La noche había caído sobre el puerto de Sagunto. La patrullera de bomberos avanzaba lentamente hacia el muelle cuando el timonel distinguió algo flotando a unos metros: parecía un fardo de ropa, pero con una forma demasiado humana.
—¡Lancha al agua! —ordenó el jefe de guardia.
Dos bomberos descendieron con gancho y red. En pocos minutos, subieron el cuerpo a bordo. El rostro de una mujer, pálido y con el pelo pegado a la cara, emergió de entre la ropa empapada. A su alrededor, las luces del puerto se reflejaban en la superficie del agua, rotas y temblorosas, mientras al fondo se levantaba la silueta de los edificios de oficinas del frente marítimo.
Esa noche sería una más para la ciudad. Pero no para la mujer muerta.