Una semana transcurrió con una lentitud exasperante. A Daniel Herrera le pareció un mes entero, quizá más. El tiempo en el campo no se deslizaba: se estancaba. Y con él, las preocupaciones.
La económica era la primera. Cuando el dinero solo sale y no entra —y además sale con alegría—, es imposible no inquietarse. Hizo números varias veces, siempre mentalmente, siempre con el mismo resultado: para otoño tendría bastante menos de lo que había previsto. Y lo que le inquietaba de verdad no era tanto llegar justo, sino pensar en el después. En el momento de volver a la vida real, a pelear de nuevo por ganarse el sustento, sin colchón, sin respaldo, sin margen para equivocarse.
El dinero se iba más deprisa de lo que había calculado. En buena parte por el alcohol. Vi no soportaba el vino barato de la zona; lo suyo eran las botellas importadas, los licores fuertes, y eso encarecía el vicio. Además, casi todas las noches insistía en bajar a Órgiva o a algún bar de la carretera. Y cuando uno sale, gasta. Siempre. Lo que en casa habría sido una botella, fuera se convertía en rondas, tapas innecesarias y alguna copa más “para el camino”.
Él también bebía, no se engañaba, y en parte disfrutaba de esas salidas. Pero el problema no era el placer, sino la cuenta. Aunque no pagaban alquiler, el gasto mensual se parecía demasiado al que tenían en el piso de la ciudad. Y a eso había que sumar el coste de mantener a las niñas allí, en el campo. Eso último, al menos, no lo lamentaba.
Aun así, estaba preocupado. Tanto que algunas noches empezó a tener sueños inquietos, pesadillas difusas, similares a las que precedieron a su colapso nervioso y a la temporada en el sanatorio. Se despertaba con el cuerpo tenso, como si hubiera estado corriendo sin moverse del sitio.
Se repetía a sí mismo:
“No seas idiota. Estás aquí precisamente para esto. Para parar. Para no pensar. Uno o dos meses de calma te harán más bien que un verano entero contando gastos.”
“Olvida el dinero.”
La frase sonaba bien, pero era una estupidez. ¿Cómo olvidar el dinero cuando ves cómo la cuenta baja cada semana, cuando no entra nada y no sabes cuándo volverá a hacerlo, ni siquiera si, cuando ocurra, será suficiente?
No, no se puede olvidar así como así.
La única salida era distraerse. Pensar en otra cosa.
Y pensó en Julia Amaya.
Se aferró a ella como a una ocupación mental. Intentó pintar, sin éxito. Los lienzos se quedaban mudos, sin intención. Intentó escribir, y fue peor: el cursor parpadeando en la pantalla lo ponía nervioso. Nada de eso le sorprendía. Sabía bien que no era pintor ni escritor.
¿Entonces qué era?
Un hombre que había aprendido algo de negocios inmobiliarios y que ahora no podía ejercer. Alguien a quien le habían prohibido hacer lo único que sabía hacer, aunque tampoco es que le apasionara. No, no era el trabajo lo que echaba de menos, sino el dinero que generaba. La seguridad que daba.
Se dio cuenta, con cierta inquietud, de que pensaba demasiado en Julia Amaya.
Una noche estaba sentado en la cocina con Vi, esperando la hora de bajar al pueblo, cuando se sorprendió a sí mismo mirando fijamente la puerta que daba al exterior. La puerta que se abría hacia la noche, hacia la oscuridad absoluta del campo, sin farolas, sin referencias.
No supo por qué, pero no podía apartar la vista de ella.
Otras veces, al regresar de madrugada, borrachos y cansados, con Vi dormida casi antes de tocar la cama, él se quedaba despierto. Entonces volvía a sentarse en la cocina, en la misma silla, con la cabeza apoyada en la mano.
Y a veces —solo a veces— le parecía verla.
Julia estaba allí, de pie, recortada contra la sombra. El rostro pálido, el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros. Una mano extendida hacia atrás, buscando a ciegas la manilla de la puerta. Los ojos abiertos de par en par, llenos de algo que no era solo miedo, sino urgencia.
Daniel parpadeaba, se movía, encendía una luz.
La cocina volvía a estar vacía.
Pero la sensación permanecía.
Y por primera vez desde que llegó a La Alpujarra, se preguntó si había sido buena idea instalarse precisamente en esa casa.
En una ocasión, una noche especialmente mala, estaba tan borracho que llegó a hablarle en voz alta. Murmuró su nombre, primero con cautela, luego con una especie de súplica torpe, esperando —no sabía bien qué— una respuesta. No la obtuvo. La cocina permaneció muda, inmóvil, como si se burlara de él.
Al día siguiente, algo empezó a torcerse dentro de Daniel. Un rechazo nuevo, inesperado, empezó a crecerle hacia las tres pinturas que colgaban en el cobertizo. Seguían gustándole, sí, pero al mismo tiempo las detestaba. Le provocaban una incomodidad física, como si fueran objetos contaminados. Ese mismo día, casi como una broma de mal gusto, recibió un correo de Martín Ledesma en el que hablaba precisamente de ellas.
Abrió el portátil en la mesa de la cocina, mientras Vi dormía todavía, y leyó:
De: Martín Ledesma
Para: Daniel Herrera
Asunto: No tienes perdón
Daniel:
Eres un imbécil.
Empiezas tu correo dudando de si merece la pena seguir con la historia de Julia Amaya, casi consigues convencerme —con tus primeros párrafos— de que lo mejor sería dejar el asunto morir de una vez… y acto seguido sueltas una idea brillante, de esas que no aparecen ni una vez en diez años.
Si en sitios como en ese nido de artistas donde te has metido ahora existiera una ley que obligara a los policías a saber algo de arte, este caso se habría resuelto hace tiempo. Si el sargento Freeman no hubiera pasado por alto las pinturas, podrían haber hecho circular reproducciones por medio país. El estilo era demasiado personal como para pasar desapercibido.
Ocho años después es complicado que eso funcione, no voy a engañarte. Pero eso da igual. Lo importante es otra cosa: has encontrado el ángulo. El bueno. El que convierte una historia vieja en una pieza vendible hoy.
Editado: 19.12.2025