Un asesinato no era nada más que un dato estadístico, un apunte frío en un archivo policial, a menos que la víctima pudiera ser presentada como una persona real: con una historia, con un pasado, con algo que la hiciera existir más allá del nombre escrito en un informe.
¿Y qué sabía él, en realidad, de la víctima de aquel crimen que intentaba narrar?
Nada.
Sabía un nombre —o eso creía—. Sabía que era joven, que era guapa, que tenía el pelo negro. Que la noche en que murió llevaba un vestido verde. Sabía que estaba enamorada del hombre que la mató. Y que había llegado a Órgiva para casarse con él.
Eso era todo.
Pero ¿de dónde venía? ¿Por qué nadie la había reclamado? ¿Por qué nadie la había buscado? Como mínimo, debía haber tenido amigos. Tal vez familia. Nadie estaba tan solo como para desaparecer sin dejar rastro cuando su nombre había aparecido en periódicos de tirada nacional.
La única explicación razonable era que Julia Amaya no fuera su verdadero nombre.
Quizá se había fugado de casa porque sus padres se oponían a la relación con Nelson. Quizá había cambiado de nombre para que no pudieran localizarla con facilidad. La idea tenía sentido… hasta cierto punto.
Pero no del todo.
El informe forense indicaba que rondaba los veinte años. A esa edad, ¿por qué habría de temer a sus padres? Aunque se opusieran, no podían impedirle casarse. Y si habían llegado a prohibírselo, debían conocer al menos el nombre de Nelson.
A menos que la edad fuera, precisamente, el problema.
¿Y si era menor de edad?
Daniel frunció el ceño. ¿Cómo funcionaba la ley entonces? ¿Podía una chica casarse sin consentimiento paterno antes de los dieciocho años? Él no lo sabía. Cuando Vi y él se casaron en Santa Fe, ella ya tenía veintidós. Además, sus padres habían muerto hacía años. No tenía parientes cercanos, al menos que él supiera.
Tendría que preguntarle a Callahan. O a alguien que conociera bien la legislación de la época. O incluso confirmar hasta qué punto el forense había acertado con la edad.
De pronto se dio cuenta de que caminaba bajo el sol.
Había salido del cobertizo sin ser consciente de ello.
—Joder… —murmuró.
Si al menos tuviera el coche… Podría llevar el carrete a revelar y, de paso, hablar con Callahan. Preguntarle qué clase de forense había intervenido en el caso. Si existía la posibilidad de que se hubiera equivocado. Si Julia podía haber tenido menos de dieciocho años.
Se detuvo en seco.
Estaba de pie bajo un álamo.
El álamo.
El mismo.
Sin darse cuenta, sus pasos lo habían llevado hasta allí.
Clavó la vista en la ligera depresión del terreno, apenas visible ya, pero todavía reconocible para quien supiera qué buscar.
—Y tú que creías saber su nombre… —se dijo en voz baja—. Ahora ni siquiera eso es seguro.
Se dejó caer bajo la sombra del árbol, apoyando la espalda contra el tronco áspero, sintiendo la rugosidad de la corteza a través de la tela de la camisa.
¿Por qué te cambiaste el nombre, Julia?
El viento movía suavemente las hojas, produciendo un murmullo constante, casi íntimo, como si el lugar guardara todavía un resto de memoria.
No podía escribir aquel maldito artículo con tan poca información. Con tantas lagunas. Con tantas preguntas sin respuesta. Si se obligaba a hacerlo, las palabras serían huecas, inservibles.
No habría verdad en ellas.
Solo ruido.
Cerró los ojos.
—¿Quién eras…? —susurró—. ¿Quién eras de verdad, Julia?
El álamo no respondió.
Pero Daniel tuvo la incómoda sensación de que la pregunta acababa de abrir algo que ya no podría volver a cerrar.
Siguió el mismo camino de vuelta a la casa. Le dolía ligeramente la cabeza, algo que no dejaba de tener su ironía: precisamente ese había sido el pretexto que le había dado a Vi para no acompañarla. Al parecer, las circunstancias empezaban a obligarlo a ser honesto, aunque fuera por accidente. Encontró las aspirinas en el armario de la cocina y se tomó dos con un vaso de agua.
Intentó leer un rato, pero fue inútil. Las líneas del libro se le escapaban; las palabras no lograban fijarse en su cabeza. Era desesperante. Precisamente había confiado en la lectura para atravesar el verano sin sobresaltos, con una calma que ahora se le antojaba imposible. Hasta hacía no tanto, leer había sido un placer sencillo, casi automático. Ahora, en cambio, sus pensamientos se colaban entre las frases, distorsionándolo todo. Con fastidio, cerró el libro y lo dejó a un lado.
Se llamó a sí mismo idiota, pero el insulto no le alivió nada.
Volvió al cobertizo y sacó las acuarelas y un bloc de papel. Lo llevó todo a la casa. Quizá pintar le ayudara a concentrarse. Se sentó a la mesa y empezó a trazar líneas sin sentido, manchas de color, formas que no pretendían ser nada. Pero casi sin darse cuenta, la mano empezó a dibujar un rostro. Una mujer. Pelo negro. Rasgos suaves.
Se detuvo.
No salió bien. Para un retrato hacía falta una precisión que nunca había tenido. En un paisaje, una línea imprecisa podía pasar por una colina mal definida; en un rostro, un error mínimo convertía la expresión en algo grotesco, casi una caricatura. Además, la acuarela no perdonaba: no había vuelta atrás una vez el agua se mezclaba con el pigmento.
Lo intentó varias veces más. Cada intento era peor que el anterior. Finalmente dejó el pincel a un lado. Sin embargo, aquel esfuerzo había tenido un efecto inesperado: aunque no hubiera logrado plasmarla en el papel, la imagen de Julia se le había vuelto más nítida en la cabeza. Tal vez no fuera así en realidad. Tal vez su rostro no se pareciera en nada a lo que estaba imaginando. Pero ¿qué importaba ya?
Rompió los papeles en pedazos pequeños, con un cuidado casi obsesivo, asegurándose de que nadie pudiera reconstruirlos. Los tiró al cubo de basura y volvió a llevar las acuarelas al cobertizo.
Editado: 19.12.2025