientras disparaba nuevamente.

El impostor se lanzó hacia ellos, su daga resplandeciendo al bajar hacia el niño. Alexis, en un movimiento rápido, logró disparar, acertando en la pierna, quien cayó al suelo con un grito de dolor.

Sin detenerse, Alexis y el monaguillo corrieron hacia la salida, con los pasos del impostor cojeando detrás de ellos.

Desesperado por ayuda, Alexis vació el cargador de su arma al aire, esperando atraer la atención de alguien, cualquiera. Los disparos resonaron por todo el pueblo, como una llamada de auxilio.

El monaguillo lo miraba con ojos llenos de miedo, pero también de gratitud. Alexis sabía que aún no estaban a salvo, pero al menos habían logrado escapar de la iglesia. Ahora, solo quedaba esperar que la policía llegara antes de que el impostor decidiera hacer su siguiente movimiento.

—Ya estas a salvo. No dejaré que te hagan daño —le dijo Alexis al niño, mientras intentaba calmar su propia respiración acelerada.

La noche aún no había terminado, y la verdad detrás de la muerte de Alfredo estaba más cerca que el amanecer.

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