Caso Abierto: Un Grito en la Oscuridad.

Capítulo 17

Desde Granada tomó la autovía aún de madrugada. Primero Jaén, luego Albacete. A media mañana ya había dejado atrás Valencia, y antes del mediodía cruzó el cartel que anunciaba Cataluña. Más adelante, Tarragona y Reus. Llevaba recorridos unos cuatrocientos ochenta kilómetros y apenas eran las doce.

Para llegar a Barcelona aún le quedaban unos ciento cincuenta kilómetros. Al llegar a la ciudad paró una hora. Comió algo rápido, estiró las piernas, bebió café. Y volvió a ponerse en marcha.

Se preguntó qué pensaría Vi si supiera que no iba a ver a Martín Ledesma, sino que estaba conduciendo para encontrarse —de algún modo— con una mujer que llevaba ocho años muerta.

Siguió hacia el sur, dejando atrás el núcleo urbano, tomando carreteras secundarias. Ciento ochenta kilómetros más hasta Lleida, ya cerca del anochecer. El cansancio empezaba a notarse. Entró en un hostal discreto, de esos sin pretensiones, pero aun así le cobraron más de lo que esperaba. Pagó sin discutir y durmió diez horas seguidas, sin sueños ni sobresaltos.

Vi probablemente pensaría que estaba loco.

¿Y si no le faltaba razón?

Salió de Lleida a las siete de la mañana. Desde allí, el trayecto hasta su destino era relativamente corto. Balaguer, Solsona, carreteras cada vez más estrechas, más vacías. El paisaje cambiaba poco a poco, volviéndose áspero, seco.

Finalmente, el cartel.

Población: poco más de cinco mil habitantes.

Todavía era primera hora de la tarde y no se sentía cansado. El grueso del viaje había quedado atrás y el descanso le había devuelto algo de claridad.

Ya estaba allí.

Pero… ¿para qué?

Frente a él se extendía la calle principal del pueblo. Ancha, recta, con un ensanchamiento a mitad de trayecto donde se concentraban los comercios. Aparcó en batería y bajó del coche.

Entró primero en una farmacia de esquina. .

—¿Lleva mucho tiempo aquí?

—Toda la vida. Cincuenta y tantos años.

—¿Siempre?

—Salvo unos años fuera, cuando era joven.

Daniel bebió el agua sin añadir nada más. No quería seguir preguntando.

Tres locales más adelante entró en un bar. Pidió un bocadillo y café. La camarera era joven, demasiado. Ocho años atrás apenas sería una niña. Aun así, probó.

—¿Has vivido siempre aquí?

—Sí. Salvo un año que estuve en Málaga, pero volví.

—Me acordaba de una chica de aquí —dijo él—. Se llamaba Julia No recuerdo el apellido, solo que empezaba por A. ¿Te suena?

La camarera frunció el ceño.

—¿Julia? No… Bueno, conocí a una Julia Ruiz, pero era de mi instituto.

—No puede ser ella —respondió Daniel—. La que yo busco rondaría ahora los treinta.

—Entonces no. Pero puede preguntar a mi padre. Él sabe todo de este pueblo.

—¿Tu padre?

—Sí, está ahí, en la barra.

Daniel terminó el bocadillo, dejó unas monedas de propina y se acercó. El hombre marcó el importe en la caja y le devolvió el cambio.

—Hace calor hoy —comentó el hombre.

—Bastante —respondió Daniel—. Oiga, estoy intentando localizar a alguien que vivía aquí hace unos ocho años. Su nombre era Julia Creo que su apellido empezaba por A.

Se apoyó con aparente despreocupación en la barra.

—Julia… —repitió el hombre—. Sí, seguramente se refiere a Julia Alvarado. Tenía veintidós años cuando se fue.

Daniel notó un latigazo seco en el estómago.

—Ese es el nombre —dijo—. ¿Sigue viviendo aquí su familia?

—Su madre, sí. El padre murió poco después de que ella se marchara. Me acuerdo bien de Julia. Buena chica, aunque…

—¿Aunque qué?

—Nada importante. No la conocía demasiado, en realidad.

—Me gustaría hablar con su madre, ya que estoy aquí. ¿Sabe dónde vive?

—A unas pocas calles, en la calle Beas. Paralela a esta. No sé el número exacto, pero puede preguntar ¿Y sabe a qué se dedica Jenny ahora?

Daniel negó con la cabeza.

—No lo sé. Hace años que no sé nada de ella. Pero me gustaría averiguar dónde está.

El hombre asintió sin hacer más preguntas.

—Gracias por su ayuda —dijo Daniel.

Salió del bar con la certeza de que había llegado al lugar correcto.

Y con la sensación incómoda.

¿Ir directamente a ver a la madre de Julia?
¿O hablar antes con más gente, reunir datos, preparar mejor lo que iba a decir?

Tal vez era preferible lo segundo.

Podía entrar en un bar y beber algo. Los camareros suelen ser habladores cuando el cliente sabe escuchar. Además, no había probado alcohol desde hacia dos noches.

Un poco más adelante encontró una taberna antigua, fresca, en penumbra, con el aire cargado de olor a madera y licor. Estaba vacía. El camarero parecía tener edad suficiente como para recordar lo ocurrido ocho años atrás, si había vivido allí todo ese tiempo.

Pidió un whisky con soda.

—Bonito pueblo —comentó—. Es la primera vez que vengo y me está gustando.

—Eso dicen —respondió el camarero sin entusiasmo.

—¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí?

—Toda la vida. Nací en Almería, pero llevo quince años. Pues se vive bien aquí . ¿Le apetece una copa?

—Por qué no. Gracias.

Daniel bebió un sorbo y fue directo al grano.

—Hace tiempo conocí a una chica de este pueblo. Se llamaba Julia Alvarado. ¿La recuerda?

El camarero levantó la vista.

—¿La hija de Enrique Alvarado?

—No recuerdo el nombre del padre. Pero ella me dijo que murió poco después de que se marchara.

—Sí. Yo no traté mucho a la chica, solo la conocía de vista. La verdad es que ya había olvidado su nombre. Lo que todo el mundo comentó fue que, cuando murió el padre, no vino ni escribió.

—Por lo visto se enteró bastante después —dijo Daniel—. ¿A qué se dedicaba su padre?

—Era el interventor del banco. Y ella trabajaba allí también… hasta el día en que se fue.

—Ya veo.

El camarero lo miró con curiosidad.

—Dígame… ¿usted es policía o algo parecido?



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En el texto hay: triller, suspeno

Editado: 19.12.2025

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