Caso Abierto: Un Grito en la Oscuridad.

Capítulo 16

Fuera hacía frío de verdad. Un frío seco que mordía. La linterna eléctrica abrió un círculo pálido en la oscuridad absoluta, y el alcohol, ardiendo en el estómago, le dio el empujón necesario para avanzar. Caminó hasta el punto elegido con la sensación de estar cruzando un umbral invisible. Aquello no era solo una excavación. Era una segunda sepultura. Esta vez, llena.

La tierra estaba dura, compactada por años de lluvia y heladas, pero el cuchillo logró abrirla. Trabajó rápido, con respiración corta, sin permitirse pausas largas. La cacerola que había traído resultó inútil como pala; demasiado torpe. Aflojaba la tierra con la hoja y luego la retiraba con las manos, sintiendo cómo la arena fría se le colaba bajo las uñas.

A menos de sesenta centímetros, el metal chocó con algo distinto.

Se detuvo.

No era piedra.

Era cartón. O lo que quedaba de él.

La parte superior de una maleta, deformada, reblandecida por la humedad, apenas reconocible. A partir de ese momento cambió el ritmo. Cada movimiento se volvió lento, casi reverencial. Trabajaba como un arqueólogo que desentierra restos frágiles, consciente de que cualquier brusquedad podía destruir lo que el tiempo había respetado a medias.

Amplió el hoyo con las manos, temblorosas. No sabía si era por el frío, por los nervios o por ambas cosas. Probablemente por ambas. El silencio alrededor era total, roto solo por su respiración y el leve sonido de la tierra al desprenderse.

El tiempo dejó de tener forma.

Le pareció que llevaba horas allí cuando empezó a notar que la luz era insuficiente. La linterna, apoyada en el borde de la excavación, palidecía. El haz se volvía amarillento, débil, hasta que el filamento apenas iluminó lo justo para distinguir sombras.

—Joder… —murmuró.

Se incorporó con dificultad. Las piernas le dolían, rígidas. Las rodillas protestaban. La espalda era una queja continua. Caminó hacia la casa guiándose por el rectángulo iluminado de la ventana de la cocina. Los dientes le castañeteaban y tenía las manos entumecidas, torpes.

Sirvió una buena cantidad de whisky, sin agua esta vez, y se sentó a la mesa. Bebió despacio, dejando que el calor se expandiera por el cuerpo. El dolor de espalda no cedía, pero al menos recuperó sensibilidad en los dedos.

Intentó no pensar en lo que sabía que iba a encontrar.

O mejor aún: intentó no pensar en nada.

Porque, en el fondo, una parte lúcida de su mente sabía que aquello podía no tener ninguna importancia real. ¿Qué trascendencia tenía, al fin y al cabo, conocer detalles de una mujer muerta hacía ocho años? ¿Qué valor tenía tocar objetos que le habían pertenecido, ropa, cosas sin vida?

—Estás borracho —se dijo en voz baja—. Eso es todo. Estás borracho.

Tomó otro sorbo breve, solo para combatir el frío que volvía a instalarse en los huesos.

Después salió otra vez a la noche.

Antes pasó por el coche. Abrió el maletero y sacó la linterna de repuesto, con las pilas nuevas que siempre llevaba allí. La encendió: luz blanca, firme. Regresó al montecillo con ella en la mano.

No era la tumba de Julia.

Era la tumba de lo que había sido suyo.

Se arrodilló de nuevo y raspó con cuidado la tierra adherida a la parte superior del veliz. Ajustó los bordes del agujero, perfilándolos con paciencia para que no cayera tierra dentro al sacarlo. Cada gesto era lento, preciso, como si temiera despertar algo que llevaba años dormido bajo el suelo.

Tiró de la maleta con una paciencia infinita. Tal como temía, solo se desprendió una parte.

Bien.
Tendría que sacarlo todo por secciones.

Se quitó el saco y lo extendió junto a la fosa, sobre la tierra fría. Depositó primero la tapa destrozada de la maleta y continuó después, objeto por objeto. El primer vestido que intentó extraer se deshizo entre sus dedos, convertido en polvo húmedo. Aquello le sirvió de advertencia. A partir de ese momento, cada gesto fue aún más lento.

Sacó un objeto oxidado: un despertador antiguo, irreconocible salvo por la forma. Después, algo amorfo que había sido un neceser. Una caja de papel, empapada, donde aún se distinguían restos de sobres y hojas para escribir. Más ropa. Medias convertidas en pequeñas bolas compactas. Fondos, ropa interior, un sujetador deformado. Un camisón con restos de encaje pegados como telarañas. Dos pares de zapatillas envueltas en lo que alguna vez fue una bolsa. Una falda, que quizá había sido blanca.

Lo fue colocando todo, uno a uno, sobre el saco extendido, con un cuidado casi reverencial. Cuando el veliz quedó vacío, comprendió que aquello era más que suficiente para cualquier viaje.

Enrolló el saco con su contenido y lo sostuvo entre los brazos, con una delicadeza absurda, como si cargara a un niño dormido. Caminó hasta la casa, pero no entró. Se dirigió al cobertizo.

Depositó el bulto sobre el catre. Luego despejó la mesa, apartando el portátil y los papeles. Abrió el saco y fue trasladando cada objeto a la superficie, alineándolos con cuidado. Todo debía conservarse. Todo. Incluso los restos de la maleta.

Encendió el calentador de petróleo. El zumbido bajo llenó el espacio mientras el aire empezaba a templarse. Cerró la puerta y volvió a salir a la noche, con el saco vacío en la mano.

Regresó a la excavación.

Extendió de nuevo el saco junto al agujero y siguió trabajando. Extrajo lo que quedaba de la estructura de la maleta, intentando no romperla más de lo inevitable. Dos fragmentos laterales se desprendieron, pero el resto pudo sacarlo entero.

Entonces llegó la decepción.

La segunda maleta no estaba allí.

Durante unos segundos llegó a pensar que jamás había existido, que su memoria le había tendido una trampa. Pero no. El contenido estaba. Desparramado, sin orden, sin protección.

Nelson había cavado algo más hondo y había vaciado allí la segunda maleta antes de colocar encima la de cartón. La necesitaba. La había conservado para sí.



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En el texto hay: triller, suspeno

Editado: 19.12.2025

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