Bones medía un metro ochenta y tres y rara vez pesaba más de sesenta y tres kilos. Tenía una elegancia cadavérica, siempre afeitado, con manicura impecable y zapatos lustrados. Solo usaba trajes oscuros, camisas blancas y corbatas clásicas. Vivía en un apartamento de hotel exclusivo con portero uniformado.
Era abogado, pero sus actividades eran mayormente extralegales. Experto en ocultar fondos y contratar abogados para casos especiales. Sin Bones, Mario no funcionaba, pero él sabía que el ego de Mario nunca admitiría que era indispensable. Bones lo aceptaba porque veía el dinero en su cuenta. Sabía que el verdadero poder estaba en El Hombre en Cicero, que manejaba todo. Podían prescindir de Mario, pero no de Bones. ¿Quién lo reemplazaría? Bones prefería estar tras bambalinas. Quería a Mario Fanelli, entre él y el poder real. Mario era el responsable y esa era su misión.
Mario Fanelli vivía en un ático de un hotel-apartamento nuevo en el barrio de l’Eixample, Barcelona. Su decoración, según Bones, parecía un antiguo prostíbulo parisino, con mucho rojo y dorado, y del techo colgaba una bola de cristal tallado que reflejaba destellos cuando giraba con la brisa. Mario vestía a veces con puntos blancos y colores chillones o se quedaba en camiseta, calzoncillos y calcetines.
Era alto y corpulento, con tendencia a engordar y una frente con calvicie rodeada de cabello rizado y negro. Su rostro abotagado tenía facciones poco definidas, ojos pequeños, negros y astutos, con bolsas. Sudaba mucho y se secaba la cara constantemente. Ese día sudaba más que de costumbre bajo el calor sofocante de Barcelona, aunque todas las ventanas estaban abiertas y no corría ni una brisa.
En cuanto a mujeres, Mario gustaba de chicas al estilo Jean Harlow, una tras otra. Sus hombres vigilaban a cada una, evaluando si cumplían para sus servicios. Mario tenía intervalos largos de indiferencia, resultando en periodos de celibato por su naturaleza saciada.
Nadie era íntimo de Mario. No tenía esposa, hijos ni amigos, solo amantes pasajeras y empleados. Su familia era un misterio, nadie sabía su origen.
Su rostro era inescrutable. Al hablar, hacía poco contacto visual, y su tono era monótono y frío. No tenía paciencia para detalles inútiles ni explicaciones largas. Aún así, Bones sabía que Mario era un hombre con autoridad que dominaba la ciudad desde su oficina.
Aquel día Mario vestía únicamente ropa interior de seda azul pálido y unos calcetines bordados. Estaba sentado con sus enormes pies apoyados sobre una mesilla de café grotescamente tallada, fumando un cigarro mientras sudaba bajo el sofocante calor del verano barcelonés. De vez en cuando soltaba un gruñido mientras Bones le contaba una historia que nada tenía de divertida.
—Rafa me mantuvo informado —explicaba Bones—. Pero no pensé que fuera nada serio. Tony se obsesionó con esa mujer, como un loco. Pero, bueno, tiene derecho a su vida privada…
—Ya —gruñó Mario, interrumpiendo.
—La verdad es que no sabíamos quién era ella. No sabíamos que era la esposa de un policía encubierto, y estoy seguro de que Tony tampoco. La conoció en un restaurante, la cosa se complicó y ella abandonó su hogar.
—¿Quién es Rafa? —preguntó Mario, volviendo atrás en la conversación.
—Rafa Pons. Es cien por cien fiable —contestó Bones—. Su verdadero apellido es Ponchielli. Echa un ojo a todo.
—De acuerdo —dijo Mario con desgana.
—El problema es que si el caso pasara a la jurisdicción del Distrito Sudoeste…
—Pues que pase —respondió Mario, sin inmutarse.
—No es tan sencillo. El cadáver apareció en el Distrito Central. Ya sabes lo que eso significa...
—Haz que pase —insistió Mario, aburrido—. Apriétale los tornillos a Krumpacker.
—Sabes que el capitán no es de los nuestros.
—¿No? ¿Ni con sobornos?
—Él tiene más poder que nosotros.
Mario lanzó un leve gruñido, desconcertado.
—Bueno… ¿cuál es el gran problema entonces?
—Si a través de ella llegan hasta Tony, la cosa se puede complicar. Los policías se ponen nerviosos y acosan a la gente. Y Tony, ¿qué medios de vida podría justificar? Dirige los burdeles, ¿no? Eso va contra la ley.
—Si quieren hacer el ridículo —respondió Mario con indiferencia—, allá ellos. No veo el problema.
—Hay más. Se suponía que el tipo que la tiró al río la cargaría con él. No lo hizo. Y ahora está desaparecido. Si lo encuentran…
—¿Y por qué sigue vivo?
—Porque Rafa no puede dar con él.
—Pues encontradlo —ordenó Mario—. Y a ese Tony, mejor liquidarlo. Ese tipo no sirve para nada. —Se secó la frente con un pañuelo de seda y gruñó—. Este calor me está matando. Ojalá alguien lo apagara.
—Esto no es algo que podamos arreglar —observó Bones.
Mario soltó una carcajada y volvió a pasarse el pañuelo por la cabeza. La bola de cristal colgante lanzaba destellos siniestros sobre el mobiliario rojo y dorado, y Bones, como siempre, sintió que el ambiente le contaminaba.
Tony esperaba impaciente la llegada de Rafa. Éste no había querido hablar por teléfono, pero había dejado caer que las noticias eran buenas, muy buenas. Desde la fría, directa e inquisitiva entrevista con Bones, Tony no había dejado de estar nervioso. Había escuchado que Bones era un “buen enterrador” y, en su opinión, el apodo le venía como anillo al dedo. Bones parecía inhumano, inmune a las tensiones cotidianas. Ni siquiera sudaba en esos días de calor sofocante, como ahora. Durante la entrevista, Ted se sintió acorralado, la camisa pegada a la espalda, mientras Bones se mostraba fresco, casi como un maniquí en unos grandes almacenes, con su traje oscuro. De Bones no cabía esperar piedad ni comprensión, y desde entonces Tony apenas había pegado ojo.