Casi todas las fotografías habían salido bien, especialmente las de las pinturas de Nelson. De las tomadas junto al álamo, en el lugar de la tumba, dos resultaron aprovechables. Daniel eligió la que estaba orientada hacia la sierra: en ella, la inmensidad de las montañas aplastaba visualmente la insignificancia del hoyo en la tierra. Aquel contraste era brutal, casi obsceno. Era la imagen perfecta.
La colocó sobre el mostrador del estudio fotográfico junto a las tres de las pinturas y se detuvo después a examinar las de la casa.
Dos eran buenas. La tercera también, técnicamente impecable, pero inutilizable: Vi aparecía en ella. Daniel no se había dado cuenta, al pulsar el disparador, de que ella se había acercado a la ventana para observarlo. Su silueta se distinguía con claridad tras el cristal.
No importaba.
Todavía tenía pendiente la fotografía del interior de la casa, y bastaría con que Vi lo dejara solo un rato para hacerla. Aprovecharía entonces para tomar otra desde el punto exacto en el que se había detenido Pepe Sánchez aquella noche. Con eso cerraría el trabajo y devolvería la cámara.
Las fotos de las pinturas habían quedado excelentes. Había acertado con la exposición, y eso era lo realmente importante.
Dejó los negativos que pensaba utilizar en el reportaje para que le hicieran ampliaciones en tamaño estándar y se llevó el resto. Desde allí fue directamente a la oficina del periódico local.
Colocó las tres fotografías de las pinturas sobre el escritorio de Callahan.
—Han salido muy bien —dijo—. Pensé que le gustaría verlas. Eso no quita que luego vea los originales.
Callahan se inclinó sobre las imágenes, observándolas con atención.
—Joder… —murmuró—. Se ven mejor de lo que esperaba, por lo que recuerdo de las acuarelas. Probablemente pintaba mejor al óleo.
Alzó la vista—. ¿Está seguro de que las pintó Nelson? ¿Llevan firma?
—No —respondió Daniel, algo molesto—, pero, vamos a ver, Callahan... ¿Quién más iba a pintarlas? Estaban en su cobertizo. Las dejó él.
—No se lo tome así —sonrió Callahan—. Yo sé cómo salir de dudas. Cuando Nelson llegó a la zona, estuvo enseñando su trabajo por varias galerías, intentando vender algo.
Se quedó pensativo unos segundos, como rebuscando en la memoria.
—A ver… en aquella época había tres galerías abiertas, además de algunas privadas. Una de ellas sigue funcionando, con el mismo dueño de entonces: Eduardo Grant. La Galería El Pueblito. Está a la salida de Órgiva, dirección Lanjarón.
Hizo un gesto afirmativo, seguro de lo que decía.
—Grant tiene memoria de elefante. Y carácter. Si vio alguna obra de Nelson, lo recordará. Y podrá decirle sin dudar si esos cuadros son suyos. Eso sí: mejor lleve los originales, no fotografías. El color es fundamental; cada pintor tiene una paleta propia, inconfundible.
—Gracias, Callahan —dijo Daniel—. De verdad, me está ayudando mucho. Si esto se vende, le debo una buena botella de whisky.
De regreso a casa, cargó los tres cuadros en el asiento trasero del coche y volvió a salir casi de inmediato. Recordaba bien el nombre de la galería y no tardó en localizarla.
Entró.
No tuvo ninguna duda sobre quién era Eduardo Grant. Era un hombre enorme, fácilmente por encima de los ciento treinta kilos. Los ojos, pequeños y vivaces, brillaban tras unas gafas de cristales gruesos que magnificaban su mirada inquisitiva.
—¿En qué puedo ayudarle?
Daniel se presentó.
—Traigo tres cuadros en el coche. Me gustaría que les echara un vistazo y me dijera quién cree que los pintó. No están en venta. ¿Prefiere que los baje?
Grant negó con la cabeza.
—No hace falta. Vamos al coche.
Cuando Daniel abrió el maletero, Grant se inclinó sobre el primer cuadro con una concentración absoluta. Luego tomó el segundo, lo giró ligeramente para que la luz incidiera mejor sobre la superficie, y lo observó durante un largo instante.
—¿El tercero es del mismo autor?
—Sí.
—Entonces no hace falta verlo.
Asintió con una seguridad que dejó a Daniel sin palabras.
—Sé perfectamente quién los pintó. Fue el hombre que mató a una chica Órgiva hace años. Déjeme pensar…
Chasqueó los dedos.
—Nelson. Carlos Nelson.
Daniel sintió un frío repentino en el estómago.
—¿Usted… estuvo en su casa?
—Sí. Vi esos cuadros allí. Sin marco.
Daniel lo miró, atónito.
Hasta ese momento, todo lo que había oído apuntaba a que Nelson no había recibido visitas. Antes de Julia, nadie. Después de ella, solo el sargento Freeman.
Y, sin embargo, aquello no era cierto.
—Unos días después de venir a verme —continuó Grant—. Trajo varias telas, aunque ninguna de estas. Quería que las expusiéramos aquí.
Se interrumpió y señaló el interior de la galería.
—Pero volvamos dentro. No tiene sentido seguir hablando de pie.
Daniel lo siguió. El interior era fresco, con un ligero olor a madera encerada y óleo seco. Grand le indicó una silla y luego se dejó caer en la suya con un suspiro que parecía arrastrar años de cansancio acumulado.
Daniel fue directo al asunto.
—¿Buscaba únicamente exponer sus cuadros o pretendía vendérselos directamente?
—Exponerlos para venderlos. —Grand entrelazó los dedos sobre el vientre—. Las galerías rara vez compramos obras. Lo habitual es representar al artista, mostrar sus cuadros y venderlos a comisión. Cada galería trabaja en exclusiva con determinados pintores dentro de la zona. Eso implica compromiso por ambas partes. Fuera de aquí, pueden exponer donde quieran.
—¿Y usted rechazó a Nelson?
—Sí. Tenía algo, no voy a negarlo, pero su obra era inmadura. Necesitaba tiempo. Aun así, las seis o siete telas que me trajo despertaron el suficiente interés como para querer ver más antes de decidir. Me invitó a su casa y acepté.
—¿Fueron juntos?
—No exactamente. Él iba delante con su coche y yo lo seguía con el mío. Se ofreció a traerme de vuelta, pero le dije que tenía otros asuntos. La verdad es que… —dudó un instante— no quería verme obligado a compartir el regreso después de rechazarlo. Intuí que sería incómodo.
Editado: 19.12.2025