Caso Abierto: Un Grito en la Oscuridad.

Capítulo 7

Daniel decidió que, ya que la pintura estaba allí, aprovecharía para dar una mano tanto al interior como al exterior del cobertizo. No tenía sentido hacer las cosas a medias.

Aquel fue, sin exagerar, el mejor día que había tenido en mucho tiempo. Tener algo que hacer —algo físico, concreto y útil— le devolvía una sensación casi olvidada de control. Aquel espacio, una vez terminado, le ofrecería la independencia y la privacidad que necesitaba, sobre todo cuando Vi estuviera allí.

Acarreó cubos de agua desde el arroyo cercano y lavó el suelo como primer paso, con una minuciosidad casi obsesiva. El agua arrastró el polvo acumulado durante años, dejando al descubierto la rudeza del cemento. Mientras el suelo se secaba, pintó las paredes y el techo, concentrado, ajeno al paso del tiempo. Luego continuó con el piso y, cuando ya estaba a punto de salir para empezar con el exterior, se dio cuenta de que era mediodía. El hambre le llegó de golpe. No había probado bocado desde el desayuno temprano.

Bajó a Órgiva para comer y, de paso, recoger los cuadros que había dejado enmarcando, por si ya estaban listos. Comió deprisa, sin disfrutar realmente de la comida, y regresó enseguida a la casa. Le dio tiempo a pintar casi la mitad del exterior antes de que la caída de la tarde lo obligara a detenerse.

Aquella noche durmió profundamente, rendido. Al día siguiente terminó de pintar el exterior. El interior estaba casi seco y decidió no darle una segunda mano; así estaba bien, sobrio, funcional. Bajó de nuevo al pueblo y consiguió un calentador de petróleo de segunda mano, unas tablas para improvisar un armario y un catre de campaña. También compró herramientas y clavos. Pensó en una cortina para la ventana, pero desechó la idea: eso era terreno de mujeres. Esperaría a que Vi llegara y eligiera ella.

No se quedó en Órgiva a comer ni a tomar nada. Tenía prisa por regresar y terminar su pequeño santuario. Lo dejó todo listo antes de que oscureciera, y el resultado lo sorprendió gratamente.

Volvió a acostarse temprano y durmió sin sobresaltos. Despertó al alba. Era sábado. Permaneció un rato en la cama, mirando el techo, debatiéndose entre bajar a Granada y pasar la noche en un hotel o quedarse allí hasta la madrugada y salir entonces a recoger a Vi. Volvió a maldecirla mentalmente por haber escogido aquel tren absurdo, cuando había otros más razonables. Ella no saldría de Madrid hasta el mediodía. Quizá aún habría tiempo de mandarle un mensaje sugiriéndole que tomara un autobús hasta Granada y que él la esperaría allí. Pero no. Eso tendría que haberlo hecho antes, no después de prometerle que iría a recogerla. No podía echarse atrás ahora.

Mejor bajar a Granada y pasar allí la noche. Y, de paso, podría confirmar con exactitud si el tren llegaba a la estación a las seis de la mañana o si era el autobús el que lo hacía.

Mientras preparaba café y lo bebía despacio, se sorprendió pensando qué hacer durante el día. No tenía sentido marcharse hasta el atardecer. Podía aprovechar para atar algún cabo suelto del caso de Julia y, cuando al día siguiente recibiera su portátil, dejarlo todo listo para enviárselo a Martín Ledesma.

Pero ¿qué ángulo quedaba sin explorar?

Había un detalle que seguía sin encajarle, una pieza suelta que le rozaba la cabeza como una mosca persistente. El hotel. El lugar donde Julia pasó la última noche antes de su viaje fatal a La Alpujarra. Si realmente quería entender algo de aquella historia, tenía que empezar por ahí.

Granada no estaba tan lejos. Apenas una hora y poco de coche desde Órgiva. Si salía antes del mediodía, podía consultar archivos, hablar con quien hiciera falta y estar de vuelta al anochecer. El problema era que en los recortes de prensa que había leído no aparecía el nombre del hotel. Ni una sola mención clara. Quizá Callahan lo recordara. O quizá pudiera localizarlo él mismo, buceando un poco más.

Pasó la mañana matando el tiempo y ordenando la casa. No porque fuera especialmente maniático, sino porque sabía que cuando Vi regresara aquel orden precario duraría lo que tarda una puerta en abrirse. Aun así, limpió la mesa, apiló papeles, cerró cajones. Después dio los últimos retoques al cobertizo, más por necesidad de movimiento que por verdadero interés.

A media mañana bajó a Órgiva y se dirigió a la pequeña redacción de El Crepúsculo, el periódico local. El despacho de Callahan estaba cerrado. Era uno de esos escritorios antiguos, con persiana enrollable, que parecían sacados de otra época. La administrativa, una mujer de unos cuarenta años con gafas de montura fina, le explicó:

—El jefe no suele venir los sábados. Pero está en el pueblo. Hace un rato ha pasado por aquí, apenas unos minutos. Si da una vuelta por la plaza, seguro que lo encuentra.

Daniel recorrió la plaza despacio, observando terrazas, bares, caras conocidas y otras que no lo eran tanto. Finalmente lo vio sentado en la farmacia-cafetería, removiendo distraído una taza de café.

—¡Callahan! —saludó—. ¿Te importa si me siento?
—Hombre, Daniel… claro que no. —Hizo una seña a la camarera—. Pon otra taza.

Mientras bebían, Pepe fue directo al grano.

—¿Qué tal con Julia? ¿Sacaste algo de la mujer que la conoció, de Berta?

—No gran cosa. Me contó lo que sabía… o lo que recordaba. Pero hay un ángulo que quiero revisar. Hoy tengo que bajar a Granada y me gustaría pasar antes por el hotel donde se alojó Julia la noche anterior a venir aquí. ¿Recuerdas el nombre?

Pepe frunció el ceño.

—Mmm… No. ¿No aparecía en el reportaje?

—Estoy casi seguro de que no. Tomé nota de todo, y ese dato no estaba.

—Déjame pensar. —Apuró el café—. No creo que saques gran cosa, la verdad. Cuanto más se repasa el caso, más raro resulta. No tiene sentido. Aquí ocurrió lo único claro. No sabemos de dónde salió ese tal Nelson ni a dónde fue después. Ni siquiera está claro de dónde venía Julia, más allá de que pasó una noche en Granada. No sabemos nada. Absolutamente nada.



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En el texto hay: triller, suspeno

Editado: 19.12.2025

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