Era una noche muy calurosa de verano, pero Tony Fios sudaba por otras razones que el calor. Tony era un hombre corpulento de unos cuarenta años, rubio, con la presencia de un nórdico, aunque en realidad era polaco y se llamaba Taddeus Byscznski. Rafa Pons, su inquietante lugarteniente, intentaba calmarlo.
—Pero, Tony, no puedo cargarme a ese tipo si no puedo dar con él. Se ha largado, a Valencia o a Barcelona, qué sé yo. Sabía que tú pedirías su cabeza por esto.
—Le dije que la lastrara —rezongó Tony—. Insistí una y otra vez. «Lástrala», le dije. Creí que me había entendido.
—Desde luego que te entendió —aseguró Rafa—, y si doy con él le ajustaré las cuentas. Por alguna razón se dejó llevar por el pánico. Tenía cerebro suficiente para no echarlo todo a perder…
—¡Fui yo quien se dejó llevar por el pánico! —gritó Tony—. ¿Por qué lo hice? ¿Estaba loco? Ella murió. Cada día muere gente. ¿Por qué no me limité a pagarle un entierro?
Rafa guardó silencio, seguro de que Tony se respondería a sí mismo.
—¡Maldita sea, Rafa! —gritó Tony—. ¿Por qué no me lo impediste?
—Porque estabas haciendo lo debido. Fue ese drogado de Layton el que la liò… no tú. Si ella hubiera desaparecido, perfecto. ¿Quién lo iba a saber? Pero la policía se metió en esto…
—¿Quién lleva el caso?
—David Santoro.
—¿Alguna posibilidad?
—No —contestó Rafa—. Es el Distrito Central. Y recuerda que Jimenez puede intervenir si pasa algo.
Tony estaba tan nervioso que apenas pudo encender su cigarro.
—Esa maldita mujer —dijo—. Sólo me ha dado problemas desde el primer día. Allí estaba yo en Gabe’s, almorzando… y llega ella, se sienta justo frente a mí, en la mesa del rincón. Un monumento rubio…
Rafa no tenía ganas de escuchar más. Era todo tan estúpido como siempre. Tony haciendo el oso con una mujer que tendría al menos treinta y dos o treinta y tres años. Al principio, Rafa pensó que ella era una nueva recluta para cierto negocio. Las rubias tenían gran demanda en algunos sectores. Pero no… Tony había encontrado a alguien para sí, suprimiendo el desfile habitual de «aspirantes». Ahora esas aspirantes estaban con Rafa y sus ayudantes, incluido Red Layton, que ni sabía atar pesos a un cadáver para que no flotara.
Rafa nunca supo cómo se enganchó la rubia a la droga. No fue a través de Tony, eso seguro. Tony aborrecía la droga. Había tenido malas experiencias con drogadictos y una de esas veces le llevó a pasar una temporada en prisión en Barcelona. Tal vez ella adquirió la adicción durante sus escapadas… esas desapariciones que volvían loco a Tony. Rafa a menudo se preguntaba qué tenía esa mujer llamada Helga que la hacía especial.
Tony se levantó y caminó nervioso de un lado a otro cuando sonó el teléfono. Rafa contestó y al momento miró a Tony.
—Está bien —dijo—. Bones quiere verte en su despacho en una hora.
—¿Dijo por qué?
—No —respondió Rafa—, pero no es difícil imaginarlo.
Tony tuvo que dominar un súbito deseo de huir, como si el pánico le dominara, igual que Red Layton cuando leyó en los periódicos que habían encontrado el cadáver de Helga. Pero se calmó poco a poco. Podía soportar reprimendas, incluso duras, y Bones, pese a su aspecto caballeroso, podía ser muy duro. Se repitió: sólo una reprimenda. Nada más.
Se sirvió un trago y se quedó en pie en medio del salón, contemplando la elegancia del lugar. Había recorrido un largo camino desde los muelles de carga, un camino muy largo. Su temor secreto era que de repente podría perder todo lo que había conseguido.
Joe estaba de nuevo en su casa y las horas interminables se desgranaban. Las tardes y las noches parecían ahora eternas. Nada le causaba placer. En otros tiempos le había gustado jugar a los bolos, tomar unas copas con amigos en la esquina, ir a ver una película; pero incluso esos simples pasatiempos habían perdido su sabor. Ahora todo consistía en ir de casa a la comisaría, largas horas de trabajo, y de nuevo a casa… a la vaciedad, frente a unas horas que titubeaban como si el reloj del universo se hubiera descompuesto. A veces creía que era casi medianoche y hora de acostarse, pero su reloj marcaba las diez.
Aquella tarde había sido una dura prueba. Había ido a casa de Domingo para ver a sus hijos y explicarles lo que le había ocurrido a su madre. La noticia se había publicado confusamente en los periódicos y, sin duda, había comadreo en el vecindario. La historia oficial era esta: su madre había estado muy enferma y había muerto accidentalmente. El funeral lo habían organizado sus padres en una ciudad muy lejana, y ninguno de ellos había podido ir. Los niños escucharon sin hacer comentarios, seguramente hablarían entre ellos más tarde.
Bien… al menos eso era algo, y Joe se sintió aliviado hasta cierto punto. Pero más tarde, mientras él, Domingo y la esposa de éste tomaban una copa de vino, escucharon a los niños jugar y reír en la parte trasera del apartamento. ¿Acaso la muerte de su madre no les importaba? ¿O no la habían comprendido? ¿O qué?
Joe se sentía atenazado por violentos sentimientos. Quería golpear algo. En realidad, no sabía qué hacer. Una noche vio su revólver reglamentario sobre la mesa, en su funda, y de pronto sintió el deseo de usarlo… tal vez contra sí mismo.
Asesinato o no —y eso era dudoso— daba igual para Joe. La idea de María, vilmente arrojada al río, lo enfurecía. Esa imagen se repetía una y otra vez en su mente, turbando toda posibilidad de paz. Incluso en medio de un trabajo complicado en la comisaría, el pensamiento lo asaltaba y su rostro se contraía ante las imágenes que surgían en su cabeza. ¡Brutal indignidad!