Apagó la luz del cobertizo y salió, dejándose envolver por la noche. El sonido del televisor de Vi, nítido y persistente, le llegó amplificado por el silencio del campo. Mientras había estado dentro, con la puerta cerrada, no lo había notado. Ahora parecía ocuparlo todo.
Cruzó el patio y entró en la casa. Vi estaba sentada, absorta, viendo la tele. Daniel tuvo que alzar la voz para hacerse oír.
—Vi, voy a dar un paseo. No tardaré.
Ella giró apenas la cabeza.
—¿Pero, Daniel… en plena oscuridad?
—Llevaré una linterna. No voy lejos. Deja las luces encendidas, así no tendré problema al volver.
Vi se encogió de hombros y le dio la espalda. El interés por él se extinguió al instante, sustituido de nuevo por las imágenes que salían del aparato.
—Haz lo que quieras.
Daniel buscó la linterna procurando no escuchar. Cuando ya estaba junto a la puerta, se volvió instintivamente. Sobre la mesilla, al alcance de la mano de Vi, había una botella de whisky casi llena. No había bebido en toda la tarde. Pensó que quizá un trago le vendría bien. Se lo había ganado: casi cuatro horas seguidas frente al portátil, desde la cena, escribiendo sin levantar la cabeza.
—¿Te importa si me llevo un poco, Vi? —preguntó—. Fuera refresca… y no hay perros de San Bernardo patrullando el camino.
Ella negó con la cabeza, sin mirarlo.
Daniel tomó una pequeña petaca, la llenó con parte del whisky y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
La noche era fría y limpia, de una sequedad agradable pese a que solo llevaba el saco. Luna menguante, estrellas bien definidas. ¿Habría habido esa misma luz la noche en que Julia corrió? Sí. Tenía que haberla habido. Porque ese era el mismo camino. Ahora lo sabía. Y también supo, con una claridad incómoda, cuáles habían sido sus verdaderas intenciones al salir: caminar hasta el álamo. Hasta la tumba de Julia.
Apagó la linterna. Tras unos instantes, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, distinguía lo suficiente para esquivar los matorrales de chamizo y elegir dónde apoyar el pie. Aquella noche también debió de haber la misma claridad. De lo contrario, no habría podido correr. Una sola caída, un tropiezo, y el hombre que la perseguía la habría alcanzado.
Se volvió para mirar la casa. Estaba a unos cien metros, con la luz de la cocina encendida. Un estremecimiento le recorrió la espalda, y no era por el frío. Sacó la petaca y bebió un trago largo. Los coyotes aullaban en las lomas hacia las que se dirigía, pero no les tenía miedo. Ellos huían del hombre más de lo que el hombre huía de ellos.
Siguió avanzando. Al llegar a la pequeña elevación, distinguió de nuevo el álamo. Se recortaba como una mancha más clara contra la noche, distante y solitario.
Julia… ¿Cómo pudiste correr tanto?
Eras joven. Corrías por tu vida. Delante, la esperanza absurda de salvarte; detrás, la muerte pisándote los talones. Trescientos metros… tuvo que ser una carrera brutal, desesperada, una carrera hecha de puro terror.
Julia. Julia Amaya.
Bajando y subiendo, hasta llegar al álamo. Hasta la tumba. Y luego el coyote. El agujero. El descubrimiento.
Se sentó al pie del árbol y volvió a beber. Pensó en derramar un poco del licor sobre la tierra, a modo de ofrenda. La idea le provocó una mueca irónica. ¿Hasta dónde pensaba llegar con su propia estupidez? Ya había dedicado a todo aquello más tiempo y más esfuerzo del que le habría llevado ganar el mismo dinero trabajando en su propio oficio. Sin contar los gastos: las fotografías, la cena con Berta, los marcos, el viaje...
—Olvídalo —se dijo en voz baja—. Vuelve a casa. Mañana pule el texto, haz las fotos que faltan, envíalo… y olvida todo esto.
Bebió otro trago, sentado en el suelo, junto a la leve depresión que había sido una tumba.
—No tienes nada que hacer aquí —insistió—. Regresa. Vuelve con Vi, que es lo que tienes. Vuelve a la luz. A la vida que conoces. A esa vida imperfecta, ruidosa, pero real. A esa vida que, al menos, puedes soportar.
Porque allí, en la oscuridad, estaba la muerte. Julia Amaya estaba muerta. Ocho años muerta. Y muerte era oscuridad. Oscuridad era muerte.
—Regresa a la luz —murmuró—. A la vida. Aunque no te guste del todo. Aunque duela. Es mejor que esto.
¿Lo era?
Bebió hasta vaciar la petaca y emprendió el regreso, más despacio que a la ida. A su espalda quedaban los coyotes y la noche. Al frente, al coronar la loma, las luces de su casa. O más bien, la luz: solo la cocina seguía encendida. ¿Se habría acostado ya Vi?
Se había acostado. Dormía. Daniel oyó sus ronquidos en cuanto abrió la puerta.
Entró, se sentó a la mesa de la cocina. La botella de whisky seguía allí, aún con contenido. No quiso beber más. Solo un trago. Uno. Después se fue a la cama.
Los ronquidos de Vi lo mantuvieron despierto durante mucho tiempo.
Al día siguiente, Vi ya estaba preparando el desayuno cuando Daniel despertó. El olor a café recién hecho se colaba desde la cocina como una invitación tibia a regresar al mundo.
—Daniel, anoche tardaste mucho —dijo ella sin mirarlo—. Me tuviste preocupada.
—Sí… lo noté —respondió él, esbozando una sonrisa cansada.
—Pues aunque no lo creas, así fue. Con esos coyotes aullando toda la noche.
—Los coyotes no son peligrosos, Vi.
—Aun así… andar vagando por ahí en plena noche… —se volvió por fin hacia él—. ¿Te pasa algo? ¿Tienes algún motivo de preocupación?
—No. Ninguno.
Tomaron el café en silencio. El golpeteo de la cucharilla contra la taza sonó más fuerte de lo necesario. Daniel se preguntó qué habría pensado ella si le dijera la verdad. Aunque, pensándolo bien, ¿cuál era la verdad exactamente? Ni siquiera él estaba seguro de conocerla.
En cuanto terminó, se fue al cobertizo. Abrió el portátil y volvió a leer la historia escrita el día anterior.
No funcionaba.
Sí, estaban todos los hechos. Fechas, nombres, lugares. Pero no había vida. Todo sonaba plano, amortiguado, como si perteneciera a otro siglo, a otra persona. Faltaba algo esencial, algo que no sabía nombrar.
Editado: 19.12.2025