Alexis Córdova, adolorido y agotado, observaba a la policía del pueblo moverse entre las tumbas del pequeño cementerio que se alzaba detrás de la iglesia.
A su lado, el hijo de Alfredo permanecía tembloroso pero determinado. La primera luz del sol empezaba a iluminar la lápida donde el niño, con un dedo, había señalado.
El detective aún no podía creer lo que había sucedido la noche anterior. Había pasado horas sentado en la estación de policía, tratando de entender cómo todo había escalado tan rápido. El ataque, la revelación del impostor, los disparos en la iglesia, y luego la carrera desesperada por salvarse a sí mismo y al niño.
Los ojos del monaguillo, su lengua cortada, y esa terrible revelación de que el verdadero sacerdote Hilario estaba muerto todo este tiempo. Asesinado, y enterrado en el mismo terreno sagrado donde había sido asignado.
Los oficiales rodeaban ahora la tumba, y tras cavar con cuidado, la verdad salió a la luz. El cuerpo del sacerdote Hilario, el verdadero sacerdote, estaba sepultado allí.
Llevaba días, en ese lugar sin que nadie lo supiera. ¿Y cómo no? si nadie lo llego a conocer. Era fácil usurpar su identidad.
El impostor había tomado su lugar y, como Alexis había intuido, todo comenzó a encajar.
El capitán de la policía se acercó al detective.
—Córdova —dijo con voz firme—, todo indica que Alfredo descubrió la verdad. El impostor, no llegó solo al pueblo, su hermano mató a Alfredo. Todo por proteger su identidad y mantener su cuartada, era un criminal buscado en su ciudad.
Alexis asintió en silencio, observando al niño que había sido testigo de más horrores de los que cualquier persona debería soportar.
No podía imaginar el trauma que cargaba.
—¿Y el cómplice? —preguntó Alexis, con un nudo en la garganta.
El capitán señaló hacia el vehículo policial estacionado cerca del cementerio. Allí, otro hombre, el cómplice del impostor, estaba esposado. Alexis lo había reconocido, era el hombre del bar; traía un pasamontaña en su cabeza.
La policía lo había capturado poco después de la confesión del falso sacerdote la noche anterior. Fue él quien ayudó a ocultar el cuerpo del verdadero sacerdote y a mantener la farsa.
—Capturado esta mañana. Ambos serán juzgados por lo que hicieron —dijo el capitán, antes de volver su atención a sus hombres.
El caso estaba cerrado. El impostor y su cómplice habían sido detenidos, y la verdad, aunque amarga, había salido a la luz.
Alexis sintió una mezcla de alivio y tristeza. Alfredo había pagado con su vida por estar en el lugar equivocado, pero al menos ahora, su hijo, podría encontrar algo de paz.
El detective se volvió hacia el niño, que seguía en silencio junto a la tumba de su padre. No había lágrimas en sus ojos, pero la tristeza lo envolvía como una sombra. Alexis se arrodilló a su lado, buscando las palabras adecuadas para despedirse.
—Lo siento mucho por lo que te hicieron —le dijo con sinceridad—. Lamento que hayas tenido que pasar por esto.
El niño lo miró, y aunque no podía hablar, su expresión agradecida lo decía todo. Alexis sacó de su bolsillo el bloc de notas y se lo tendió.
—Para ti.
El niño tomó el bloc de notas con una sonrisa débil y lo guardó en su bolsillo.
—Te aseguro que todo va a mejorar —dijo el detective, intentando transmitirle confianza.
Con esas palabras, Alexis se levantó y caminó la estación, observando una última vez el pequeño pueblo que había sido escenario de un crimen atroz.
El detective se subió al tren y, con una mirada final al niño que lo observaba desde la distancia, dejó el pueblo atrás, sabiendo que, aunque la justicia se había hecho, el peso de aquella tortura lo acompañaría durante mucho tiempo.
~.~FIN~.~
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Editado: 11.01.2026