El crepúsculo ya se había adueñado del valle cuando salió de la casa. El cielo, bajo y cargado, parecía aplastar los tejados blancos del pueblo a lo lejos. Subió al coche, giró la llave y el motor arrancó con un ronroneo apagado. Durante un segundo se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en el volante, respirando hondo.
Desde el frente, la casa de Callahan parecía completamente a oscuras. Aun así, Daniel dejó el coche en el camino y bajó. Caminó hacia la vivienda con paso prudente, atento a cualquier ruido. Un perro apareció de pronto, corriendo hacia él con ladridos secos y desconfiados. Daniel se detuvo de inmediato. Le habló en voz baja, tranquila, y extendió la mano. El perro se acercó, lo olisqueó con cautela y, al cabo de unos segundos, movió la cola.
Nadie salió a ver qué ocurría. Aquello reforzó la impresión de que la casa estaba vacía, pero aun así Daniel se acercó a la puerta y llamó. Esperó. Nada. Volvió a llamar, esta vez con más insistencia.
Maldijo en voz baja.
Callahan era su mejor opción. Si no tenía whisky, al menos sabría decirle dónde conseguirlo. En la zona todo el mundo parecía conocer a todo el mundo, y Callahan llevaba años moviéndose entre Órgiva, Lanjarón y los pueblos de alrededor.
Regresó al coche y se sentó al volante, pensativo. ¿A quién más podía acudir? Sánchez, quizá. Él seguro podría conseguir algo en algún bar de carretera o a través del dueño de una taberna de Arroyo Seco. Pero Daniel no quería deber favores. Y menos aún meterse en conversaciones incómodas con gente que apenas lo toleraba por ser extranjero, por mucho dinero que estuviera dispuesto a pagar.
Le quedaba la opción de bajar al pueblo, aparcar cerca de la plaza y dar un par de vueltas, con la esperanza de cruzarse con algún conocido. O quizá el recepcionista del pequeño hotel donde se alojó al llegar podría orientarlo. No era una idea brillante, pero era lo único que tenía.
Estaba girando la llave cuando vio aparecer un coche al fondo del camino. Reconoció de inmediato el vehículo. Era Callahan.
El coche redujo la velocidad, y Callahan levantó una mano en señal de saludo antes de girar hacia la entrada de su casa. Daniel salió del suyo y caminó hacia él.
—¿Qué tal, Daniel? —dijo Callahan, bajando del coche—. Menos mal que he llegado a tiempo. Acabo de dejar a mi mujer en una reunión de amigas y vuelvo más tarde a recogerla. Pase, hombre, pase.
Daniel lo siguió al interior. Mientras entraban, recordó de golpe el motivo real por el que Vi le había pedido el whisky y pensó que sería prudente ir preparando una excusa para no invitar a Callahan a su casa. Sabía que a Vi no le haría ninguna gracia.
—¿Le apetece tomar algo? —preguntó Callahan, casi al instante.
—La verdad es que sí, gracias —respondió Daniel—. De hecho, venía por eso. Se nos han presentado unos amigos sin avisar, gente de paso, y no tenemos nada para ofrecerles. Se me ha olvidado que hoy es domingo y no sabía dónde conseguir una botella.
Callahan soltó una breve carcajada.
—Eso no es problema. Tengo un par de botellas de sobra. Nada especial, whisky normalito. Me traje una caja de Granada hace una semana. Siempre que bajo aprovecho, sale mucho mejor de precio. Lo mismo con los cigarrillos, por si alguna vez le interesa.
Abrió un armario de la cocina y sacó dos botellas cerradas, además de servir whisky en dos vasos.
—Pero siéntese un momento —añadió—. No me dirá que no tiene tiempo para una copa.
Daniel aceptó. Se sentaron a la mesa de la cocina. El whisky le quemó la garganta al primer trago y sintió cómo la tensión comenzaba a aflojarse, apenas un poco. Miró el reloj, exagerando el gesto, como si estuviera apurado.
—No quiero entretenerlo —dijo—. En casa me esperan.
—Bah —replicó Callahan—. Un minuto más no mata a nadie.
Cuando Daniel intentó pagarle por las botellas, Callahan negó con la cabeza con firmeza.
—Ni hablar. Ya me invitará usted otro día. No se preocupe por el precio exacto —dijo Callahan mientras empujaba ligeramente las botellas hacia él—. Repóngamelas cuando quiera. De la misma marca o de otra parecida. No soy nada exigente con eso.
—De acuerdo. Y de verdad, se lo agradezco —respondió Daniel—. Me ha sacado usted de un buen apuro.
Dio un sorbo largo al vaso de whisky con agua que Callahan le había preparado. El alcohol le bajó lento, calentándole el pecho, relajándole apenas los hombros.
—A propósito, Callahan —añadió, procurando que su tono sonara casual—, ¿qué edad tiene que tener una chica aquí para casarse sin el consentimiento de los padres?
Callahan arqueó una ceja.
—Dieciocho. ¿Por qué? ¿Está pensando en cambiar de mujer? ¿Y la actual le va a firmar el permiso?
Daniel esbozó una sonrisa cansada.
—No, no. Con la que tengo voy servido. Pensaba en Julia Amaya.
Callahan se apoyó en el respaldo de la silla, atento.
—Tengo la corazonada de que llegó aquí usando un nombre falso —continuó Daniel—. Eso explicaría por qué nadie preguntó nunca por ella. Quizá se escapó de casa para casarse con Nelson. Si era menor, sus padres podrían haber anulado el matrimonio si la encontraban. Cambiarse el nombre habría sido una forma de protegerse.
Callahan negó despacio.
—No lo creo. En su momento se barajó esa posibilidad. De hecho, fui yo quien la planteó. Le pregunté al doctor Gómez, el forense, si estaba seguro de la edad. Me dijo que, si se equivocaba, sería al revés: que podría haber sido uno o dos años mayor, no menor. Estaba bastante convencido.
Daniel asintió, como si ya lo esperara.
—Entonces no tiene sentido. Solo era una idea.
Callahan dio otro trago.
—¿Y la historia? ¿La está escribiendo ya?
—Lo intenté, pero no me convenció —admitió Daniel—. No tengo prisa. Además, necesito acompañarla con unas fotos que todavía no he llevado a revelar. No quiero mandar nada hasta tenerlo todo listo.
Se obligó a mantener el gesto neutro. Por dentro, la impaciencia le mordía. Si al menos no tuviera que esperar tanto para ir a desenterrar las maletas de Julia… Pero no había atajos. Tendría que soportar esas horas, ya fuera con Vi o, peor aún, solo con sus pensamientos.
Editado: 19.12.2025