Caso Abierto: Un Grito en la Oscuridad.

Capitulo 5

A la mañana siguiente despertó a tiempo de ver cómo el sol se alzaba por detrás de las montañas de Sierra Nevada. La luz iba derramándose poco a poco sobre los barrancos, tiñendo de oro los bancales y los tejados dispersos de Órgiva. Era un espectáculo hermoso, casi íntimo, y el aire fresco de la mañana resultaba un placer profundo al respirarlo. Durante unos instantes, la vida se le mostró buena.

Hasta que recordó qué día era.

Miércoles, 31 de mayo. Al día siguiente, primero de junio, las niñas se irían al campamento de verano y Vi emprendería el viaje para reunirse con él. Le resultaba extraño que no le hubiese escrito para decirle cuándo pensaba salir ni cómo pensaba hacerlo. Tendría que haberle avisado con tiempo.

Bueno, si no lo había hecho, era cosa suya. Tendría que venir en autobús, con lo mucho que odiaba ese medio de transporte. Daniel no la culpaba por eso, aunque había muchas otras cosas por las que sí podía culparla. En el fondo sabía perfectamente que la animosidad constante entre ambos —esa que se esforzaban por ocultar delante de las niñas— había sido la causa indirecta de su colapso nervioso. La causa directa, desde luego, fue el exceso de trabajo.

Pero si se analizaban los motivos que lo habían llevado a trabajar de esa manera, eran dos, simples y evidentes. Primero: pasar el menor tiempo posible en un hogar que se había vuelto intolerable. Segundo: intentar —en vano— ganar el dinero suficiente para vivir separados, sin llegar al divorcio y a la cadena de efectos devastadores que eso tendría en Elena y Beatriz, todavía tan pequeñas.

El aspecto económico no funcionó. En lugar de lograrlo, trabajó hasta caer. El colapso llegó y, con él, la ruina financiera que lo obligaba a empezar de cero, sin la menor posibilidad futura de separarse de Vi. Ni siquiera la de vivir en casas distintas durante aquel verano, mientras él se recuperaba.

Había también otro factor: su propio defecto. El alcohol. Beber siempre empeoraba los problemas.

Y Vi también bebía. Aquello había sido el remate.

Preparó café y frió un par de huevos. Después trató de ocupar el tiempo lavando los pocos platos sucios y sacudiendo la casa, ordenándola sin un propósito claro y preguntándose porque no se había llevado el portátil.

—Si al menos tuviera una máquina de escribir… —murmuró.

Al diablo la máquina de escribir. Podía empezar a mano. Sería mejor dejar por escrito algunas notas antes de que se le escaparan los detalles. Hasta ese momento, lo único que tenía apuntado eran unos cuantos nombres y fechas. El resto —sobre todo lo que Callahan le había contado la noche anterior— seguía únicamente en su cabeza.

Encontró papel y se puso a escribir. Trabajó durante una hora larga, casi sin darse cuenta del tiempo. Cuando terminó, apenas eran las nueve. Demasiado temprano para bajar a Órgiva.

Se sentía mejor. Más despejado que la última vez que había pintado. Quizá no estaría mal volver a intentarlo.

Ese pensamiento le hizo recordar algo: los cuadros que el sargento Freeman había visto cuando inspeccionó la casa después del crimen. ¿No era posible que algunos, o al menos algunos bocetos, hubieran quedado abandonados allí? Tal vez en algún lugar que nadie hubiera revisado con detenimiento.

¿Y por qué no en el cobertizo de madera que había detrás de la casa?

Sólo una vez había entrado allí. En cuanto vio que no le servía para nada, apenas le echó un vistazo superficial. Había trastos viejos: restos de muebles, somieres oxidados, un bidón de gasóleo vacío… No se detuvo a examinar nada con atención. Bien podría haber algo más entre aquellos cacharros.

No sería difícil que entre ellos hubiera cuadros.

Daniel se puso una chaqueta ligera y salió al exterior. La mañana había avanzado lo suficiente como para que el sol empezara a calentar, pero aún persistía ese frescor limpio que sólo se da a primera hora en la sierra. El cielo estaba despejado, de un azul casi hiriente, y el silencio sólo se veía interrumpido por algún ladrido lejano y el canto intermitente de los pájaros.

Rodeó la casa y se dirigió al cobertizo.

La construcción era más precaria de lo que recordaba: tablas torcidas, una puerta que no encajaba bien y un candado oxidado que colgaba abierto, inútil desde hacía años. Empujó la hoja y esta cedió con un chirrido seco que resonó en el interior oscuro.

El olor a polvo, madera vieja y metal oxidado lo envolvió de inmediato.

Durante unos segundos se quedó quieto, dejando que los ojos se acostumbraran a la penumbra. Luego avanzó despacio. El suelo estaba cubierto de restos de hojas secas y tierra endurecida. Había un viejo somier apoyado contra la pared, varias sillas rotas, una cómoda sin cajones, latas vacías, herramientas inútiles. Nada que pareciera tener valor.

Hasta que, al fondo, algo llamó su atención.

Apoyado contra la pared posterior, medio oculto tras una puerta arrancada de algún armario, había un bulto rectangular cubierto con una lona gris.

Daniel se detuvo.

No supo explicar por qué, pero sintió una ligera tensión en el estómago, una especie de advertencia interior. Aquello podía no ser nada… o podía ser exactamente lo que estaba buscando.

Se acercó con cautela, apartó la lona y dejó al descubierto un lienzo.

Era una pintura.

No un cuadro terminado y enmarcado, sino un lienzo basto, sin firma visible. Representaba un paisaje de montaña, aunque distorsionado, casi violento. Las formas no estaban bien definidas; las laderas parecían retorcerse, los colores eran excesivos, agresivos. Verdes oscuros, azules sucios, manchas rojizas que no parecían corresponder a nada real.

Daniel frunció el ceño.

—Esto no es Sierra Nevada… —murmuró.

O quizá sí lo era, pero vista a través de una mente enferma.

Apartó más objetos y descubrió otros dos lienzos, ambos cubiertos con telas viejas. Uno mostraba algo que podía ser una casa aislada, perdida en un paisaje desolado. El otro… el otro lo hizo retroceder un paso.



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En el texto hay: triller, suspeno

Editado: 19.12.2025

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